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Ángel Carrascosa Almazán
Ritmo, February 2015

El sello Accentus cierra, por fin, con el lanzamiento de la Novena, el ciclo de las seis últimas Sinfonías de Bruckner por Barenboim y la Staatskapelle Berlin. Una vez visto y escuchado este ciclo (al que, lástima, le faltan las tres primeras) la conclusión es clara: un monumento, pues el nivel es sostenidamente muy alto. Como estos discos no son precisamente baratos, será preferible comprar el álbum que contendrá las seis, que Accentus ha prometido editar, aunque no se sabe la fecha; tampoco el precio, pero seguro que la caja saldrá bastante más barata que la suma de los seis discos por separado.

Para quien tenga reproductor de Blu-ray, no lo dude: la calidad técnica (imagen y sonido por igual) es absolutamente descomunal, de lo mejor de lo mejor que se haya escuchado en música orquestal. Los DVDs, aun siendo excelentes, no alcanzan (no pueden, técnicamente hablando) ese grado de fidelidad. Además, las realizaciones están cuidadísimas, atentas siempre las cámaras a los solos instrumentales y a las más interesantes indicaciones de la batuta, o mostrando oportunamente planos generales en muchos de los grandes clímax. Creo que es de justicia citar a los realizadores: en la Cuarta “Romántica” (20-VI-2010) es Andreas Morell, en la Quinta (día 21), Tilo Krause; en la Sexta (día 22), Henning Kasten; Elisabeth Malzer en la Séptima (día 25); de nuevo Morell en la Octava (día 26) y Enrique Sánchez Lansch en la Novena (día 27): es posible que sea esta última la más cuidada de todas en su filmación. El reputado Paul Smaczny es siempre el productor. El ingeniero de sonido es siempre el bien conocido Toine Mertens, que suele lograr maravillas en los ya famosos Estudios Teldex de Berlín. Como se ve, las seis Sinfonías fueron tocadas en ocho días, todo un tour de force para la orquesta, por lo que se turnaron muchos de los músicos, aunque no desde luego el director, que por si fuera poco, delante de varias de las Sinfonías, había tocado Conciertos para piano de Beethoven.

¿Qué hay de la interpretación de esta Novena Sinfonía? Comparada con sus dos grabaciones (Chicago Symphony, DG, 1976, y Berliner Philharmoniker, Teldec, 1991), la de 2010 es la más consoladora y a la vez la más angustiosa y aterradora de las tres: ha ahondado en sus extremos, hasta el punto de que se la podía titular más claramente que nunca “Infierno y Paraíso”. Hay en ella momentos de una dulzura infinita, muy a la Giulini (aunque ya se sabe que en su genial interpretación para DG con la Filarmónica de Viena, Giulini no se priva de bucear a fondo en lo más tenebroso de esta Sinfonía) y otros absolutamente pavorosos.

Sobrecogimiento

El arranque mismo de la obra es tan misterioso e inquietante que sobrecoge; luego se desencadenan pasajes contrastados en extremo. Pero los clímax más angustiosos, a diferencia de en tantas versiones, no son tan sorpresivos, sino que están mucho más motivados y preparados; digamos que resultan ineludibles. En efecto, en esta su áurea madurez Barenboim ha logrado (es una característica extensible a estas seis Sinfonías) planificar la obra con una lógica irrebatible: el juego de tensiones es de enorme lucidez.

Cuando escuchamos estas interpretaciones la batuta nos convence de que tiene que ser así, y no de otro modo: difícilmente cabe elogio mayor. La concepción es tan sincera que desarma: tremendamente emocionante, abrumadoramente caliente; Barenboim se entrega en cuerpo y alma, quemándose hasta las cejas, y las cámaras lo recogen con claridad. Pero no pierde en absoluto el control. El Scherzo es seguramente el más furibundo que recuerdo: es curioso cómo se lee a menudo que este segundo movimiento es demoníaco; pues bien, es raro escucharlo como tal; aquí, sin duda, lo es. El Adagio deja desde el comienzo sin respiración y su último y más tremendo clímax resulta literalmente apocalíptico. La conclusión, serena, no logra sin embargo la paz: se mantiene la inquietud, la incertidumbre: ¿se habrá finalmente ganado el creyente Bruckner el paraíso?

Por supuesto que esta Sinfonía puede hacerse de otros modos, pero la coherencia de esta interpretación es aplastante. Es, como todas las de la serie, absolutamente diáfana (nunca se han podido escuchar tantas cosas) y la variedad de acentos y la estratificación de las dinámicas parece no tener límites. La Orquesta, como en las restantes, está de escándalo. Aparte de la cálida, envolvente y también resplandeciente cuerda, menciones muy especiales para la flauta (Claudia Stein), el oboe (Gregor Witt), un joven clarinete (Tibor Reman) y, cómo no, un impresionante grupo de trompas, trombones y tubas.

Mis Novenas de Bruckner favoritas (aprovecho para decir que es mi Sinfonía predilecta de toda la historia de la música) no son (a diferencia de la Séptima y la Octava) muchas: Klemperer/New Philharmonia (EMI, 1973), Giulini/Chicago (EMI, 1977), Haitink/Concertgebouw (Philips, 1982), Barenboim/Filarmónica de Berlín (Teldec, 1991) y, sobre todo, Giulini/ Filarmónica de Viena (DG, 1989); la de Barenboim/ Staatskapelle es la única que me gusta tanto (o casi) como esta última. Una Sinfonía en la que, para mí, el genial Celibidache no tocó fondo. En vídeo, sólo me entusiasmaba, hasta ahora, la de Giulini con la algo modesta Sinfónica de Radio Stuttgart (Arthaus). © 2015 Ritmo





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