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Sebastian Spreng
El arte de la fuga, June 2017

Ni el Fausto de Gounod ni su respectiva “Condenación” por Berlioz, sino Mefistofele de Arrigo Boito, ese extraño híbrido del gran libretista del Otello y Falstaff de Verdi en su faceta de compositor. Obra que tomó dos décadas en concretarse y que luego del desafortunado estreno escalígero en 1868 bajo su batuta se vió sometida a revisiones por los próximos trece años. La presente es la versión final de 1881. En resumidas cuentas, un parto difícil. Una ópera desigual pero siempre fascinante, con arias y coros importantes. En los últimos años ha regresado a escena como tentador vehículo para arriesgados puestistas y por sus valores musicales que son muchos, la otra ópera de Boito—la inconclusa Nerón—no ha corrido la misma suerte. La afamada puesta de Robert Carsen en San Francisco es modélica pero esta originada en Munich se las trae y de la mano de Roland Schwab con escenografia de Piero Vinciguerra y luces de Michael Bauer.

Como la espectacular y controvertida Condenación de Fausto por la Fura dels Baus en Salzburgo hace unos años, este Mefistofele desde la Ópera de Baviera posee todos los elementos para escandalizar al pacato; pero recuérdese que se trata de pactos infernales y del mundo de las tinieblas, léase “festival para un enfant-terrible”. Lo cierto es que este Mefistofele “leather” con gafas negras, narcisista a la última moda, como salido de Mad Max en motoneta a toda velocidad hacia la autopista del infierno, es decir, las calles de una ciudad gótica batmanizada (Nueva York), con aviones amenazantes, las Torres Gemelas humeantes y hasta un John Lennon beatificado logra un impacto mayor que la ilustración medieval del original. Es nuestro mundo, Mefistofele manda y escucha a Dios en un gramófono con gastados discos de vinilo. Sus cuarteles son un hangar de nave madre desde donde envía a sus demonios. Callejones, montañas de basura, circos y calesitas, la noche de Walpurgis en una discoteca, un mundo apocalíptico del que no se salva ni el acto troyano devenido asilo para enfermos mentales. Si disparatado, funciona con la presición de un reloj letal. El pacto con el diablo en tiempo presente y el resultado un caos del que nadie se salva.

Sorprende que esta versión de un Goethe—clásico de clásicos alemán—constituya el demorado estreno de la ópera en Munich, a propósito la feria resulta un Oktoberfest con todos sus detalles, enmarcada por el espléndido coro de la ópera bávara y la orquesta dirigida por el ascendente joven israelí Omer Meir Wellber. El trío protagónico responde a lo mejor del canto actual. En primer término el siniestro titular por René Pape. Soberbio, sin la garra carnal de un Samuel Ramey o Nicolai Ghiaurov, pero con una presencia realmente demoníaca absolutamente siniestra en su deambular escénico como en su célebre aria Son lo spirito che nega sempre y el Ave Signor. Lo secunda el tenor maltés Joseph Calleja—con una camiseta que reza “Arrepentido”—en excelente voz, su mentado “timbre antiguo” encaja perfecto en el papel y sus momentos estelares, Dai campi, dai prati, Forma ideal purissima así como en el bellísimo dúo final con Mefistofele, Giunto sul passo estremo.

A cargo de Margarita y el aria mas conocida de la ópera—L’altra notte in fondo al mare—vehículo toda gran soprano que se precie de tal, la estrella letona Kristine Opolais cumple con entrega apasionada. Como Elena de Troya, Karine Babajanyan es un aporte fundamental al éxito de la version completada por Heike Grötzinger (Martha), Andrea Borghini (Wagner), Rachael Wilson (Pantalis) y Joshua Owen Mills (Nerèo).

En el epílogo mientras el coro canta la salvación de Fausto abrazado a la Biblia, Mefistofele furioso y derrotado destroza el LP de vinilo para no escuchar mas la voz de Dios, impactante momento pleno de ironía y teatralidad. © 2017 El Nuevo Herald



Segun Sebastian Spreng
Miami Clásica, February 2017

Ni el Fausto de Gounod ni su respectiva “Condenación” por Berlioz, sino Mefistofelede Arrigo Boito, ese extraño híbrido del gran libretista del Otello y Falstaff de Verdi en su faceta de compositor. Obra que tomó dos décadas en concretarse y que luego del desafortunado estreno escalígero en 1868 bajo su batuta se vió sometida a revisiones por los próximos trece años. La presente es la versión final de 1881. En resumidas cuentas, un parto difícil. Una ópera desigual pero siempre fascinante, con arias y coros importantes. En los últimos años ha regresado a escena como tentador vehículo para arriesgados puestistas y por sus valores musicales que son muchos, la otra ópera de Boito—la inconclusa Nerón—no ha corrido la misma suerte. La afamada puesta de Robert Carsen en San Francisco es modélica pero esta originada en Munich se las trae y de la mano de Roland Schwab con escenografia de Piero Vinciguerra y luces de Michael Bauer.

Como la espectacular y controvertida Condenación de Fausto por la Fura dels Baus en Salzburgo hace unos años, este Mefistofele desde la Ópera de Baviera posee todos los elementos para escandalizar al pacato; pero recuérdese que se trata de pactos infernales y del mundo de las tinieblas, léase “festival para un enfant-terrible”. Lo cierto es que este Mefistofele “leather” con gafas negras, narcisista a la última moda, como salido de Mad Max en motoneta a toda velocidad hacia la autopista del infierno, es decir, las calles de una ciudad gótica batmanizada (Nueva York), con aviones amenazantes, las Torres Gemelas humeantes y hasta un John Lennon beatificado logra un impacto mayor que la ilustración medieval del original. Es nuestro mundo, Mefistofele manda y escucha a Dios en un gramófono con gastados discos de vinilo. Sus cuarteles son un hangar de nave madre desde donde envía a sus demonios. Callejones, montañas de basura, circos y calesitas, la noche de Walpurgis en una discoteca, un mundo apocalíptico del que no se salva ni el acto troyano devenido asilo para enfermos mentales. Si disparatado, funciona con la presición de un reloj letal. El pacto con el diablo en tiempo presente y el resultado un caos del que nadie se salva.

Sorprende que esta versión de un Goethe—clásico de clásicos alemán—constituya el demorado estreno de la ópera en Munich, a propósito la feria resulta un Oktoberfest con todos sus detalles, enmarcada por el espléndido coro de la ópera bávara y la orquesta dirigida por el ascendente joven israelí Omer Meir Wellber. El trío protagónico responde a lo mejor del canto actual. En primer término el siniestro titular por René Pape. Soberbio, sin la garra carnal de un Samuel Ramey o Nicolai Ghiaurov, pero con una presencia realmente demoníaca absolutamente siniestra en su deambular escénico como en su célebre aria Son lo spirito che nega sempre y el Ave Signor. Lo secunda el tenor maltés Joseph Calleja—con una camiseta que reza “Arrepentido”—en excelente voz, su mentado “timbre antiguo” encaja perfecto en el papel y sus momentos estelares, Dai campi, dai prati, Forma ideal purissima así como en el bellísimo dúo final con Mefistofele, Giunto sul passo estremo.

A cargo de Margarita y el aria mas conocida de la ópera—L’altra notte in fondo al mare—vehículo toda gran soprano que se precie de tal, la estrella letona Kristine Opolais cumple con entrega apasionada. Como Elena de Troya, Karine Babajanyan es un aporte fundamental al éxito de la version completada por Heike Grötzinger (Martha), Andrea Borghini (Wagner), Rachael Wilson (Pantalis) y Joshua Owen Mills (Nerèo).

En el epílogo mientras el coro canta la salvación de Fausto abrazado a la Biblia, Mefistofele furioso y derrotado destroza el LP de vinilo para no escuchar mas la voz de Dios, un momento pleno de ironía y teatralidad. © 2017 Miami Clásica





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