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Sebastian Spreng
El Nuevo Herald, December 2016

Parsifal no es una ópera, es una experiencia, debe serlo, de otro modo no vale la pena. Una experiencia donde incluso el público trabaja con los intérpretes. Aunados en la música. Y en la musicalmente soberbia flamante versión de Parsifal en DVD de la Opera Estatal de Berlín, el más impactante momento es extramusical. Es en el tercer acto cuando Kundry, mujer fatal, eterna pecadora, la que osó burlarse de Cristo en la cruz, Herodias, Gundryggia, en definitiva María Magdalena, llora abrazada a Parsifal. Es una escena imborrable, su expiación es la nuestra, la de una pobre humanidad. Anja Kampe en un Parsifal que conmueve como pocas veces gracias a un trabajo de Barenboim y Tcherniakov que va más allá, si sobrecogedor también emociona a flor de piel, deja al espectador drenado y sin embargo, en paz. El aplauso está de más, tal como quería Wagner, pero la ovación premia a un elenco, coro, orquesta y director que se superan a sí mismos, diríase, en estado de gracia.

La Staatskapelle berlinesa suena aún mejor que en la anterior filmación con Barenboim, ni hablar del coro: magistral. La Berlín Staatskapelle se da el lujo de sonar “como en Bayreuth”, tal es la profundidad y transparencia, vibrante, carnal, monolítica que le imprime Barenboim en este festival sagrado donde provoca comparaciones con los legendarios Furtwängler y Knappertsbusch. El discurso musical fluye con naturalidad soberana, los insondable estratos sonoros se aprecian clarísimos, el fraseo sublime, el tiempo parece no transcurrir, señala la elusiva, exacta utopía wagneriana.

En ese océano sonoro las voces navegan sin esfuerzo con una rara cualidad belcantista: no puede haber mejor elogio. Esto se aprecia en el monumental Gurnemanz de René Pape que ejemplifica el “recitar cantando”, intención original del género lírico. Asimismo deslumbra el Parsifal de Andreas Schäger, es una voz bellísima, luminosa, que perfora la oscuridad de la obra, espontáneo y musical, este joven Windgassen o Jerusalem brinda un renovado aire a las huestes wagnerianas. En ese altísimo nivel se ubica la Kundry de Anja Kampe. Sin la sensualidad de una mezzo como Waltraud Meier, Kundry definitiva como fueron Crespin y Mödl, la soprano construye una criatura diferente que sabe conquistar. Su voz responde perfecta a la tesitura del personaje, no hay esfuerzo. Sin equipararse a Peter Mattei (en el DVD del Met), el Amfortas de Wolfgang Koch es sobresaliente asi como el Titurel de Matthias Hölle y el justamente repulsivo Klingsor de Tómas Tómasson.

Es tarea del niño terrible Tcherniakov el hacer oscilar peligrosamente la balanza de este Parsifal que sería perfecto. Su trabajo es controvertido, polémico, como siempre para infartar a puristas. No obstante, esta suerte de Peter Sellars ruso se sale con la suya al quitarle magia y misticismo a la mas sagrada composición wagneriana. Tcherniakov la humaniza a un grado ante el que es difícil no rendirse. El cripticismo wagneriano y sus laberintos pueden hartar o dejar de interesar, el ruso se aboca a desnudar la obra.

La acción podría ser un Monsalvat de Andrei Rublev después de una guerra, la tercera, un refugio pobremente iluminado, hace frío, el invierno nuclear. No hay cisne y Gurnemanz hace su relato con un improvisado proyector de diapositivas con imágenes del estreno en Bayreuth. El público ve la horrenda herida de Amfortas como nunca antes. Las doncellas flores son hijas de un profesor pedófilo, quizás Kundry sea la mayor o su mujer. La narración de Kundry es mimada por actores. Los caballeros son sobrevivientes esperpénticos. En el final, Tcherniakov da una vuelta de tuerca insólita, hay que reconocer que funciona. Puede desatar la ira de los tradicionalistas pero el efecto es brutal. La toma de sonido en el Teatro Schiller berlinés es óptima y la dirección de Andy Summer impecable.

Si con Kupfer (y Meier), Barenboim brindaba el mejor Parsifal filmado (1993), y sin olvidar la notable versión metropolitana con Luisi (y Kaufmann), amén de las audacias e irregularidades de una puesta inteligente que puede contrariar, jamás dejar indiferente, se está frente a una lectura imprescindible por sus méritos musicales que conjugados con el escénico resulta en una versión que hará historia, impredecible y aterradora como los tiempos que corren. © 2016 El Nuevo Herald





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