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Álvaro del Amo
Ritmo, January 2016

MOZART, W.A.: Così fan tutte (Salzburg Festival, 2013) (NTSC) 2072748
VERDI, G.: Aida (La Scala, 2015) (NTSC) 732208

Hablar de respeto a la hora de enfrentarse al montaje de una ópera puede parecer una obviedad irrelevante. No lo es cuando hoy a menudo un afán de originalidad, legítimo en principio, o un prurito de autoría, no siempre defendible, empujan al director de escena como responsable principal pero también a los demás artífices a entrar a saco en la obra en cuestión, arrasando la fragilidad de sus convenciones, poniendo patas arriba la acción, y, a la postre, destruyendo su sentido. Dos montajes de títulos tan emblemáticos como Così fan tutte y Aida demuestran que la simple aceptación de la obra es suficiente para transmitirla con fidelidad, sin renunciar por ello a la creatividad que el artista actual necesita para manifestarse.

El dramma giocoso mozartiano, perfectamente definido así por sus autores, en la riqueza de sus sugerencias se desarrolla como una comedia de enredo basada en la complicidad, en distintos grados, de las criaturas escénicas implicadas. Un juego ambiguo y exquisito, cuya ambigüedad tiende a desplazarse de la travesura al dolor, otorgando a la exquisitez tanto la cualidad de la diversión como el latigazo de la alarma.

Sven-Eric Bechtolf respeta la lógica del mecanismo, en un equilibrio elegante y muy teatral que no necesita el brochazo de la farsa ni la exageración actoral para restituir la obra magna en toda la intensidad de su elegancia y en toda la hondura de sus significaciones. La Filarmónica de Viena en manos de Eschenbach suena sensual, delicada e incandescente, sosteniendo a un reparto armónico. Música y escena definen muy bien al sexteto protagonista, aunque la pareja de enamorados no dispongan de la riqueza psicológica de los demás.

La soprano sueca Malin Hartelius encarna a Fiordiligi en su compleja combinación de coquetería y moralidad; la mezzosoprano suiza Marie- Claude Chappuis es una traviesa y elegante Dorabella, de voz fresca y gorgojeante. La checa Martina Janjová potencia la inteligencia de Despina, hasta levantar la sospecha de que la criada que organiza la vida de sus señoritas es el eje de la trama. El Don Alfonso del canadiense Gerald Finley renuncia al tópico del libertino cruel para componer la figura de un caballero comprensivo y melancólico, que acepta la apuesta de los atolondrados caballeretes casi a regañadientes, un gesto de finura espiritual que le humaniza, arrojando un halo de dorada tristeza sobre el peligroso jueguecito. Luca Pisaroni, italiano nacido en Venezuela, bregado como intencionado Leporello, subraya el decepcionado desconcierto de Guglielmo, su rasgo más personal, sin necesidad de tirarse de los pelos tras la traición de su amada. El tenor tirolés Martin Miterrutzner es la pieza más débil; Ferrando carece de un mínimo trazo psicológico, sin la efusividad y el desparpajo de su compañero, y solo una interpretación excelsa puede insuflar vida propia a un soporte tan vacío.

Egipto ancestral

El contagio del cartón piedra que acecha a Aida impulsa a arroparla lejos del desierto y las pirámides cuando, como hace sabiamente Peter Stein, basta con aceptar su argumento sin caer en la trampa de la ampulosidad. En la producción de La Scala estamos en el Egipto ancestral, sintetizado en un diseño que subraya el ritual y resume las paradas militares, lo que permite que el drama humano se imponga al oropel. Zubin Mehta no necesita ahorrar empaque a las fanfarrias para extraer de la música una belleza, que fluye conmovedora cuando se la trata tan sobria y matizadamente.

Amneris, la más interesante de las mezzopranos verdianas desventuradas, impone su congoja, huérfana de un dúo de amor y de la muerte redentora, gracias a la actuación sobresaliente de la georgiana Anita Rachvelishvili, magnífica actriz y cantante, destacada por el montaje. Fabio Sartori es un Radamés abundante y algo monótono, y Kristin Lewis llegará a ser Aida cuando su voz pierda una cierta nasalidad y aprenda a pronunciar el italiano. El punto negro (negrísimo) es el Ramfis de Matti Salminen, de voz decrépita, emisión angosta y articulación gangosa, componiendo el fantasmón patético del gran artista que reniega con furia obcecada de la jubilación; sus admiradores no lo merecen. © 2016 Ritmo





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