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Ángel Carrascosa Almazán
Ritmo, November 2014

Este concierto se celebró el 6 de julio de 2013 en la Plaza del Odeón de Múnich. Pese a ser todo un popurrí, fue tal el grado de implicación e inspiración de los protagonistas, que la velada resultó no solo muy entretenida, sino de alto nivel interpretativo. En la Obertura de Las vísperas la joven batuta canadiense desplegó una pasión, una fuerza y una furia que arrebatan, y eso que el sonido no resulta muy verdiano; el coro se estrenó (tan brillantemente como la orquesta) con el Auto-da-fé de Don Carlos (en francés). En “Vision fugitive” de Hérodiade demostró Hampson no sólo hallarse en un estado vocal pletórico (a sus 58 años), sino además en posesión de todas sus armas artísticas en una parte que le va como anillo al dedo. En una que, en cambio, le viene grande a Villazón (“O souverain” de Le Cid, un papel spinto ), el tenor mexicano mostró buena forma y una voz más ancha y oscura que antes de su obligado retiro, así como una gran fuerza expresiva, cualidades que lo acercan al Domingo de los mejores tiempos.

La Valse fue un cuerpo extraño en el programa, pero Nézet dejó clara su talla como director, nada rutinario sino que arriesga en su creatividad; se esté o no de acuerdo con una visión tan decadente y voluptuosa, tan rubateada, resulta muy interesante su propuesta. La Entrada de los invitados de Tannhäuser retomó la senda del esplendor, bien justificado y controlado, y en “O du mein holder Abendstern” Hampson se elevó, en perfecta sintonía con Nézet, hasta lo más alto de la velada: una lección magistral de canto que lo sitúa entre los más grandes Wolfram (Dieskau aparte). En el Preludio I de Lohengrin Nézet dejó claro lo bien que le puede sentar a esta página sublime un enfoque más terrenal: melódicamente embriagador y rebosante de sensualidad. De la canción de Verdi L’esule, arreglada y orquestada por Berio, Villazón ofreció, con un estilo muy operístico, toda una creación. Tremendista como debe ser, pero también con un toque de humor, el Coro de gitanos de Il Trovatore. Otro momento altísimo fue el dúo (íntegro y con coro) de Don Carlo (ahora en italiano) “Dio, che nell’alma infondere”, cantado con absoluta sufi ciencia y expresado con una intensidad irresistible por los dos solistas: fue la pieza más aplaudida. Sin la menor pompa, sino con un fuego alucinante, Nézet abordó la primera propina: el Preludio III de Lohengrin. Siguieron un aria de barítono de Il corsaro (“Cento leggiadre vergini”) y otra de tenor de Oberto (“Ciel, che feci!”), dichas ambas con tanta competencia como intensidad (bueno: en la conclusión de la última, el mexicano se pasó un poco de la raya). Terminó la sesión con una sentida versión del famosísimo “Va, pensiero”. © 2014 Ritmo





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