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Javier Extremera
Ritmo, February 2016

Sigue resistiéndose al sentido de la vista un Cazador Furtivo que aguante la mirada de tú a tú a los registros legados por el audio. Hoy los tiempos han cambiado. Si antes bastaba con encerrar durante unos días en un estudio de grabación a los mejores cantantes y músicos para hacer surgir la leyenda (lugar al que pertenecen las aportaciones de Carlos Kleiber para DG y Rafael Kubelik en Decca, inmunes ya al paso del tiempo), en nuestro hoy tenemos que contentarnos con grabar una función operística en riguroso directo y esperar a ver qué pasa. De ahí que, si uno se detiene a buscar entre sus tripas, encuentre sin rascar mucho un lunar que empañe y desdibuje el resultado final. Si a veces lo que resbala es la batuta (como en el caso de Harnoncourt en Zúrich, pese a los esfuerzos vocales de esos dos monstruos escénicos que son Salminen y Seiffert, disponible en Arthaus), en otras el vuelo no se logra alzar por una experimental e incluso ridícula puesta en escena (como la Peter Konwitschny en la ópera de Hamburgo, publicada también por Arthaus), por lujosos pero rutinarios y escasamente originales planteamientos cinematográficos (el filme-ópera Hunter’s Bride de Jens Neubert) o incluso debido al cutrerío escénico al más puro estilo Ed Wood (como la grabación de Russell Davis para la ópera de Stuttgart en Warner). Una maldición parece sobrevolar cuando hablamos de Cazadores y fotogramas, pues resulta tarea imposible que todo encaje a la perfección.

Y no iba a ser menos esta nueva propuesta (con subtítulos patrios) surgida del genio irascible de Christian Thielemann, donde una régie excesivamente conservadora y tradicional, y algún que otro tropiezo vocal, consiguen que no toquemos el ansiado cielo con las dos manos. Resulta sorprendente a estas alturas seguir afirmando (sin miedo al descalabro) que el mejor y más vigente Freischütz en DVD, sigue siendo aquella película rodada para la televisión alemana en el lejano 1968 por Joachim Hess, donde deambulaban a sus anchas las fastuosas voces de los Gottlob Frick, Franz Grundheber, Edith Mathis, Hans Sotin y un soberbio Ernst Kozub (el primer y fallido Siegfried elegido por el dúo Solti-Culshaw para su mítico Ring), bajo el solvente mandato del artesano Leopold Ludwig. Una grabación que aún mantiene fresca toda su hermosura, aferrada a su deliciosa ingenuidad y al agradable sabor que deja la fantasía popular.

Furtivo talent

Lo mejor sin duda de esta actualísima propuesta (funciones de mayo 2015) es Thielemann (que dominio ha adquirido para jugar a su antojo con los volúmenes). Él es la estrella y el público lo sabe, pues no duda en palmear sus manos siempre que puede. Se agradece y se nota a leguas el Wagner que lleva ya en su cuentakilómetros, pues tanto en su edificación dramática como en la concepción sonora, la influencia wagneriana pesa como el plomo. Aparte de llenar de halagos a una deslumbrante y eficiente Staatskapelle de Dresde (que en sus años mozos también comandara Weber) de poderosísimo metal (las trompas se ganan con creces el sueldo), elogiar el lujoso Coro de la casa, ensamblado a la perfección por el berlinés, que ya ha entrado de lleno en ese inmaterial estado de gracia que otorga la madurez. Dirección épica y fluida, de finos contornos, poco preciosista y marcial en algunos pasajes, pues resuena más cinematográfica que teatral (incuestionable su belleza plástica). Evocadora, templada y saturada de colores oscuros (se nota que está más a gusto entre las sombras que generan los personajes masculinos, que bajo la delicada luz de las féminas). Estilo directo y cercano, donde prima la impulsividad y lo temperamental, dejándose llevar con el aplomo típico del “salero germano” en los pasajes puramente folclóricos (esplendoroso el Volkslied). Magistral el uso expresivo de los silencios, que consiguen poner una nota hitchcockiana de suspense. Todo un espectáculo bélico sonoro el conseguido en el memorable pasaje del “desfiladero del lobo”, donde extrae de la chistera una mágica neblina con la que dibuja una desasosegante atmósfera.

El que sale mejor parado del reparto es el Kaspar de Georg Zeppenfeld, que pese a no ser un bajo profundo de pura cepa es resultón e inquietante, desenvolviéndose bien en escena, teniendo en ascuas al oyente gracias a sus evidentes dotes actorales (rotundo en el “Schweig, Schweig”). Pese a su larga experiencia travestido de atormentado Max, Michael König resulta insuficiente, excesivamente llorón, de poca agilidad y descaradamente rutinario. Fondón y con escasa brillantez en el registro agudo. Llega muy cansado al último acto, careciendo del centelleo canoro de los genuinos Heldentenor. Para el olvido la Agathe de Sara Jakibiak, sin finura ni delicadeza vocal alguna, incómoda siempre en los pasajes de coloratura. Tosca, gritona y forzada en la cavatina del Acto 3 o en el ensoñador “Leise, Leise fromme weise”, sin atisbo alguno para la dulzura (imperdonable pecado). Poco fresca y escasamente mozartiana la Ännchen sin pimienta de Christina Landshamer. Granítica y testimonial la presencia del wagneriano Albert Dohmen como Kuno. Sin peso, y de puro trámite, el Ottokar de Adrian Eröd, así como el Eremita de Andreas Bauer, que pasa de puntillas sobre su proverbial aparición final.

Licencia para matar

La puesta en escena, que se queda a medio camino en todo, la firma el afamado contratenor alemán Axel Köhler, que anda con pies de plomo sin correr riesgos innecesarios. Es consciente del peso de la tradición y del sacrosanto lugar que está pisando. Su conservadora mirada, se ambienta en un territorio militarmente hostil. Estamos en mitad de una guerra civil dentro de cualquier país europeo. Los cazadores, que visten ropas militares sin insignias, parecen ser parte de un ejército de milicianos o paramilitares, en donde más que asesinos del reino animal, toman rasgos de esos francotiradores que gustan de jugar a la caza del hombre. El drama y la devastación se palpan, pues los decorados incluyen casas en ruinas debido a bombardeos. Acierta Köhler en el planteamiento y en la expresionista iluminación (sajada de un cuadro de Caspar Friedrich) del momento más inmortal de la ópera, el noctámbulo pasaje que transcurre en el “desfiladero del lobo”, donde más que mostrarnos, todo resulta sugerido (hasta el diabólico Samiel se transfigura en una invisible y amplificada voz). El precipitado final es digno de entrar en los estatutos de la Asociación Nacional del Rifle, pues un adolescente acaba sucumbiendo al hipnótico poder de las armas. El ciclo de la vida se repite. La bala vuelve a ganarle la partida a la palabra. © 2016 Ritmo





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