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Javier Extremera
Ritmo, September 2015

Nacida hace 44 años en la gélida Nueva Escocia canadiense, Barbara Hannigan es una de esas “rara avis” que aparecen por el panorama musical muy de tarde en tarde. Sus habilidades en escena, gran versatilidad y privilegiado instrumento para encarar la música más encriptada, la han convertido ya en una venerada divinidad sonora del siglo XXI. Intrépida, polifacética e inteligente, su belleza exterior parece querer esconder el indomable animal escénico que lleva dentro, que es capaz de convertir sus esmaltadas uñas en afiladas garras. Una asombrosa soprano de coloratura que decidió un día auto anexionarse también las tareas de dirección orquestal. Se mueve como pez en el agua por las obras contemporáneas y del siglo XX. En especial, su esbelta figura ha quedado irremediablemente ensamblada a la de ese esclavizador de oídos que fue Ligeti, cuya obra ha conseguido hacerla tragable al gran público. Para adentrarse en su persona, así como en el afilado y laberíntico repertorio que le da de comer, nada mejor que dejarse tentar por este espléndido y bien complementado DVD (sin subtítulos patrios), cuyo andamiaje formal tiene como base el recital que el año pasado ofreciera durante el veraniego Festival de Lucerna, paraíso de bolsillos sin fondo y paladares musicales abiertos a lo nuevo.

El concierto
Lucerna sigue intentando que no se rompa el lujoso hilo artístico que teje su particular Norna. Después del shock creativo que supuso la reciente pérdida de su guía espiritual, el estival certamen intenta no perder el dorado de sus letras, amparándose en los Simon Rattle o Andris Nelsons. Junto a la cada vez más curtida y virtuosa Mahler Chamber Orchestra, Hannigan propuso un concierto que no suele ser habitual grano de cultivo programático hoy. Una velada muy variada y con forma de mujer. De las heroínas rossinianas, a las féminas cristalinas de Mozart, pasando por la Mélisande de Fauré, hasta concluir con la chiflada del Gran Macabro. La canadiense acaba dividida en tres entes: cantante, directora y actriz.

Tras una Obertura de La Scala di Seta de pulido y chispeante manejo (femenina y perfumada), donde se juega certeramente con las dinámicas y el crescendo rossiniano, las tres Arias de Concierto de Mozart nos delatan que estamos ante una voz de bella y arrebatadora personalidad. Un instrumento raudo y fresco, extraordinariamente dotado para el agudo y poseedor de un fraseo delicado y seductor. En la bellísima Un moto de gioia nos hace suspirar con la dulzura de una subliminal Susanna de Las Bodas de Fígaro. El Concierto Rumano no es el Ligeti más atrevido o revolucionario, pues es un canto folclórico y sentimental sobre la ausencia del hogar, que en él no era sino la Transilvania de su infancia (las sombras de los Bartók y Kodály andan al acecho). Con delicadeza, serenidad y misterio se enfrenta al Pelléas de Fauré, agarrada a una joven pero curtida orquesta magníficamente empastada. Hannigan en vez de pasar las páginas de la partitura, parece que las acariciara.

Pero el plato fuerte se reservaba para el final. Disfrazada de colegiala (al más puro estilo de la Lulu de Berg), arranca los Mysteries of the Macabre de Ligeti. Diez minutos de música feroz, lujuriosa y colérica, capaz de provocar taquicardias. Un collage de sonoridades que nos deja sin aliento. Apoyada en su prodigiosa coloratura, no tiene miedo de atravesar esa tesitura que exige andar sobre un precipicio con los ojos vendados, esparciendo un insólito canto que pareciera telegrafiado en Morse. Algo que requiere un inhumano derroche físico y un histrionismo casi circense. Todo un espectáculo verla moverse y declamar por ese escenario convertido en manicomio, en el que el mismísimo Simon Rattle (como divertidísimo cómplice) acaba subiendo al escenario gritando que por favor lo dejen ya (pueden imaginarse las risas del público). Inolvidable.

El documental
El documental que firma otra Barbara, ésta apellidada Seiler, nos sumerge en esos días de ensayos y clases magistrales en la bella Lucerna, abriéndonos la puerta de su residencia de par en par con el fin de convivir en su día a día. Su despertar arranca con running, pues como ella misma explica, “si no estás en forma difícilmente tendrás la energía que requiere el repertorio”. La vemos explicar el universo del Macabro a unos jóvenes y rendidos músicos que no dejan de sonreír y lanzarse miraditas. La canadiense hace un rápido repaso a su vida privada y artística, explicándonos, mientras cocina, como cayó seducida por la música de hoy. “El trabajo es disciplina”, no deja de repetir, mientras se desnuda literalmente ante la cámara enfundándose el cuero negro propio de un peep-show que nos propone para su Ligeti (tiene solo cinco minutos para disfrazarse y volver a salir a escena).

El filme también es una reflexión sobre la soledad de los genios y el enorme sacrificio que exige el pertenecer a la élite musical. Pese a vivir en Ámsterdam (está casada con el director teatral Gijs de Lange), atestigua que “tu hogar está allá donde estés en ese momento”. Da repelús verle ensayar la parte vocal de El silencio de las Sirenas de Unsuk Chin (basada en el pasaje del Ulises de Joyce), del cual vemos también imágenes del estreno, con Rattle al mando. “Me entreno para que mis gritos salgan bellamente”, afirma. El de Liverpool no duda en corroborarnos que estamos ante “uno de los más grandes músicos del planeta”. Afirmación que ratifica su profesor de canto, Neil Semer, que no ceja en alabar su desmesurada agilidad. Un astro rubio, de curvas peligrosas y asombrosa voz, que da fulgor a la música más fosca e inaccesible de nuestro tiempo. © 2015 Ritmo





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