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Jean-Baptiste Baronian
El Nuevo Herald, September 2017

SCHUMANN, R.: Lieder (Einsamkeit) (Goerne, Hinterhäuser) HMM902243
SCHUBERT, F.: Winterreise (visualized by William Kentridge) (Goerne, Hinterhäuser) (NTSC) 738008

Dos entregas, en todo sentido del término, excepcionales. Un compacto impecable y un DVD polémico que testimonian el zenit artístico de Matthias Goerne, coloso del canto actual. Podría decirse que es un privilegio acceder a esta inmersión en el alma del cantante que es a la vez espejo de las de Schubert y Schumann. Es Goerne quien nos permite conocerlo, quien se abre para mostrar cómo Schubert y Schumann lo poseen, como llegan a través suyo. Tanta sinceridad no garantiza una respuesta uniforme, ni aprobación unánime, habrá quienes disientan con su enfoque, o quienes reparan en su técnica vocal sus aspiraciones previas a cada ataque, no es su intención conformar sino brindar. Y dar el todo por el todo.

El compacto Schumann se titulaEinsamkeit (Soledad), aquí el barítono alemán engarza canciones de distintos opus relacionados con este tema logrando plasmar una especie de ciclo integrado por diecinueve Lieder. Parco, meditativo, reservado, de introvertida exquisitez ni entristece ni aburre, por el contrario, es un deleite del principio al fin. Evocando “la sombra” de Borges, podría ser un “Elogio de la soledad”. El Opus 90, Seis historias y un réquiem y los Seis Cantos Op.89 abren y cierran un recital cuyo “adagio” son selecciones de Myrthen y del Opus 83, 25 y 101. La serenidad del cantante evoca un lago calmo, una reflexión abisal donde las olas apenas reverberan creando los matices necesarios para avanzar el discurso. Hay una ternura nueva, un enfoque fresco y no menos noble y severo del acostumbrado. Magistral, Goerne mantiene un tono, crea una atmosfera que permea todo el recital.

Mas discutible es su Viaje de invierno “visualizado” por William Kentridge. El barítono ha vivido con la obra desde el vamos, sigue escarbando, revelando capas tal como hacen sus intérpretes mas concienzudos. Inevitablemente Winterreise—así, a secas, sin el artículo original—se convierte en una obsesión, caso Dietrich Fischer Dieskau o Ian Bostridge, que le dan mil vueltas y siempre encuentran otra faceta inadvertida. El caso se repite con Goerne que ahora suma el arte del sudafricano tentado, conquistado por las voces de la escena mundial. Enhorabuena. Es un torneo por mostrar y ocultar, un juego de escondidas. Kentridge muestra otro viaje, tan personal, diferente, los dibujos se suceden alocados, las negruras inundan la pantalla, hay tsunamis de cuervos y un tilo, el tilo inmemorial, no podía ser de otro modo. Hay blanco sobre blancos e invierno sobre inviernos, hay caligrafias, garabatos, poesía concreta, símbolos, esperpentos. El panorama es desolador, los papeles vuelan como aves, son recuerdos, son los poemas de Müller, son sus vivencias, las del artista. Ambos intérpretes tratan el ciclo como un gigantesco fresco, como un pentimento, acariciando, raspando, mostrando cada capa con minucioso cuidado. Las posibilidades son infinitas, por momentos Kentridge se queda corto, o usa la anécdota adrede, para remontar alto el minuto siguiente. El movimiento animado acompaña la voz del barítono. Desde el piano, Markus Hinterhäuser (también lo hizo en el recital Schumann) secunda flexible y atento el aporte de un Goerne monolítico, críptico, tan hacia adentro que cuando se deja ver, sorprende. Otra vez, juega el todo por el todo, y su entrega convence incluso a quienes puedan objetar distorsiones excesivas.

En la última canción, la que cierra el ciclo y una vida, ese Organillero de melodía simple y laberíntica, Kentridge resuelve la ecuación como Fellini en otro glorioso final, el de Ocho y medio, con un desfile de personajes que van pasando en siluetas enfilando hacia un lugar del que obviamente no se regresa, ese circo de la vida que saben plasmar los grandes con elementos mínimos, con un trazo o una canción, en este caso, susurrada por el cantante.

Bien aseveraba André Tubeuf que El viaje de invierno era el equivalente a La Odisea para el hombre moderno, ese hombre al que no lo espera Itaca, ni Penélope, abandonado por los dioses en un mundo donde pelea para morir solo y libre y hacer de su destino un ejemplo. Ese viaje schubertiano resume el romanticismo, lo que fue y lo que vendrá, Schumann, Goya, Büchner, Schiele, Berg… En esta sencilla épica del paria también se llega como extranjero y como extranjero se parte. © 2017 El Nuevo Herald



Segun Sebastian Spreng
Miami Clásica, September 2017

SCHUMANN, R.: Lieder (Einsamkeit) (Goerne, Hinterhäuser) HMM902243
SCHUBERT, F.: Winterreise (visualized by William Kentridge) (Goerne, Hinterhäuser) (NTSC) 738008

Dos entregas, en todo el sentido del término, de excepción. Un compacto impecable y un DVD quizás polémico que testimonian el zenit artístico de Matthias Goerne. Podría decirse que es un privilegio acceder a esta inmersión en el alma del cantante que es a la vez espejo de las de Schubert y Schumann. Es Goerne quien nos permite conocerlo, quien se abre para mostrar cómo Schubert y Schumann literalmente lo poseen. Tanta sinceridad no garantiza una respuesta uniforme, ni aprobación unánime, habrá quienes disientan con su enfoque, o quienes reparan en su técnica vocal con acostumbradas aspiraciones previas a cada ataque, no es su intención conformar sino brindar.

Einsamkeit (Soledad) se titula el compacto Schumann, el barítono alemán engarza canciones de distintos opus relacionados con este tema hasta plasmar una especie de ciclo integrado por diecinueve Lieder. Parco, meditativo, reservado, de introvertida exquisitez ni entristece ni aburre, por el contrario, es un deleite del principio al fin. Evocando, parafraseando “la sombra” de Borges, podría ser una “Elogio de la soledad”. El Opus 90, Seis historias y un réquiem y los Seis Cantos Op.89 abren y cierran un recital cuyo “adagio” son selecciones de Myrtheny del Opus 83, 25 y 101. La serenidad del barítono evoca un lago calmo, una reflexión abisal donde las olas apenas reverberan creando los matices necesarios para avanzar el discurso. Hay una ternura nueva, un enfoque fresco y no menos noble y severo del acostumbrado. Magistral, Goerne mantiene un tono, crea una atmosfera que permea todo el recital.

Mas discutible es su Viaje de invierno “visualizado” por William Kentridge. El barítono ha vivido con la obra desde el vamos, sigue escarbando, revelando capas tal como hacen sus intérpretes mas concienzudos. Inevitablemente Winterreise—así, a secas, sin el artículo original—se convierte en una obsesión, caso Dietrich Fischer Dieskau o Ian Bostridge, que le dan mil vueltas y siempre encuentran otra faceta inadvertida. El caso se repite con Goerne que ahora suma el arte del sudafricano tentado, conquistado por las voces de la escena mundial. Enhorabuena. Es un torneo por mostrar y ocultar, un juego de escondidas. Kentridge muestra otro viaje, tan personal, diferente, los dibujos se suceden alocados, las negruras inundan la pantalla, hay tsunamis de cuervos y un tilo, el tilo inmemorial, no podía ser de otro modo. Hay blanco sobre blancos e invierno sobre inviernos, hay caligrafias, garabatos, poesía concreta, símbolos, esperpentos. El panorama es desolador, los papeles vuelan como aves, son recuerdos, son los poemas de Müller, son sus vivencias, las del artista. Ambos intérpretes tratan el ciclo como un gigantesco fresco, como un pentimento, acariciando, raspando, mostrando cada capa con minucioso cuidado. Las posibilidades son infinitas, por momentos Kentridge se queda corto, o usa la anécdota adrede, para remontar alto el minuto siguiente. El movimiento animado acompaña la voz del barítono. Desde el piano, Markus Hinterhäuser (ya lo hizo en el recital Schumann) secunda flexible y atento el aporte de un Goerne monolítico, críptico, tan hacia adentro que cuando deja ver, sorprende. Otra vez, juega el todo por el todo, y su entrega convence incluso a quienes puedan objetar distorsiones excesivas.

En la última canción, la que cierra el ciclo y una vida, ese Organillero de melodía simple y laberíntica, Kentridge resuelve la ecuación como Fellini en otro glorioso final, el de Ocho y medio, con un desfile de personajes que van pasando en siluetas enfilando hacia un lugar del que obviamente no se regresa, ese circo de la vida que saben plasmar los grandes con elementos mínimos, con un trazo o una canción, en este caso, susurrada por el cantante.

Bien aseveraba André Tubeuf que El viaje de invierno era el equivalente a La Odisea para el hombre moderno, ese hombre al que no lo espera Itaca, ni Penélope, abandonado por los dioses en un mundo donde pelea para morir solo pero libre y hacer de su destino un ejemplo. Ese viaje schubertiano resume el romanticismo, lo que fue y lo que vendrá, Schumann, Goya, Büchner, Schiele, Berg. En esta épica del paria se llega como extranjero y como extranjero se parte. © 2017 Miami Clásica



Javier Pérez Senz
Scherzo, July 2017

Matthias Goerne es un liederista de raza, un artista de la palabra, el matiz y el detalle, capaz de mostrar la perfecta fusión de poesía y música con un sentido musical y dramático admirable. Quien ha tenido el privilegio de escuchar su interpretación del Winterreise sabe que, probablemente, no hay en la actualidad un barítono capaz de alcanzar su maestría, su intensidad expresiva en este sublime ciclo de Franz Schubert. En esta producción del Festival de Aix-en-Provence de 2014, y con el pianista Markus Hinterhäuser como compañero de viaje liederístico, Goerne está vocalmente pletórico y, de hecho, su arte, su personalidad, es el principal mérito de una versión notable en lo musical pero no extraordinaria, pues al piano Hinterhäuser, que respira y sigue fielmente las indicaciones de Goerne, no alcanza el relieve y la riqueza de matices de los grandes maestros schubertianos que han grabado el Winterreise con Goerne, en una lista que encabeza con todos los honores Alfred Brendel. La novedad de la propuesta liderística es que se acompaña la interpretación del célebre ciclo con la proyección de un vídeo de animación del artista sudafricano William Kentridge que pretende subrayar la fuerza de los poemas de Wilhem Müller con el poder de las imágenes. Un video concebido como viaje visual paralelo al ya de por si melancólico y dramático viaje al fondo del alma que logra Schubert en este extraordinario ciclo. Pero el experimento visual no funciona. Los dibujos, montajes y collages animados de Kentridge, concebidos como contrapunto poético, distorsionan de forma inútil la esencia musical schubertiana. Las imágenes muestran una reflexión sobre el sufrimiento, el dolor y la opresión de millones de personas que padecieron el apartheid en Sudáfrica; son imágenes que, en su mayoría, proceden de la colección de materiales no utilizados por el artista sudafricano en sus películas y montajes, destinadas ahora a recrear cada uno de los 24 lieder con elementos temáticos que exploran los lazos emocionales del viajero. El problema es que dichas imágenes poco o nada tienen que ver con los textos y el alma poética de Müller.

Es la voz, la musicalidad, el instinto dramático de Goerne lo único que salva esta propuesta. Porque, sinceramente, el envoltorio visual distrae, cuando no irrita y entorpece la interpretación. Pudo verse esta propuesta en el Palau de la Música Catalana en 2016, en una velada que, al igual que en Aix-en-Provence, parecía, al menos en lo visual, un viaje a ninguna parte. La edición se completa con un documental del director Christian Leblé, A Trio for Schubert, en el que Goerne, Hinterhäuser y Kentridge explican sus impresiones sobre esta colaboración artística, coproducida por el festival francés junto al Wiener Fetswochen, el Lincoln Center de Nueva York, el Festival de Holanda, y la Ópera de Lille, entre otros escenarios. © 2017 Scherzo




Ángel Carrascosa Almazán
Ritmo, June 2017

Matthias Goerne (Weimar, 1967) es desde hace ya muchos años un liederista de primera, primerísima línea. Ahora bien, sus incursiones en papeles operísticos muy dramáticos, algunos próximos a la tesitura de bajo, han transformado la voz de barítono lírico de sus comienzos en una de barítono-bajo y han transmutado aquel color claro en oscuridad bastante cavernosa, con un tono un tanto bronco que podrá disgustar a algunos. Sin embargo, por suerte, su talento interpretativo y su penetración en los intersticios del Lied siguen siendo memorables. Así se aprecia, una vez más, en esta tremenda, dramática, poderosa interpretación en público de Aix-en-Provence (2014), en la que el cantante no envidia a su logro ligeramente anterior en el CD de Harmonia Mundi con Eschenbach al piano, una de las grandes realizaciones discográficas de este ciclo, cima del Lied de todos los tiempos. Hinterhäuser no alcanza normalmente ese nivel musical, que resulta algo variable, dentro de lo notable o sobresaliente. Ahora bien, lamento comunicar a los lectores mi opinión de que las vertiginosas proyecciones del artista plástico William Kentridge no solo no ayudan a la comprensión de la música, sino que distraen y molestan. En lo sucesivo, escucharé este DVD sin mirar, con la tele apagada. Entre las versiones filmadas, me quedo con la de Quasthoff y Barenboim (DG). © 2017 Ritmo





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