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Album Reviews



 

SEGOVIA, Andres: In Portrait (NTSC)


Christopher Nupen Film A15CND

   Ritmo, May 2013

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Javier Extremera
Ritmo, May 2013

SEGOVIA, Andres: In Portrait (NTSC) A15CND
MENDELSSOHN, Felix: Mendelssohn Unknown (Documentary, 2009) (NTSC) 2058858

Jamás pensé que en esta página hablaría de uno de mis paisanos, sin tener que usar para ello términos taurinos. Andrés Segovia (Linares, 1893) fue el primero en trasladar exitosamente la guitarra a las salas de concierto, rescatándola de las garras del flamenco y consiguiendo reavivar (con su enorme soplido) las cenizas del pobre repertorio escrito para tan embaucador instrumento. Si algo hay que agradecer a este ser celestial, que nunca consiguió despegar los pies de la tierra, es el ensanchamiento de esa literatura que por aquel entonces era meramente testimonial. Este autodidacta abusó de la amistad para ir sumando obras a su causa, que hoy son parte indisoluble de la Historia de la Música del siglo pasado, gracias a los Moreno Torroba, Ponce, Turina, Falla, Castelnuovo-Tedesco, Tansman o Villalobos. “Si no la tocas es imposible componer algo para ella”, aseguraba.

Esa gran vaca sagrada del género (formado bajo la sabia pizarra de la BBC) que es Christopher Nupen, viajó en el verano de 1967 con una de las primeras Arriflex de 16 mm. para filmar al maestro en su chalet de la costa granadina. Segovia en Los Olivos es la primera de las dos películas dedicadas a este jienense, que gracias a sus fotogramas se erige en personaje entrañable e infatigable elogiador del costumbrismo. Mientras actúa de anfitrión le vemos tocar, pasear o relatar anécdotas frente a la cámara agarrado a su pipa. Nupen (que continuamente realiza preguntas fuera de cuadro) lo filma en la intimidad del hogar junto a Emilita, la que fuera alumna antes de convertirse en su maestra y tercera esposa. Segovia hace un repaso vital desde los primeros pasos musicales en Jaén (aprovecha para explayarse en la belleza de mi Catedral) llenando el relato de dichos y sucesos, siempre contados con ese humor tan ricamente sureño (novelesca su relación con el luthier Ramírez). En un pausado inglés (subtitulado) se detiene en la lectura de su otra gran pasión, la poesía. En especial de un pasaje de Platero y Yo (La Arrulladora), que impregnara de sonidos Castelnuovo y donde Nupen aprovecha para abandonar la realidad y sumergirse en la ficción, recreando un bello momento de ensoñación cinematográfica (pollino incluido). En el salón de su mansión escuchamos (con la riqueza de sonoridades propia de él) pasajes de Bach o Granados, mientras defiende sus discutidas transcripciones. Quien realmente toca la guitarra es la uña, nos explica, imitándonos con brujería las secciones de la orquesta con el fin de elogiar la polifonía que duerme en sus entrañas (“más que escuchar música, se trata de soñar música”).

A Eugenio d’Ors le debemos el título de la segunda propuesta La canción de la guitarra, rodada nueve años después y donde Nupen cambia de estilo ofreciendo un filme contemplativo, de corte menos narrativo, que coge aires poéticos y reflexivos agarrado a un montaje de tempo pausado y meditativo, con delicados y suaves movimientos de cámara, donde las imágenes se funden mágicamente con la música. Las privilegiadas manos adquieren tintes de protagonismo gracias al uso del primer plano. El embrujo noctámbulo de la Alhambra (leitmotiv de su vida) explosiona con los sonidos de la guitarra y de alguna que otra ave nocturna, mientras el agua que fluye acaricia el alma del poeta (“es como estar en el paraíso”). El director se luce en atmosféricos encuadres (respetado scope) donde el maestro (ya con 84 años) tañe Granados, Albéniz, Scarlatti, Chopin, Rameau, Sor o Bach, rodeado de la monumental arquitectura de los Patios nazaríes o la colorida belleza de los jardines del Generalife. Delicioso.

De Granada saltamos ahora en tiempo y espacio al Leipzig del siglo XIX. Mendelssohn Unknown (“Mendelssohn desconocido”) posee un italianizado sahumerio que prende Angelo Bozzolini y el pianista Roberto Prosseda (guionista y productor que intenta descifrarnos al teclado algunas de las parlanchinas Canciones sin palabras). Sin profundizar en demasía (para bien del manido para todos los públicos) el documental se detiene esencialmente en las influencias itálicas que empaparon de joven al compositor. A través de lecturas en off de sus cartas y diario descubrimos la fascinación de Mendelssohn por lo que allí descubrió. Desde la borrachera pictórica en la Galería Uffizi de Florencia, hasta los años que vivió en Roma (1830-31), visitando su casa y el Caffé Greco, particular centro de operaciones durante su estancia. La religión y el judaísmo, la mordaza que los nazis ataron a su obra, la creación de la Gewandhaus, la sombra incestuosa de su hermana Fanny, la devoción por Bach y sus Pasiones (el primer monumento que se levantó en Alemania fue gracias a su empeño) y su muerte prematura, pasan ante nosotros con riqueza de localizaciones e imágenes de archivo, pero resulta inválida a la hora de recrear o imaginar la época.

Donde se la juega de lleno es en la inclusión de secuencias de animación informatizada donde Goethe (le tecleó Bach con 12 añitos) o el mismísimo Wagner (que tanto le atacara en su pestilente El judaísmo en la música) nos regalan su particular punto de vista sobre el homenajeado, llegando a rozar en su infantilizada exposición el ridículo. Sin subtítulos, la lista de personajes ilustres que aportan su granito de arena a la causa pasan por Chailly (admira su capacidad para abrir la puerta del corazón), Masur, Rosen, Isserlis (gran sentido del humor), Mutter o Lang Lang. En los bonus un concierto de cámara en el Teatro Olímpico de Vicenza (2009) para conmemorar el Bicentenario de su nacimiento, a cargo de Prosseda, Tchakerian e Isserlis, exhumando algunas de sus inacabadas piezas nunca antes oídas y reconstruidas por Alessandro Solbiati. © 2013 Ritmo





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