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Segun Sebastian Spreng
Miami Clásica, August 2016

El 25 de agosto hubiese cumplido 98 años un americano que hoy mas que nunca conviene recordar, cuando hace falta tener en cuenta a los hacedores de una nación. Aunque tardíamente, el documental Leonard Bernstein—Larger than Life aparece en un momento definitivamente histórico. Figura mítica de la música americana, se le han dedicado incontables videos, poco importa que este sea otro mas; de hecho, es excelente; siempre es necesario el recuerdo de un artista modélico y un hombre comprometido con su tiempo que sobrepasó sus límites y disciplinas artísticas para pasar a formar parte del imaginario popular, del hombre común. Lenny es parte esencial de esa América admirada, es uno de sus frutos mas genuinos y representativos.

Firmado por Georg Wübbolt es una eficaz síntesis del fenómeno Lenny, un artista cuya máxima virtud y a la vez maldición fue su extrema versatilidad, la maldición de ser genial, de hacer bien cuanto se proponía, sólo le faltó ser pintor subraya Sondheim, uno de los entrevistados. Emblemático hijo de la inmigración, mas exactamente judíos ucranianos, fue un producto “made in America” que cruzó el Atlántico para enseñar a los europeos no sólo el talento del Nuevo Mundo sino a devolverles, a recordarles algunas cosas que habían olvidado. Su cruzada Mahler fue épica, Bernstein acabó de imponer a ese compositor y director al que en mas de un renglón se le pareció (“Siento un sonido judío en Mahler, ni hebreo, ni judaico, ni israelí sino judío en el sentido mas universal”) rubricando el sello estampado por el pionero Bruno Walter y atreviéndose a enseñar Beethoven, Mozart, Brahms y sobre todo Mahler a los mismísimos vieneses que al principio fruncieron sus ceños y acabaron adorándolo.

Su hazaña fue crear puentes insospechados y de un modo natural, con una espontaneidad contagiosa, sabiendo ponerse a la altura del otro. La justamente legendaria serie ómnibus de los conciertos para jóvenes su mejor ejemplo. No explicaba la música desde un pedestal sino que era uno más; de Bach a los Beatles mostraba donde estaba la buena música. Aquí no había lección, se trata de compartir y aunarse en la felicidad de hacer y escuchar música. Así, por televisión, a los nueve años lo conoció su discípula Marin Alsop, una de las entrevistadas que afirma “No creaba distancias”.

Esa pasión lo desbordaba y lo hacía irresistible, así como el Mahler que inicia y concluye el DVD y los paralelismos con ambos, recuérdese que fue enterrado abrazado a la partitura de la Quinta Sinfonía. Quería ser amado por todos y hasta quienes criticaban su estilo coreográfico terminaron dándose cuenta de que este rasgo era absolutamente genuino. Sus tres hijos—Nina, Alexander y Jamie—pintan a un padre genial, multifacético, difícil, en última instancia, profundamente humano. Se destaca la intervención de Nigel Simeone recopilador del imprescindible libro que recogió sus cartas y la de Norman Lebrecht que enfatiza la relación con el gran Dmitri Mitropoulos y luego con Koussevitsky y Aaron Copland. Y si este último es el americano por excelencia, Bernstein encarna la música urbana americana, es Nueva York asi como Piazzolla es Buenos Aires. Inconfundible, sobre todo en West Side Story, pintura de una época y representativa de una ciudad.

Intercalados con nutritivos extractos de reportajes y ensayos al músico, desfila su familia, amigos, colegas, discípulos y los directores Kent Nagano, Christoph Eschenbach, Gustavo Dudamel y Alsop, a quien se les dedica reportajes aparte como extras.

Sus luchas internas, sus contradicciones, su fe, su afán por componer aquella obra “seria” que lo inmortalizara—la notable Mass—, su impotencia y odio ante la vejez, su urgencia en la dedicación a enseñar en el Festival de Schleswig-Holstein y último deseo en educar con la energía que le quedaba. Este “Mensch”, de los que hoy se necesitan más que nunca, que adoraba ser famoso pero estaba cansado de ser Leonard Bernstein, que nunca quedaba conforme con los resultados encarna al hombre moderno capaz de conectar todos los vértices—arte, politica, religión, ciencia—y traducirlos a un resultado único y total; por eso la definición que mejor le cabe sigue siendo la intraducible “Larger than Life”. © 2016 Miami Clásica




Javier Extremera
Ritmo, July 2016

Intentar abarcar, en algo menos de una hora, la vida y milagros de una figura tan emblemática y eterna como fue Leonard Bernstein, supone una tarea frustrante, pues la amputación resultará inexcusable. El valiente progenitor de este desafío fílmico está condenado a pegarse tiros sobre sus pies, pues será inevitable pasar de largo por ciertos pasajes de su vida (como, por ejemplo, su bisexualidad). Agujeros negros argumentales que terminan por emborronar el dibujo final, pues adolece de la profundidad y dimensión que pide a gritos este hombre del Renacimiento. Es lo que intenta zurcir con brillo el habilidoso Georg Wübbolt en su entretenida y bien condimentada “Larger Than Life” (solo ofrece subtítulos en francés y alemán), que vuelve a dar en la diana, como ya hiciera en sus anteriores acercamientos a otros dioses de la batuta como fueron Solti (rememorando su centenario en la espléndida “Journey of a lifetime”) o Carlos Kleiber (en la soberbia “I am lost to the world”).

Su voz rotunda, hipnótica y radiofónica, cuarteada por la nicotina y la destilación, digna de esos cowboys curtidos en mil peleas, irrumpe en la narración con su habitual embrujo para comunicar ideas y tallar aforismos. A casi un siglo de su alumbramiento, su poder de seducción sigue más vivo que nunca. Temperamental y caleidoscópica celebridad por la que muchos seguimos suspirando, pues él solo era capaz de provocar orgasmos en mitad de una sala de conciertos.

Esta nueva aproximación audiovisual (orientada, sobre todo, al gran público) a este sempiterno contemporáneo que fue Lenny, no disimula el hurto de fragmentos y pasajes de otros documentales ya editados, como por ejemplo sus inolvidables introducciones, parrafadas y ensayos (en especial los de su último Mahler), entrevistas televisivas o incluso gajos de aquella extraordinaria exploración sobre música y judaísmo que era “The little drummer boy”. Por tanto, la pregunta resulta inevitable, ¿aporta algo nuevo el filme? Rotundamente sí, pues nos revela algo tan imaginativo y ensoñador como es el relato oral. Aparte de sus pilares visuales, el documento se aferra al testimonio de viva voz de la gente que trabajó junto al Bernstein músico y aquellos que convivieron con el Leonard hombre. Aquí radican sus valores cinematográficos, el de escuchar de primera mano quién demonios fue ese genio, para así nosotros mismos garabatearnos nuestra propia efigie.

Sobresalen poderosamente las historias (ungidas por motivos fabulescos) de sus tres vástagos: Nina, Jamie y Alexander, su único varón, que consigue emocionarnos cuando íntimamente nos desvela cómo su progenitor se despidió de este mundo entre las paredes de su apartamento neoyorquino y con un partido de fútbol americano como mortuoria banda sonora. También sorprende su sinceridad, pues no esconde el lado más vanidoso de su padre (“¡yo soy Leonard Bernstein, maldita sea!”, solía vociferar en sus disputas). Relevantes y divertidas también, gracias a la cercanía e invisibilidad, las anécdotas y chismes de su asistente personal, Craig Urquhart, que le esperaba entre bambalinas con un whisky en una mano y un cigarrillo recién prendido en la otra. Otros de los testimonios vienen introducidos por grandes nombres del oficio que trabajaron estrechamente con él, como: Christoph Eschenbach, con el que hablaba de Teología (“exhalaba pasión por cada uno de sus poros”, asegura), Kent Nagano (nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos por su “generosidad y compromiso con las generaciones venideras”, afirma), Marin Alsop (con nueve años vio en la tele un Concierto para Jóvenes y decidió hacerse directora), el crítico Norman Lebrecht, el intendant Peter Jonas (“después de unos cuantos vasos de licor surgía una cascada de ideas, historias y momentos divertidos”, revela), el letrista Stephen Sondheim, el director de escena Otto Schenk o el musicólogo encargado de editar su correspondencia (libro, por cierto, aún sin traducción hispana).

Siempre Mahler

El filme (muy orientado al mercado USA), abre dos líneas paralelas argumentales bien ilustradas y complementadas entre sí. Dos mundos (la batuta y el papel pautado) que en Lenny parecían converger en uno solo. Sus incontestables dotes como director de orquesta bebieron de dos fuertes personalidades. De un lado, Mitropoulos, de quién lactó el gesto, la gimnástica y el placer de danzar sobre el pódium. El otro vaso comunicante fue el mítico Koussevitzky, de quién heredó (aparte de sus gemelos) el instinto emocional, la profundidad expresiva y la devoción por Sibelius. En el apartado compositivo, siempre ocupó un puesto primordial Aaron Copland.

El documental se detiene con más detalle sobre algunos de sus hitos personales. Como aquellos memorables broadcasts de la CBS titulados Young People’s Concerts (1958–1972), junto a su orquesta del alma, declaraciones de amor por la música que despertaron vocaciones y embelesaron a millones de espectadores. Y por supuesto, Mahler, sombra larga e inevitable en su apasionante carrera como director. Él se sacó de su chistera una nueva tradición interpretativa, pues terminó siendo el listón con el que se mediría en el futuro a los demás (en su ataúd alguien metió una copia de la Quinta Sinfonía). Como extra fragmentos de entrevista de Nagano (relata una solazada anécdota sobre una misteriosa nota de la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky), Alsop (“Bernstein no hablaba de música, simplemente hablaba de la vida”) y Gustavo Dudamel, que no sabe qué cara poner al confesar que durante un concierto llegó a romper una de sus batutas cedidas por la Filarmónica neoyorquina y custodiada como una milagrosa reliquia. © 2016 Ritmo





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