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Fernando Fraga
El arte de la fuga, August 2015

El compositor calabrés Francesco Cilea es autor de un catálogo operístico corto pero jugoso: cinco obras, una de las cuales, Adriana Lecouvreur, permanece impertérrita en el repertorio internacional. Su tercera ópera, L’Arlesiana, está basada en la obra de Alphonse Daudet para la cual Bizet escribió una bien conocida música incidental. La partitura de Cilea, estrenada en Milán en 1897, el mismo día, 27, y el mismo mes, noviembre, en los que daba a conocer Massenet su Sapho en París, pervive especialmente gracias a una aria para tenor que desde los pioneros Tito Schipa y Galliano Masini hasta las más inmediatas lecturas de Michael Spyres, Jonas Kaufmann y Vittorio Grigolo, ha sido grabada y desde luego cantada por los tenores de cada particular generación. Es el llamado “lamento de Federico” (su protagonista) en la que muchos cantantes incluyen al final un si bemol, aunque no escrito sí de mucho aparato vocal y expresivo. Enrico Caruso, quien estrenara la ópera, no la incluyó entre sus numerosos registros discográficos, compensando esta ausencia con otro fragmento de la siguiente obra de Cilea, la citada Adriana Lecouvreur, también por él estrenada en 1902. Hazaña que agradecemos ya que al piano, avalando la lectura, contó con la presencia del propio compositor.

L’Arlesiana no disfruta del éxito otorgado a Adriana, siempre favorecida por las posibilidades que ofrece a una cantante-actriz, pero reaparece muy de vez en cuando en las programaciones teatrales, contrastando un poco con la superior atención que el disco le ha dedicado. Porque existe una media docena de ejecuciones, desde la veterana de 1951 para la RAI turinesa (con la excelsa pareja Pia Tassinari-Ferruccio Tagliavini) a la de Friburgo en 2012 con una intensa Iano Tamar y un atento Giuseppe Filianoti, tenor que demuestra mucho interés por obra y personaje, cantándolo en cuanto se le presenta la más mínima oportunidad. En esta ocasión alemana (hay disco editado por el sello CPO) se recuperó otra aria para el protagonista tenoril, sita en el acto III, Una mattina, que también se canta en la edición videográfica y discográfica que ahora incluye en su catálogo Dynamic. Se trata, además, de la primera ocasión en que esta obra es ofrecida en imágenes.

Esta captación visual se origina en una función del Teatro Pergolesi de Jesi de septiembre de 2013 que retoma una previa lectura del Festival de Wexford del otoño anterior con tres de los mismos cantantes (Vestri, Golovniv y Sicilia) presentes en esa ciudad irlandesa de inquieta actividad lírica.

La responsable de la escena, Rosetta Cucchi, es muy conocida por el público que desde hace unos años acude al Festival Rossini de Pesaro. Aparte de excelente acompañante pianística, la Cucchi ha realizado allá una amplia y diversificada tarea. Como directora de escena, además de en Wexford, ha trabajado en otros espacios sobre todo italianos, incluido el tan prestigioso de Martina Franca. En Tenerife dirigió escénicamente, nada menos, Traviata y Don Giovanni.

Cucchi ha dado a su concepto un aire onírico de fuerte contenido simbólico, con algún que otro toque psicoanalítico, sin que por ello pierda la obra su sentido ni se aleje de la época en que transcurre la acción, sobre todo en el acto primero, marcado por un meticuloso realismo. Luego se toma algunas licencias, puede que gratuitas. El oscuro y casi vacío acto segundo, siguiendo la evolución mental del atormentado Federico, transcurre (tal parece) en un hospital psiquiátrico donde la madre del protagonista se convierte en una celadora o enfermera del lugar. El tercero, en una cárcel (!), al inicio llena de mujeres dando a entender que son evocaciones mentales de la amada imposible por parte del desquiciado protagonista. Federico no muere arrojándose desde lo alto del granero, como indica el libreto y se insinúa en un importante momento de la acción, sino degollándose mientras que su doble actoral, un actor a menudo presente en la escena, se ahorca. Curiosamente, pese a estas desviaciones con respecto al original, el concepto de la Cucchi no impide el claro desarrollo de la acción, aunque el especnecesite entrar de cabeza en su peculiar y arriesgado concepto. Ello ocurre porque existe una juiciosa y bien definida dirección actoral.

El equipo vocal da la talla sin problemas evidentes. La intensa Rosa Mammai de Annunziata Vestri (estupenda en la escena final) encaja a la perfección con la nobleza y sabiduría campesinas del Baldassarre de Stefano Antonucci (papel grabado en tres ocasiones por este barítono, con Enrique Diemecke, Ferdinand Layer y Reynald Giovanninetti); el generoso, potente y atormentado Federico de Dmitry Golovniv (evita el si bemol pero es ovacionado en su popular aria) se adecúa completamente con la simpleza y dulzura de la Vivetta de Mariangela Sicilia, con la que comparte la misma y apropiada juventud. El Metifio de Valeriu Caradja cuenta con la antipatía, grosera sensualidad y rudeza propias del personaje. Y cumplen igualmente Christian Saitta como Marco, tanto como la orquesta (Filarmonica Marchigiana) y coro (el Marchigiano V. Bellini), con la flamígera y jovencísima batuta de Francesco Cilluffo que desde el foso añade un hálito verista que, a veces, parece ir más allá de lo que se plasma en el escenario. Con tanto simbolismo, llama un poco la atención que el personaje del Inocente haya sido encargado a una voz adolescente masculina, Riccardo Angelo Strano, en vez de la habitual mezzo u ocasionalmente soprano, tal como ocurrió en Wexford cuyo papel fue distribuido a la guapa Eleanor Jean Greenwood.

La partitura cileana combina sabiamente remansos líricos con partes de penetrante corte dramático. Tiene su razón de ser: en medio de la idílica región provenzal se instala repentinamente una tragedia casi griega. Un drama, amparado en el notable texto de Leopoldo Marenco, que el compositor lleva a término con una economía de medios y un instinto teatral, a más del esperado despliegue melódico, todo ello de manera sencillamente encomiable. Obra que merece mucha más atención de la que disfruta, L’Arlesiana es bastante más que una bonita, desgarrada y deslumbrante aria. © 2015 El arte de la fuga





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