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Fernando Fraga
El arte de la fuga, March 2015

En la Vlaamse Opera de Amberes (y Gante) ocupa Rossini últimamente un destacado lugar, como si se quisiera subsanar una ausencia antaño inexplicablemente pertinaz. Y el encargado de mantener esa atención es no otro que Alberto Zedda, quien ha dirigido las obras del pesarense allá programadas. Inteligente elección, sin duda. El veterano pero incansable director es una garantía de calidad y estilo cuando se enfrenta a una partitura del autor del Barbero. Como antes con Cenerentola y más tarde con el Viaggio a Reims, Zedda dio otra vez una lección de clase con una Semiramide de 2011 que ahora Dynamic ofrece en imágenes, tras haberla distribuido previamente en disco compacto. Una ejecución completa (bordea las cuatro horas de duración) de la inmensa partitura, que el maestro milanés desgrana con una fluidez y una perfecta organización de los diversos momentos de la obra, con la esperada y forzosa comunicación entre foso y escena que es norma implacable en este tipo de repertorio. Además sabe dar a los cantantes, de orígenes estéticos y repertorios distintos, algo tentados a hacer un Rossini cercano a la expresividad romántica, la uniformidad necesaria.

Sobre el escenario, el británico Nigel Lowery sitúa la acción en nuestros días, pese a que Arbace se pase el primer acto con unos ropajes que aluden a periodos pretéritos, en contraste con el resto de sus compañeros. La escena refleja una Babilonia más bien ruinosa, con un batiburrillo de objetos que parecen elegidos al azar en los almacenes de un teatro, dando mucha importancia a un montón de cajas de cartón que van ocupando la escena en diferentes posiciones y construcciones, quizá con un sentido simbólico que escapa a quien esto comenta. Los cantantes están manejados con atención a su psicología y aclarando sus motivaciones o reacciones; a veces con excesiva precisión, lo que lleva al regista a deslizarse por detalles de discutible gusto, dada su maniática intención de evitar estatismos. Van dos: el coro y el solista bailando durante la segunda aria del tenor; algunos gestos marcados a Oroe acercándole al Peter Lorre cual vampiro en Düsseldorf para Fritz Lang, máxime cuando el cantante físicamente recuerda bastante al genial actor. Otros dos a favor: el clima conseguido en el dúo entre Semiramide y Assur, y lo bien que mueve al coro aquí tan decisivo en la acción. Con todo, estamos ante una plasmación escénica que no molesta y permite al espectador centrarse sin contratiempos en la música y el canto.

Myrtò Papatanasiu, Semiramide toxicómana para gusto de Lowery, es cantante que aquilata cierta experiencia rossiniana, permitiéndole definir un personaje vocalmente notable. Supera todas las trampas de su parte con total seguridad, enriquecida con un recitato muy comunicativo y aportando con un físico y una figura envidiables mucho juego escénico. No cuenta con tan aparatosa figura Ann Hallenberg, mezzosoprano de orígenes fundamentalmente haendelianos, por lo que cuenta ya con un bagaje bien cualificado para enfrentarse con la música del de Pesaro. Vocalmente no es una contralto in travesti a la manera de Marilyn Horne o Ewa Podles, pero su Arsace puede ser considerado, junto al de Daniela Barcellona, como uno de los mejores de la actualidad.

Al austriaco Josef Wagner es lícito asociarle a un repertorio de una versatilidad agobiante. Canta de Cavalli a Hindemith, Stravinsky y Frank Martin, pasando por Mozart y algún que otro Verdi. Aunque sería en principio preferible una voz más centrada en la cuerda de bajo (Josef es bajo-barítono) el cantante define un Assur de suficiente relieve, ayudado por una categoría actoral que asombra en su más provechosa escena, la de las alucinaciones. El Idreno del norteamericano Robert McPershon canta con refinado gusto sus dos páginas solistas; lástima que no todos los agudos le asistan con la misma facilidad que ocurre con el resto de la voz.

Los cantantes de apoyo están elegidos con tiento: el joven Igor Bakan es un notable Oroe, Julianne Gearhart y Eduardo Santamaría, Azema y Mitrane, acreditan dos presencias de auténtico lujo, así como la voz de ultratumba de Nino, servido por un gigantesco Charles Dekeyser.

Lectura, en fin, que se coloca en un lugar destacado dentro de la (escasa, todo hay que decirlo) videografía, al lado de las dos únicas existentes hoy: la del Sao Paolo con Adelaida Negri (1980) y, con mayor competencia, la del Metropolitan de 1990 con dos titanes del orbe rossiniano: Marilyn Horne y Samuel Ramey (bueno, sumemos también a June Anderson). © 2015 El arte de la fuga





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