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Sebastian Spreng
Miami Clásica, January 2017

BELLINI, V.: Norma (Liceu, 2015) (NTSC) 737208
DONIZETTI, G.: Roberto Devereux (Teatro Real, 2015) (NTSC) BAC130

Desde el Liceo barcelonés y el Real madrileño—baluartes de la gran tradición lírica española seguidos por Valencia, Bilbao, Oviedo y Sevilla—llegan respectivamente dos títulos en DVD que denotan el interés por testimoniar la rica actividad en ambas salas rivales. Belcanto puro, Norma desde el primero y Roberto Devereux desde el segundo abordados por dos famosas primadonnas, una en plenitud y otra en el ocaso de su carrera, coincidentemente compartiendo el mismo tenor, también veterano.

Es sabido que cantar la sacerdotisa druida es como escalar el Everest, por las demandas imposibles del papel y por las ilustres antecesoras que de algún modo condicionan crítica y disfrute. La indiscutible reina del belcanto romántico halla en Sondra Radvanovsky una artista que viene trabajándola concienzudamente hasta haberse convertirse en el mas completo exponente actual del personaje. Desde su debut en Oviedo pasando por el continente americano a esta Norma liceística ha pasado mucha agua bajo el puente y afortunadamente se nota. Radvanovsky reúne todas las condiciones. Su voz se ha liberado, ha crecido, apiana exquisitamente, la emisión mórbida, a sus condiciones histriónicas suma un porte imperial. Sorprende la voz inmensa, el timbre no siempre es grato (tampoco era el de Callas, la mas famosa de todas las Normas) y en más de una ocasión se la siente apenas debajo de la nota. Mas allá de todas sus virtudes, no termina de emocionar, quizá por eso no sea la soprano número uno del mundo, capaz de cantar tanto Aida, Norma, Amelia y Tosca como la hazaña de personificar las tres reinas de la trilogía Tudor que acaba de completar en el Met, la primera en hacerlo. Con todo, Radvanovsky es una importante Norma, digna sucesora de una tradición y merece la ovación que corona la velada.

A su lado, no desentona la Adalgisa de Ekaterina Gubanova, la versátil mezzo rusa que canta Brangania en el Met o Amneris en Berlin. Textura y timbre se unen armoniosamente en el célebre dúo Mira O Norma. El “malo de la película”, léase el proconsul romano Pollione es Gregory Kunde, a sus sesenta y dos años asombra con una batería de recursos intacta; recuérdese su primera carrera como eximio belcantista y la actual con ambos Otello, Cellini y Eneas, entre otros roles dramáticos. Si por momentos el Otello verdiano asoma en demasía, Kunde tiene a bien regresar a la línea estilística de Bellini. Los tres protagónicos están bien secundados por el Oroveso de Raymond Aceto y las participaciones de Ana Puche (Clotilde) y Francisco Vas (Flavio). Desde el podio, Renato Palumbo dirige la orquesta del Liceo, aunque algo anodino es un aporte eficaz que deja espacio a los cantantes para redondear una noche altamente satisfactoria.

La puesta de Kevin Newbury, presentada también en San Francisco, Toronto y Chicago, propone el camino intermedio, coherente entre el despropósito presentado por la Fura en Londres y lo estrictamente convencional. En un marco mítico y anónimo, Newbury se concentra en lo que llama “símbolos de sacrificio y castigo”. Lo ayudan el vestuario de Jessica Jahn y la escenografía de David Korins inspirada en un mundo antiguo de cuento rayano con la ciencia ficción, cercano a “Game of Thrones”, un elemento atractivo mayormente a público nuevo.

Si la lozana Norma de Radvanovsky conquista el Liceo, la veteranísima Mariella Devia reina en el Real con su asunción como Elizabeth I de Inglaterra en el Roberto Devereux de Donizetti que completa la trilogía Tudor junto a Anna Bolena y Maria Stuarda. Como el legendario Alfredo Kraus, la soprano italiana se ve premiada con una extensa carrera donde ha sabido administrar sabiamente sus recursos y todavía hoy a los 68 años se atreve y sale airosa con las demandantes reinas donizettianas. El caso Devia no deja de asombrar, es la última de las grandes belcantistas italianas y lo demuestra con musicalidad soberbia, control de su instrumento, la requerida agilidad y un meticuloso manejo de recursos ciertamente envidiable. Es cierto que de haberse filmado hace una década se estaría en presencia de un documento irremplazable (hecha la salvedad que ésta es su primera Isabel escenificada), hoy conforma uno histórico considerando la veteranía de la cantante y muchos momentos llegan como auténtica clase magistral. En otros, como el Quel sangue versato, la voz ha perdido esmalte y belleza (y volumen al compararla con el tenor) pero a un cauto comienzo, y un exquisito Vivi ingrato, Devia va creciendo hasta entregar una memorable escena final, con esta reina tirana envejecida, desdibujada, desgreñada, abandonada al destino ante la pérdida de su amado. La vibrante Devia no cae en los amaneramientos de otra veterana, Edita Gruberova, se las ingenia para brillar con lo que todavía tiene y debe agradecersele su honestidad, una que le permite sumarse al recuerdo de otras Isabel como Montserrat Caballé, Leyla Gencer, Beverly Sills y la recién llegada Radvanovsky.

Originada en la Opera de Cardiff, la curiosa puesta de Alessandro Talevi divide aguas entre los puristas pero ayuda a la protagonista a recrear un personaje oscuro, dominante, extraño; es la mujer araña sentada en un trono que maneja y se desplaza por el escenario con gigantescas patas mecánicas, es su instrumento de poder pero también su cárcel. El impactante efecto visual tiene pro y contras, pero su originalidad da a la puesta, sombría, fría, espectral, un innegable atractivo.

En el rol titular, debutando en el Real, y como en el Pollione del Liceo, Gregory Kunde aporta magnética presencia, canto estentóreo de seguro impacto. Su Roberto es menos elegante y mas heroico que el común denominador, rústico, urgente, se impone frente a una reina menos fuerte. La duquesa de Nottingham por Silvia Tró Santafe es la revelación de la noche. Segura, luminosa, fresca, la mezzo valenciana compone una Sara de gran nivel. Reemplazando a Mariusz Kwiecień como Nottingham, Marco Cario cumple mas allá de cierta monotonía vocal y escénica, es un elemento joven con buenas posibilidades.

Bruno Campanella dirige con precisión amén de extremo cuidado a los imponentes coros en escena, no se trata de la mejor partitura del bergamasco pese a albergar momentos de brillo para equipararla con sus obras maestras. El director lleva a buen puerto una velada donde el foco de atención reside, como no podía ser de otro modo, en la heroína, en las posibilidades de la voz humana recreando un personaje histórico con las consabidas licencias dramáticas, para veracidad años después llegará Britten y su Gloriana.

En resumen, frente a la Norma de Radvanovsky y la Isabel de la Devia, se está frente a un claro cambio de guardia dominado por veteranos. Dos funciones recomendables que merecían testimoniarse y añadirse a un catálogo siempre ávido por mas. © 2017 Miami Clásica




Ángel Carrascosa Almazán
Ritmo, November 2016

Ya sé que es poco menos que imposible encontrar a una gran intérprete de Norma; tal vez desde Caballé no ha habido una sola que lo sea. Pero la elección del Liceu barcelonés para estas funciones de febrero de 2015 no me parece la más acertada: Sondra Radvanovsky (Chicago, 1969) posee una voz caudalosa, pero no muy controlable: ya en “Casta diva” son palpables las inexactitudes en la afinación, y en la cabaletta que sigue, notorias las borrosidades en la coloratura. Tampoco cuida gran cosa la pronunciación del italiano. En todo caso, se ocupa mucho más de emitir poderosos agudos, no siempre hermosos (y también, todo sea dicho, notables pianos) que de encarnar con credibilidad el complejo y fascinante personaje.

Tampoco es que sobren los tenores spinto para el melodramma italiano, y el ya veterano norteamericano Gregory Kunde (1954) no es precisamente endeble… teniendo en cuenta lo que hay hoy. Pero ni el timbre es precisamente italiano, sino oscuro y no bello, ni canónica su emisión ni muy depurada la línea de canto. Lo que hace de él un asiduo Otello (¡de Rossini y de Verdi!), entre otros comprometidos papeles, son probablemente sus firmes y robustos agudos, esforzados y no muy bellos por cierto. Lo que más me ha gustado del reparto es la estupenda Adalgisa de Ekaterina Gubanova, que no solo está en posesión de una privilegiada materia prima de mezzo lírica, sino también de una técnica muy acabada y de una musicalidad sobresaliente. Los maravillosos dúos con Norma están, lástima, en parte perjudicados por los ocasionales descontroles vocales de la Radvanovsky.

El papel de Oroveso está discretamente servido por Raymond Aceto, buena voz de bajo poco flexible. Bien tanto Francisco Vas (Flavio) como Ana Puche (Clotilde) y el Coro, y algo endeble la Orquesta. Palumbo me ha parecido aquí muy al servicio de las voces, bastante apático y cayendo a menudo en la trivialidad (es fácil caer en ella, pero un director de fuste puede evitarlo. Tullio Serafin en 1961 (¡y no Muti!) ha sido en mi opinión quien mejor ha dirigido Norma). Con una escenografía bastante fea y a veces absurda, la escena es antigua, no solo convencional, y en ella se ha cuidado poco la actuación. La obra cumbre del bel canto merece mucho más, pero ya se sabe que no es precisamente fácil. © 2016 Ritmo





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