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Ángel Carrascosa Almazán
Ritmo, August 2015

La última ópera completada por Schubert fue Fierrabras, compuesta en 1823, al tiempo que La bella molinera. Con libreto (muy endeble, muy ingenuo) de Josef Kupelwieser (hermano de su amigo el pintor Leopold), a la sazón director del Kärntnertortheater de Viena, el estreno de la misma fue finalmente suspendido, a causa (¡mala suerte la de Schubert!) del fiasco que había supuesto el estreno de Euryanthe de Weber, una ópera igualmente heroico-romántica. Fierrabras no vería la escena hasta 1897, en Karlsruhe. Como tantos otros compositores románticos, Schubert no poseía un temperamento afín al género operístico, por lo que el instinto teatral de esta, la más ambiciosa de sus óperas completas junto a Alfonso und Estrella (de 1822, pero que no se estrenaría hasta 1854) es escaso. Además, pese a basarse en un libreto de acción, con no pocas peripecias, el tempo predominante es lento. Hasta aquí los defectos, pero los valores de la obra son muy importantes: la inspiración y la belleza melódica son muy elevados, ya desde la apenas tocada obertura; el lirismo de muchas páginas es de intensa efusividad, y apenas hallaremos altibajos en la música, que abunda en conjuntos y concertantes hábilmente construidos. Con algún eco de Fidelio y de Medea de Cherubini, Schubert emplea incluso amagos de leitmotiv. El más respetado (en su tiempo) crítico musical del XIX, Eduard Hanslick (tan lúcido como para no hallar nada de valor en la música de Wagner o en la de Bruckner) escribió de Fierrabras que “solo un público completamente infantilizado podría apreciarla”. Para nuestro asombro, no se refería al libreto (que podría merecer ese juicio), sino a la hermosa música de Schubert. Es de temer que esa frase suya complicaría la rehabilitación de esta ópera.

La interpretación que ahora se nos ofrece en DVD (muy importante: ¡con subtítulos en español!) tiene un nivel artístico no inferior a la reconocida interpretación en audio dirigida por Claudio Abbado (DG, grabación en público de una representación en las Wiener Festwochen, 1988). Pese a que los nombres de los cantantes de ésta pueden parecer más rutilantes (Protschka, Mattila, Gambill, Studer, Hampson, Holl, Polgár), en conjunto no aventajan al elenco de la versión en vídeo que ahora comentamos, tomada también en público, en Salzburgo el año 2014. El personaje titular (quizá no el más prominente) está a cargo de Michael Schade, quizá ya no en su mejor momento vocal, pero cantante e intérprete igualmente musical y atinado; puede que mejor de voz, Protschka no afina tanto en la encarnación del personaje. Julia Kleiter, antes soprano lírico-ligera y ahora ya puramente lírica, es una cantante admirable desde cualquier punto de vista, y quizá más idónea para el papel de Emma que Mattila, voz quizá más robusta de la cuenta. La sorpresa más agradable me la ha deparado el joven tenor lírico Benjamin Bernheim (Eginhard), de precioso timbre y línea de canto muy depurada, que me ha gustado más incluso que en el entonces todavía lírico Gambill. Pero quizá la interpretación más acabada de este DVD sea la de Dorothea Röschmann, con la voz ahora más ancha e igualmente bella y límpida que hace unos años, y que incorpora a Florinda con una intensidad dramática y una efusividad que dejan en la cuneta a la sosa, plana y siempre lloriqueante Cheryl Studer de la versión de Abbado. Sin alcanzar la estatura de Hampson, el barítono lírico Markus Werba (Roland) también ha sido para mí un grato descubrimiento. Finalmente, entre los papeles principales, los bajos de ambas versiones son espléndidos: Georg Zeppenfeld ahora y Robert Holl antes (Carlomagno) y Peter Kálman frente a Laszlo Polgár como Boland, jefe de los moros.

Abbado contó con el justamente prestigioso Coro Arnold Schoenberg para un cometido extenso (quince coros), mientras a Metzmacher no le desmerece el de la Ópera Estatal vienesa, en excelente forma. En cuanto a las orquestas, la de Cámara de Europa sonó en esa ocasión tan bien como pocas veces, pero no alcanza a la pura maravilla que es la Filarmónica de Viena, de sonido schubertiano absolutamente inalcanzable. Abbado estuvo particularmente acertado en su grabación (se trata, para mí, de su mejor Schubert en disco, con mucho), pero el hasta ahora reputado, sobre todo como experto en músicas del siglo, XX Ingo Metzmacher (Hannover, 1957), me ha entusiasmado en este Schubert tan admirablemente cantado, tan límpido, tan rotundamente hermoso. Quizá no carga tanto las tintas como el italiano en los pasajes más erizados de la partitura, pero tal vez el alemán resulta más fluido, natural y de un estilo más irreprochable.

La escena de Peter Stein, literal, me ha recordado (¡llega a olvidarse!) que las cosas pueden hacerse de modo cabal, hasta resultar una delicia, sin necesidad de realizar grandes inventos, tantas veces tan innecesarios y pretenciosos. Con unos decorados de gusto decimonónico muy simples, bellos y eficaces, a menudo en blanco y negro, un vestuario medieval y una actuación medida y comedida, el espectáculo visual me ha parecido impecable. © 2015 Ritmo





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