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Segun Sebastian Spreng
Miami Clásica, January 2017

Una versión ejemplar por no decir perfecta de Wozzeck puede abrir la puerta de la ópera “moderna” (si eso significa casi un siglo de compuesta) a públicos renuentes o alérgicos a la atonalidad del señor Alban Berg. Sin ánimo de exagerar, los calificativos “ejemplar” e incluso “perfecta” pueden aplicarse a la puesta en escena de Andreas Homolki con dirección musical de Fabio Luisi para la Opera de Zurich. Es una lectura donde menos es mas—como debe ser en este caso y tantos mas—donde el amarillo es el color del miedo—cual otro si no—donde El Grito de Munch se adivina, es el clamor tácito en esta versión espeluznante donde la abstracción musical pareciera corporizarse en la sucesión de simples imágenes que sugieren, que pintan, que encarnan el mundo del torturado personaje y sus vecinos.

Con excelente tino, los responsables la presentan de un tirón, sin intermedios, convirtiendo las dieciséis viñetas en una admirable sucesión cinematográfica, hermanándola con la Elektra straussiana, y entonces a no olvidar que ambas óperas nacieron en los albores del séptimo arte, son hijas de su tiempo, monolíticas e impactantes. Ninguna ha perdido vigencia, su temática es eterna. Berg enfatiza, mejora el producto de Büchner, en esta rara ocasión “la película es mejor que el libro”. Aplicadas a la visión distorsionada del antihéroe, la ironía y el cinismo en la música de Berg, hecha de angustiantes pausas que por momentos duelen mas que las notas, cortan el aire como navaja. Se trata de una puesta e intérpretes que deben luchar contra el recuerdo de otras memorables, Wozzeck es obvio favorito tanto para directores de escena como de orquesta, más que para el público. Sin ir muy lejos, desde la paradigmática versión Patrice Chereau-Daniel Barenboim, el clásico vienés de Adolf Dresen-Claudio Abbado, la cinematográfica de Andreas Kriegelborn, la controvertida de Tcherniakov (o Calixto Bieito) y la de Lamos-Levine en el Met a cantantes como Fischer Dieskau, Wächter, Hampson, Keenlyside o Goerne que formidables, lo interpretaron al mínimo detalle.

Es desafío y tarea de Homolki-Luisi enfrentarlos y quizas superarlos a todos. Inspirada en el teatro victoriano, la notable escenografía de Michael Levine (más el vestuario de Meta Bronski y luces de Franck Evin), de economía e imaginación superlativas, redondean la entrega. Listones, marcos, cajas intercambiables que forman laberintos ilustrando la mente del protagónico, amarillo y negro y viceversa, de una simpleza y a la vez complejidad alucinantes, encierran mas y mas a los personajes perfilados como títeres gigantes manejados por el destino, sólo vistos de la cintura para arriba, las caras pintadas con tiza y crayones, todo emerge y concuerda con el dibujo caprichoso de un perturbado mental. Son trazos, arremetidas, manchones, piezas de un rompecabezas en despiadado chiaroscuro, todo como la música de Berg. Su espejo, o mejor dicho, reflejo.

Bocado de cardenal para el barítono, literalmente, Christian Gerhaher “es” Wozzeck, retratado sin piedad, cantado con el doliente lirismo de una canción de Mahler, sin afectaciones ni sentimentalismos fuera de lugar, una encarnación inolvidable. Impecables, lo secundan al mismo nivel Gun-Brit Barkmin como Marie (no hace olvidar a Evelyn Lear, Anja Silja o Waltraud Meier pero quien puede?), el brutal tambor mayor de Brandon Jovanovich y el capitan de Wolfgang Ablinger-Sperrhacker, sin poder dejar de mencionar a Irene Friedli (Margret), Mauro Peter (Andres) y el quasi Mengele doctor de Lars Woldt. La orquesta filarmónica de Zurich y el coro de la ópera junto al de niños se suman con igual ferocidad y elocuencia. En este juego de gato y ratón entre ensamble camarístico y orquesta ensordecedora Fabio Luisi obtiene un balance y rendimiento excepcional de cada participante y, sabiamente, nunca cubre a los cantantes.

La óptima dirección de cámaras de Michael Beyer, toma sonora y esmerada presentación del DVD contribuyen a la mas calurosa recomendación. Toda la miseria humana, la fascinación por el inconsciente, la pobreza de almas y el miedo a cada paso hacen de esta gloriosa “música degenerada” como osó rotular la ignorancia nazi, un monumento a la condición humana.

Imperdible desde todo punto de vista. © 2017 Miami Clásica




Gonzalo Pérez Chamorro
Ritmo, September 2016

Wozzeck no es solo la ópera más grande del siglo XX, es una obra maestra en todos los sentidos: teatral, textual, emocional y estructural. Su atonalidad encierra la metáfora de ser una fuente expresiva constante, repleta de conmociones. La conclusión, en un emocionante y “desganado” final, huyendo de toda pompa sonora que podría incitar al aplauso fácil, provoca emociones internas que no invitan a aplaudir; el espectador está roto. “Dein Mutter ist tot!”, le dicen los niños al ignorante huérfano que juega despreocupado con su caballito (“hop, hop!”), un niño que es hijo del sufrimiento y la violencia, una marioneta, como lo plantea Andreas Homoki en esta representación de septiembre de 2015 en la Opernhaus de Zurich.

En realidad, todos son títeres sobre un escenario que hace de teatro de marionetas en diferentes niveles, acentuando el enfoque cómico y grotesco de las situaciones. Podríamos pensar que Wozzeck es un demente, pero es el más sensato de la locura que le rodea, personificada especialmente en ese extravagante grupito formado por el Capitán, el Doctor y el Tambor Mayor, a cual más delirante y desequilibrado, aportando cada uno la dosis de locura que se va apoderando poco a poco del frágil Wozzeck. Marie, insatisfecha e igualmente débil, es la chispa que hace saltar todo por los aires; es la prisión que encierra a Wozzeck y las situaciones que vive las que determinan sus acciones. Es así como Homoki enfoca su Wozzeck, exagerando los aspectos grotescos, desde el “circo” teatral a modo de marionetas, al maquillaje, decorados y vestuario (visionario en vestir de manera idéntica a Wozzeck y a su hijo).

No se prodiga el sensacional barítono Christian Gerhaher por los teatros de ópera, es cantante íntimo del mundo del Lied, que se aprecia en cada frase de su natural encarnación de Wozzeck, de gran pureza y elegancia, sin estridencias y teatralidad de más. Navaja en mano enfría la sangre, no se le puede pedir más… Marie es Gun-Brit Barkmin, soprano nacida para estos personajes, donde cantar es un grito de un alma errante. Para una puesta en escena como esta, intérpretes tan comprometidos como Barkmin, Jovanovich (Tambor Mayor), Ablinger-Sperrhacke (Capitán) o Woldt (Doctor) son esenciales.

Este ha sido el primer Wozzeck en la carrera del gran director que es Fabio Luisi, tras estudiar la partitura durante dos años. La Philharmonia Zürich, sin ser una orquesta de primer nivel, funciona muy bien, se adecúa a la visión postromántica y menos expresionista que entiende Luisi que es Wozzeck, un producto de la decadencia que se vio sumida Europa en la Primera Guerra Mundial. El poderoso clímax orquestal antes del final (donde, con acierto, Homoki cierra todos los niveles y repisas por donde aparecían los personajes, dejando vacío el escenario y concediendo entonces la importancia solo a la grandiosa música), muy bien preparado, nos recuerda aquel que Sinopoli grabó dentro de la Suite de la ópera… Qué habría surgido si el malogrado maestro hubiera llevado Wozzeck a escena… Fabio Luisi sigue esa estela, que no es poco… © 2016 Ritmo





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