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Javier Extremera
Ritmo, June 2017

Hubo un tiempo en la antigua Unión Soviética que el Arte, en cualquiera de sus manifestaciones, podía llevarle a uno a la cárcel o ponerle incluso delante de un pelotón de fusilamiento. Aunque a priori el ballet no sea el medio más eficaz para condenar regímenes políticos, existió una persona que cuestionó (ante aquellos que aún les quedaban ojos para ver) el régimen totalitarista que lo amordazaba, a base de pasos y piruetas. El coreógrafo Yuri Grigorovich es una leyenda viva. Un evangelista de la danza moderna. Hoy sigue respirando, pues en enero cumplió 90 años, de ahí que esta absorbente, sólida y conmovedora “Yuri Grigorovich: The Golden Age” posea el aliento mordaz y admirativo de lo testamentario (sin subtitulado patrio). Un majestuoso documento condenado a perdurar por los siglos de los siglos, ya que si dentro de mil años alguien decide indagar sobre quiénes fueron realmente los padres de este levitado Arte, que tanto se ríe de la ley de la gravedad, su nombre volverá a salir irremediablemente a la primera línea de fuego. Sus treinta y un años al frente del Bolshoi así lo atestiguaran, en una época dura y siniestra, en la que un ballet no solo era un ballet.

Lo mejor de este notabilísimo documental es la riqueza y abundancia del material gráfico y cinematográfico de las obras mostradas. Así como el poder contar generosamente con el testimonio irremplazable del retratado, que narra en primera persona ante la cámara (convertida en particular confesionario) como fueron esos convulsos, pero gloriosos años creativos en donde cada noche podía ser la última. Su envidiable memoria se desborda a la hora de rememorar unos tiempos sombríos y aterradores, de ahí que sus bufidos tengan la fuerza de las confesiones íntimas y secretas. Su negativa a afiliarse al partido comunista demuestra que su talento era real y auténtico, nunca falseado por un trozo de papel con una hoz y un martillo. Narrado en tercera persona, el filme quiere homenajear al artista por medio de una imaginaria carta de agradecimiento por los servicios prestados, echando mano de una voz en off, que otorga a la narración de aires casi novelescos. Tanto, que a veces parece que se estén refiriendo a algún personaje del universo dostoievskiano.

Estructurada en cuatro grandes bloques argumentales (Leningrado, Spartacus, El Zar y La edad de oro), el documental hace un barrido temporal (con el flash-back como herramienta primordial) por su carrera profesional. Su talento germinó en la Leningrado estalinista, bajo el paraguas del Teatro Mariinsky, donde llega a convertirse en el primer bailarín de la compañía. Para el Comunismo el ballet (donde primaba la pantomima y la gimnástica) debía beber exclusivamente de las fuentes tradicionales del folclore popular. Grigorovich, como buen autodidacta, hará pedazos esa ley bozal para desparramar sobre el escenario una sediciosa manera de entender la danza clásica, hasta entonces jamás divisada o permitida. Allí debutará como coreógrafo con el último de los ballets de Prokofiev: La flor de piedra. “Expresarlo todo con el cuerpo y no con la cara”, le ordena a un bailarín durante uno de los numerosos ensayos que se cuelan por las rendijas del relato.

La edad de oro

El octogenario compositor Arif Melikov, rememora sentado a su piano el día que se presentó en el Kirov con la partitura de Leyenda de amor (su obra más popular). Su única condición para que el estreno tuviera lugar allí, era que la coreografía viniera firmada por el joven prodigio. El azerbaiyano confiesa que su carácter autoritario le hacía supervisar la luz, el vestuario, los decorados e incluso reescribirle su propia partitura. La coreografía de los dúos amorosos por fin conseguía romper las cadenas formales de la tradición, pues en su esencia, asegura, eran puros actos de amor. En la URSS jamás antes se había visto sobre un escenario la frustración, el éxtasis, el erotismo, la desesperación y las pasiones devoradoras. El tremendo éxito consiguió que sus huesos no terminaran en algún rincón de Siberia. Triunfo que finalmente le llevará en volandas (ya en la era Jruschov) hasta el colosal templo del Bolshoi (entonces con 200 bailarines en plantilla), donde llegará con apenas 37 años y cuyo bastón de mando ostentará durante algo más de tres décadas. Allí también conocerá a la que será su esposa, la bailarina Natalia Bessmertnova.

La bella durmiente, con la mítica Maya Plisetskaya, fue su carta de presentación ante el público moscovita. Mención aparte merece el capítulo dedicado al Espartaco de Khachaturian, otro de sus incontestables triunfos (1968), donde el esclavo libertador adquiría halos metafóricos, mientras los tanques rojos tomaban Praga. El lago de los cisnes (se atrevió a cambiarle el final) o la versión danzada de la obra maestra de Eisenstein, Iván el terrible (banda sonora de Prokofiev), fueron otros de los grandes títulos anexionados a su áureo currículo artístico.

Cuando ya en los setenta el sistema Comunista palidecía, presenta junto a Shostakovich otro de sus magnos legados: La edad de oro. Una partitura repleta de ironía y sarcasmo, reflejo de los tiempos que se avecinaban. La propaganda, las listas negras, los exilios durante las giras por el extranjero, la férrea diplomacia soviética y finalmente la llegada de la perestroika que terminaría por dilapidar el imperio, se funde a la perfección en este apasionante relato, sobre una época que definitivamente echaría su telón con la caída del muro berlinés. El Bolshoi jamás volvería a ser lo que fue. Una hermosa rosa en medio de un custodiado campo de zarzas. Una luz tan cegadora que ansiaba esconder sus miserables sombras. © 2017 Ritmo





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