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Javier Extremera
Ritmo, April 2016

TRIFONOV, Daniil: Magics of Music (The) (Documentary, 2015) / The Castelfranco Veneto Recital (NTSC) A19CND
VIRTUOSITY - The 14th Van Cliburn International Piano Competition (NTSC) 2061288

Ese astro rey instrumental que es el piano, se erige en el protagonista absoluto de este mes. Dos filmes apasionantes, de intachable factura y magnéticamente narrados a golpe de testimonios clarividentes y sinceros. A veces incluso mancillando el pudor de la intimidad, pues nos adentran en los submundos y vericuetos sonoros y humanos que rodean a este ruidoso mueble con patas. Muchas de las revelaciones de las que somos testigos, permanecen invisibles la mayoría de veces al espectador o escuchante, de ahí su testamentario valor.

A sus insultantes 25 años, el pianista y compositor Daniil Trifonov se sienta en el lujoso y aterciopelado diván fílmico del maestro Christopher Nupen, una de las vacas sagradas del género documental. Nos propone un retrato cercano y bien contorneado del hombre músico y de ese adolescente de mirada inocente capaz de ruborizarse ante un elogio. Un músico por el que ya han bebido los vientos personalidades como Martha Argerich (se quedó embobada viéndole tocar en YouTube) o el crítico Norman Lebrecht (“un intérprete irresistible”, confirma). Nacido en la misma ciudad rusa donde también vieron la luz los Gorki, Balakirev o Vladimir Ashkenazy, hoy vive y estudia en la estadounidense Cleveland, asfaltada urbe que ocupa una parte importante del metraje, pues es ahí por donde ahora pulula el núcleo familiar del artista. En su delineado dibujo, el elegante y veterano Nupen (que no duda en compartir con él mesa y mantel, aparte de sondearlo fuera de encuadre con sus típicas y humanistas preguntas, marca particular de fábrica de su clasicista y diáfano estilo) nos descubre un muchachito tímido, sencillo y modesto, que vive las veinticuatro horas por y para la música. Nunca resulta presuntuoso ante ese superdotado talento con el que lo dotó la caprichosa naturaleza.

El intrínseco repaso por su efímera biografía arranca de la mano de sus exitosas participaciones en los Concursos pianísticos más importantes del planeta (Primeros Premios en el Tchaikovsky, Rubinstein o San Marino, Tercer Premio en el Chopin de Varsovia). Al igual que Evgeny Kissin (con el que comparte más de un lazo estilístico y sonoro), él también rompió el cascarón en la moscovita Academia de Música Gnessin para niños superdotados. Nupen, que también dota a su obra de cierto saborcillo agrio, pues sondea esas infancias que parecen quebrarse por el arte y el prodigio, nos muestra con pelos y señales el intangible aura que llevan encima los genios. La convencional narración (pausada, refl exiva y serena) está saltea de suculentos pasajes musicales en los que se desbordan las dotes musicales de esta nueva “gran esperanza blanca” del piano. Incluso en una de sus secuencias, que consigue elevar cualitativamente el conjunto del filme, Trifonov nos explica al teclado todo lo que alcanza él a vislumbrar entre el mitológico oleaje de “Una barque sur l’océan” del brujo Ravel. Ante su corta experiencia vital, algunas de sus frases nos rechinan, pues rezuman ya veterana sabiduría, como si la vida le hubiera enseñado a base de palo y zanahoria. Un ejemplo: “si deliberadamente practicas con la cabeza fría, se hace mucho más difícil tener el corazón cálido para tocar”.

Como impagable y valioso extra, Nupen incluye un sudoroso cortometraje grabado durante su recital en la amurallada ciudad de Castelfranco en pleno Véneto. Por desgracia (como ya hizo con el dedicado a Kissin) no se ha aventurado a publicar el concierto completo, sino solo algunas de las propinas (emborronado y atropellado Estudio de Chopin, otro de Scriabin y una desvergonzada transcripción de su puño y letra de marcadas resonancias lisztianas de la Obertura Fledermaus). De esta mini selección reluce como el oro una lectura técnicamente asombrosa de las Variaciones Chopin de Rachmaninov, con las que pone al límite incluso la propia fisicidad del instrumento. Acierta Trifonov arrimándolas legítimamente hacia las bachianas Goldberg (no solo por su riqueza polifónica), pues el Preludio n. 20 con el que Rachmaninov amamantó esta virtuosísima pieza, es transformado por su ingenio en una subliminal Aria di Capo, ya que decide también libertariamente cerrar la partitura con ella, algo que seguro hubiera contado con la aprobación de su compatriota. Una interpretación salvaje, de enorme expresividad y muy emocionante de principio a fin. Hipnótica en el uso del rubato (que ese Do menor pide a voces), donde juega a su antojo con el volumen y con un cantabile de hondísimo calado. Sobrecogedor. Escalofriante. Un auténtico espectáculo.

Van Cliburn

Ameno y divertido de principio a fin, es el documental que bajo el escueto título de Virtuosity ha filmado Christopher Wilkinson sobre las aventuras y desventuras que rodeó a la decimocuarta y última edición del Concurso de Piano Van Cliburn (2013). Ese prestigioso certamen amateur que se celebra cada cuatro años en la tejana ciudad de Fort Worth, lugar elegido para decir adiós a este mundo por aquel legendario pianista que puso banda sonora a la Guerra Fría. El realizador intenta responder la pregunta del millón: ¿qué hay detrás de todo concurso?, consiguiendo desvelar con su nerviosa cámara esa misteriosa vorágine organizativa que siempre rodea estos eventos. Hacemos un viaje temporal extenso a lo largo y ancho del concurso, pues nace con las pruebas preliminares y muere con la entrega del primer premio en la gran final. Incluso viajamos hasta el hogar de algunos participantes, saltando de Rusia a Italia o de Japón a Polonia.

El trabajo de edición es magnífico, repleto de un esmerado virtuosismo y frenético ritmo. Su virtud está en saber reducir hasta la esencia algo tan extenso y complejo. Wilkinson posee la fórmula para contarlo todo en hora y media, centrándose tanto en las sonrisas como en las lágrimas que este galimatías valorativo suele producir (como siempre que se habla de un Jurado, nunca llueve a gusto de todos). Dividido en sugerentes capítulos, el filme crea lazos de amistad (rozando a veces el vouyerismo) con algunos de los más dotados participantes. Pese a que el propio Bartók aseguraba que “las competiciones eran solo para los caballos y no para los artistas”, él mismo no puede evitar que su música resuene en alguna de las pruebas eliminatorias. Pasajes musicales que abundan y dan sentido a este fresco y ágil documental, que solo pretende ser testigo de su tiempo. © 2016 Ritmo





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