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Àngel Lluís Ferrando
Ritmo, September 2016

El ciclo completo de las Sinfonías de Shostakovich por la Royal Liverpool Philharmonic bajo la batuta de Vasily Petrenko, que ahora podemos disfrutar en su conjunto, es sin duda un acontecimiento notable para la música del compositor de San Petersburgo. Como ya dijimos en este mismo foro, haciendo referencia a la magnífica interpretación de la Sinfonía n. 13 “Babi Yar”, nos reafirmamos ahora, con plena convicción, que estamos delante de un corpus de singular coherencia, con una toma de sonido espectacular, con una orquesta compacta y, finalmente, como ya señalamos en su momento, con una “impulsiva y rabiosa lectura del director ruso, novedosa y ciertamente poderosa”.

Dejando claro que se trata de una panorámica general e intentando mantener una visión de conjunto homogénea y global, podemos afirmar que la interpretación de Petrenko busca, en todo momento, la claridad y la comprensión del complejo entramado sonoro de Shostakovich como premisa ineludible e irrenunciable. La densidad de la instrumentación, la marcada dirección de las líneas melódicas, el diseño y distribución del espacio sonoro (en general, de constante exigencia con la orquesta y, en algunos casos, al límite de las tensiones, mediante un trabajo que presumimos duro e incómodo para el conjunto inglés) o la dinámica contrastante como recurso estético, nos la muestran en cada uno de los quince ejemplos. La desnudez de ciertas sonoridades (no exenta de una deliberada rudeza por parte del compositor, como firma y marchamo de personalidad), también aparece reforzada en su lectura y, por encima de todo, una coherencia general con la que se puede estar o no de acuerdo, pero que flota en el ciclo completo como una reivindicación esencial y necesaria.

Si vamos ahora a casos concretos, quizás los más célebres y conocidos, nos admiramos de la lectura del final de la Quinta Sinfonía (1937), aunque en ocasiones se contradiga con las indicaciones del compositor en la partitura, pero que Petrenko sabe defender con valentía y criterio. La triunfal sección final, llena de la exigencia orquestal de la que hablábamos anteriormente, se nos presenta como un amplio espacio sonoro que pocas veces habíamos admirado de forma tan diáfana y serena. El propio director, en las opiniones que acertadamente encabezan el comentario de cada una de las Sinfonías, señala que para él “el final expresa la gloria del espíritu humano”. Pasando ahora a esa poderosa obra que es la Sexta Sinfonía (1939), el discurso nos cautiva desde el mítico primer movimiento (en el que, inevitablemente, recordamos también otras versiones magistrales) hasta el animado final: “una mirada hacia el lenguaje de la Cuarta Sinfonía”, para Petrenko. No obstante, encontramos en el segundo movimiento una interpretación cuestionable del término tamburo (caja) de la partitura, por tamburino (pandereta), que no deja de sorprendernos, más aún en esta Sinfonía en la que concursan los dos instrumentos. La terminología de la percusión en las partituras (generalmente en inglés), conduce en ocasiones a algunas vacilaciones que, no obstante digo, nos sorprende en este caso, aunque puede tratarse de un simple error de la edición usada en la grabación o de la que hemos consultado nosotros.

Leningrado

Ejemplo notable de claridad es la lectura de la “Leningrado” (1941), desde el primer movimiento, marcado por su archiconocida marcha, hasta el apoteósico final. La evolución discursiva de la música está planteada nuevamente de manera magistral, así como su estructura circular y la controlada densidad instrumental, que dosifica sabiamente la mano de Petrenko para hacer llegar a buen puerto esta ilustración sonora de un país asediado. Magnífica también y con una orquesta en estado de gracia, es la versión de la Sinfonía n. 11 “The Year 1905” (1957), que incide en esta sensación inquietante y dolorosa que ofrecía el convulso territorio que vio nacer al compositor. Por lo que respecta a la 13, la “Babi Yar” (1962), insistimos de nuevo en el acertado balance entre orquesta, solista y coro masculino, cuyo trabajo, aunque no suene especialmente a ruso, es magnífico. El periodo de aceptación de los horrores existenciales que se inicia precisamente con esta Sinfonía, nos muestran al Shostakovich más comprometido con la verdad y nos preparan el camino hacia la penúltima Sinfonía, la sorprendente n. 14 (1969) que, en manos de este tándem, es un nuevo ejemplo de luminosidad. Los solistas vocales (Vinogradov y James) están extraordinarios, así como cada uno de los integrantes (percusiones y cuerdas) de esta suerte de cantata de cámara que habla “de cuando morimos” y que nos trae resonancias de Stravinsky o Bartók. Para Petrenko, se trata “posiblemente de la composición más grande” del compositor ruso y, ciertamente, su versión irradia respeto, rigor y admiración.

Estos tres aspectos son los que se muestran en todo el ciclo y hacen de esta propuesta una más que recomendable opción para revisitar el conjunto monumental que representa para la música del siglo XX el ciclo de las Quince Sinfonías de Dmitri Shostakovich. Una invitación que, a partir de una notable comprensión de esta música, elige mostrarla sin aditivos, diáfana, pero sin escatimar ni el más pequeño detalle de intensidad. © 2016 Ritmo





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