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Juan Carlos Moreno
Ritmo, April 2016

BERKELEY, L.: Piano Solo and Duet Music (Terroni, Beedie) 8.571369
BRIDGE, F.: Piano Quintet / SCOTT, C.: Piano Quintet No. 1 (Terroni, Bingham Quartet) 8.571355
HILL, Alfred: String Quartets, Vol. 5 (Dominion String Quartet) - Nos. 12-14 8.573267
HILL, Alfred: String Quartets, Vol. 6 (Dominion String Quartet) - Nos. 15-17 8.573416
LEIGHTON, K.: Chamber Works for Cello (Complete) - Elegy / Partita / Cello Sonata / Alleluia Pascha Nostrum (Wallfisch, Terroni) 8.571358
LILBURN, D.: String Quartet in E Minor / Phantasy / Canzonettas / Duos / String Trio (New Zealand String Quartet) 8.573079
MOERAN, E.J.: Folksong Arrangements (A. Thompson, Farnsworth, Talbot, Weybridge Male Voice Choir) 8.571359
Clarinet Recital: Cox, Nicholas - BAX, A. / FISKE, R. / HAMILTON, I. / WOOD, H. / BENNETT, R.R. (The Thurston Connection) 8.571357

Excepción hecha de algunos nombres insignes (Henry Purcell, Benjamin Britten y no muchos más), la música británica no suele concitar excesivo entusiasmo fuera del Reino Unido. Es más, para muchos melómanos se trata de una escuela con un sello tan marcado que casi hay que haber nacido británico para apreciarla…Lógicamente, se trata de un prejuicio y aunque pueda tener su fondo de verdad, la mejor forma de desmentirlo es escuchando el ramillete de grabaciones de obras con denominación de origen británico en su sentido más amplio (esto es, Commonwealth incluida) que motiva estas líneas. Conviene señalar, eso sí, que excepto en el caso de Alfred Hill y Douglas Lilburn, no se trata de novedades, sino de reediciones de discos publicados en su día por la British Music Society.

Si algo une a estos compositores es su alergia a cualquier arrebato vanguardista. Así, todos ellos, con propuestas muy diferentes, muestran un arraigado sentido de la tradición que solo en un caso se traduce en epigonismo. Se trata de Alfred Hill (1869–1960), un compositor originario de Australia cuyos Cuartetos de cuerda revelan su formación germánica, un militante conservadurismo romántico y una nada disimulada admiración por el checo Dvorák, apreciable en el aliento melódico de la humoresca del Cuarteto n. 12 (1937) y no digamos ya en el Finale del Cuarteto n. 17 (1938), en el que se cita un motivo de la Sinfonía “Del Nuevo Mundo”. Hay pasajes valiosos, pero en general estas composiciones no van más allá de una factura artesanal tan notable como estilísticamente anónima. Es la excepción (y aun así, se escucha con gusto), porque el resto de músicas valen mucho la pena.

De extraordinario interés es el disco que recoge los Quintetos con piano de Frank Bridge (1879–1941) y Cyril Scott (1879–1970). El primero representa un romanticismo de un lirismo arrebatador desde su arranque; el segundo, a ese aliento añade su originalidad formal y una escritura que parte del universo impresionista para ir más allá. No le faltaba razón a Debussy cuando definió esta música como “una intoxicación para el oído”…Como Scott, Lennox Berkeley (1903–1989) fue también un inglés que miraba más allá de su isla natal. Francia era su ideal y así sus obras pianísticas presentan un inequívoco aroma galo, excepción hecha de la Sonata Op. 20 (1945). El tono dramático de esta contrasta con la ligereza de la Sonatina Op. 39 (1954), para piano a cuatro manos y con mucho de Satie y Poulenc. Ernest John Moeran (1894–1950), en cambio, no necesitó salir de su patria para forjar su estilo: lo encontró recorriendo sus condados y recogiendo aquí y allá melodías populares que luego arregló, y estilizó, para voz y piano. Su trabajo tiene mucho de nostalgia del pasado, como si Moeran quisiera reaccionar así al mundo musical que le tocó vivir, cada vez más especulativo y alejado del legado popular.

El disco con obras para violonchelo de Kenneth Leighton (1928–1988) constituye toda una sorpresa, sobre todo por la Partita Op. 35 (1959) y la Sonata para violonchelo solo (1967), dos composiciones de perfil clasicista y de brillante escritura instrumental. Algo parecido puede decirse de las obras para cuerda del neozelandés Douglas Lilburn (1915–2001), en las que la influencia de la música isabelina se aúna a la fantasía sonora y a una calidad melódica muy particular y atractiva, como puede apreciarse en el Andante que abre el Cuarteto en mi menor (1946) o en el hermoso Trío de cuerda (1945). En cuanto al disco titulado The Thurston Connection, toma su nombre del clarinetista Frederick Thurston, quien encargó y estrenó tres de las obras recogidas en él: las sonatas de Arnold Bax (1883–1953) y Roger Fiske (1910–1987), y los Tres nocturnos (1950) de Iain Hamilton (1922–2000), aunque incluye también otras dos encargadas por el solista a Hugh Wood (1932) y Richard Rodney Bennett (1936–2012). Todas ellas constituyen un interesante viaje por el clarinete inglés del siglo XX, más atento a explotar la calidez tímbrica y melódica del instrumento que a inducirlo a explorar otros territorios. © 2016 Ritmo





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