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Javier Extremera
Ritmo, October 2016

MISSION MOZART 88985319819
HERBERT VON KARAJAN: MAESTRO FOR THE SCREEN 737608

Hacía falta en este submundo cinematográfico donde la palabra es sustituida por el sonido, una personalidad tan fresca y entusiasta como la del productor austríaco Bernhard Fleischer, promotor independiente de ojo avizor. Sus producciones, dotadas de gran flexibilidad, son capaces de posar su mirada sobre una función de ópera, concierto o recital, rendirse ante las piruetas de un ballet o recoger las confesiones más íntimas de los aventajados del oficio. Sus multipremiadas aventuras audiovisuales han supuesto un soplo de aire fresco a esa industria encallada ante los nuevos desafíos mercantiles, sumida en un perpetuo sonambulismo. Del ya extenso catálogo (www.bfmi.at) hemos ido informando (con la boca bien grande) desde esta trinchera fílmica. Su nombre vuelve a la actualidad, gracias a dos documentales de incuestionables valores históricos, fílmicos y musicales. Testimonios que engrandecen (aún más si cabe) la figura ya inmortal de los retratados.

Senectud y mocedad

Como homenaje póstumo al recientemente desaparecido buscador del grial sonoro que fuera Nikolaus Harnoncourt, saboreamos el exquisito bocado de “Mission Mozart” (sin subtítulos en castellano, sí en inglés), desvelándonos las sesiones de grabación de aquellos dos memorables Conciertos pianísticos mozartianos (ns. 17 y 24) que nos legaran sus expresivos ojos, meses antes de cerrarse para siempre. A su par los superdotados instrumentos de Lang Lang y la Filarmónica vienesa. Estructurado en los cuatro días que conformaron la grabación (Musikverein, primavera de 2014), el filme es uno de los escasos vestigios visuales en los que se puede contemplar al berlinés metido en faena, farfullando anécdotas, impartiendo doctorado y ajustando indicaciones de tempo, expresión y dinámica. De ahí que este documental adquiera rasgos de pasaje bíblico, pues desvela el alma de la concepción formal por la que batalló a lo largo de su agitadora carrera. Le duela a quien le duela, Harnoncourt ha sido posiblemente el intérprete que más haya influido en la música del siglo pasado, tanto en la forma de interpretarla, como en la manera de auscultarla.

Les vemos repasando la partitura pianística en soledad (84 años el europeo, 32 el asiático). “Es raro trabajar con un solista tan abierto de mente”, declara el pope del historicismo, testimoniando la humildad de los genios, pues cuando Lang le califica de maestro, él le replica que simplemente se limita a “arreglar el cabello”. “El verdadero maestro es aquel que lo corta”. Su fino sentido del humor se esparce por las sesiones, asegurando que “ayer mismo hablé con Mozart por teléfono” o alegando que determinado pasaje suena “como si cantara Frank Sinatra”.

En la cabina de mandos el productor Martin Sauer y pegado a éste, la esposa del director, Alice, partitura en mano. “¿No se enciende ninguna lucecita para saber cuándo empezar?”, pregunta ingenuamente el primer día, “es que vengo de otro siglo”, objeta sonriendo. Los dos músicos desgranan también a cámara su particular visión de las piezas (apabulla la velocidad artística a la que ha madurado un soberbio Lang). Harnoncourt (al que se le nota ya el cansancio de la vida) dirige los conciertos de manera muy operística, incidiendo bastante en el vibrato, su eterno caballo de batalla (“no quiero un vibrato excesivo, tipo vienés” escupe a los filarmónicos). Lang reconoce la influencia de Barenboim en su concepto sonoro (me dijo que Mozart era “como un monito dando saltos”). Algunos de los primeros espadas de la agrupación, como el flautista Dieter Flury o el concertino Rainer Honeck (“con Nikolaus uno siempre descubre algo nuevo”), también opinan sobre el feliz encuentro discográfico. “Es tan increíble la rapidez con la que hicimos todo esto”, concluye, resonando como veraz epitafio de este impagable documento.

Rey Midas

Karajan sigue siendo un efectivo y rentable reclamo publicitario. Su propagandística figura es el único eje por el que gravita la reeditada “Karajan: Maestro de la Pantalla” (2007), un soberbio trabajo de eficaz maquinaria narrativa que nos descubre a ese obsesivo director de cine que llevaba muy dentro de sí. El documental (con subtítulos) hace un meticuloso recorrido temporal por sus registros fílmicos más emblemáticos (todo comienza con el blanco y negro de 1957). De entre los numerosos y sabrosos testimonios de primera mano destacan: Peter Uehling (biógrafo), Werner Resel (Wiener Philharmoniker), Ewald Markl (DG), Norio Ohga (Sony, presente cuando el salzburgués sufrió el ataque al corazón que le costó la vida), Lore Salzburger (asistente) o los directivos de Unitel, Horant Hoflfeld, Herbert Kloiber y Fritz Buttenstedt.

Desde sus primeros pasos y encontronazos junto a la gigantesca sombra del cineasta Henri George Clouzot (vecino suyo en Saint-Tropez con el que filmara cinco películas), vemos evolucionar su estilo y manías, así como su peculiar universo visual. Su socio Leo Kirch (con quien fundó Cosmotel) certifica que “nunca hacía nada sin estar seguro de que iba a ganar mucho dinero”, lo que no le impidió intentar dejar para la posterioridad algo grande, rozándolo junto al experimental Hugo Niebeling (realizador) y Ernst Wild (iluminador), que fueron capaces de articular un nuevo lenguaje sobre ese medio aún en pañales. Juntos sentaron las bases del futuro videoclip (con el inevitable play-back), donde las esclavizadoras imágenes llegaban incluso a aplastar la música. Todo debía de pasar por las manos de este adicto a la tecnología, lo que provocaba muchas tensiones y un tiránico control (incluso obligaba ponerse peluquín a los músicos más alopécicos), recompensado a posteriori con el cuantioso pago de royalties.

En los extras dedicados a un sinfónico Bach con brillantina (1967–68), podemos escuchar una desincronizada, romantizada y narcisista Segunda Suite para orquesta, de dinámicas embrutecidas y sonido difícil de fagocitar en nuestros días (jamás lo moderno resultó más vetusto). La divinidad, sentado al clave, no para de chupar cámara. De antología los neurasténicos encuadres robados a la nouvelle vague (no en vano el gran Raoul Coutard ejerce como operador). El Tercer Concierto de Brandeburgo de empalagosa ornamentación y vibrato, resuena como un elefante en una cacharrería. El Rey sigue vivito y coleando. © 2016 Ritmo





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