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Joaquín Martín de Sagarmínaga
El arte de la fuga, January 2017

Narrada entre sombras, la historia doliente de Elisabetta d´Inghilterra y Roberto Devereux, su amante decapitado, acoge en esta producción del Teatro Carlo Felice de Génova un montaje de corte tradicional a cargo de un antiguo bajo, Alfonso Antoniozzi, apoyándose en ventanas y accesos de no excesivo lujo y en el retorno del mucho más luminoso vestuario de corazas y gorgueras canónicas en los cuellos de la nobleza varonil y de verdugados en los panderos femeninos. He aquí en cierto modo el paisaje; vayamos ahora con las figuras.

Comencemos por el director de orquesta, por ser el suyo oficio de podium. Quizá Francesco Lanzillotta sea un músico más sinfónico que propiamente teatral, pero en sus manos los cantantes están a cubierto, ya que jamás sobrepasa el volumen de sus voces. La primera en comparecer en escena es la mezzo Sonia Ganassi, una Duquesa de Nottingham notable por su emisión sabia y buen gobierno, que ha conservado el patrimonio vocal tras un cuarto de siglo de actividad continuada. Sonidos ampulosos, matizados con buen ajuste y crecidos con adecuación, su expresión tiende a los acentos lancinantes, y si en la vertiente escénica no satisface del todo, no es por talluda sino más bien por gordota, y que me perdone la oronda doña. Sin embargo, todo es tan relativo que esa emisión sana, tan homogénea en lo sustancial, parece un punto menos impecable cuando se adueña del escenario Mariella Devia, una antológica Reina Elisabetta que canta L´amor suo mi fe´beata con la voz aupada y sostenida por el fiato, escanciada con la decantación del más refinado sumiller. Una voz alta y timbrada, nítida, argentina, nacarada incluso, y sobre todo mórbida, sin la más minúscula impureza o perturbador accidente orográfico. Tan sólo en el I acto emplea menos su prístina media voz que, pongamos por caso, en la célebre Traviata de Tokyo diez años anterior.

Sorprende positivamente otro gordito simpático como el tenor rumano Stefan Pop, de material muy grato, expelido con justeza, generosidad e incluso cierto arrojo en su vistoso dúo inicial con Devia. El apellido Pop debería recordarle que sería bueno que cantara no sólo en piano, para lo que alguna vez muestra capacidad, sino que también recurriera al matiz dinámico pianissimo, evocando a aquella gran soprano eslovaca llamada Lucia Popp, con dos pes. El hecho de que en ciertos momentos la emisión esté un pelín comprimida no empaña su buen hacer global, tocado a veces incluso por la varita mágica del agudo fácil. Diverso es el caso del aceitunado Kim, cuya voz baritonal se parece algo al vino que vende Asunción: aunque a lo peor sí es un poco blanca, ni es tinta, ni tiene color. Pese a que el decoro le alcance para alguna cómoda frase, con la historia de la lírica en la mano su caso debe denunciarse como el de tantos que se dedican al canto careciendo de verdaderas facultades para ello.

Y, pese a lo arriba consignado, lo más grande estaba todavía por llegar. Incluso en términos musicales, como el lector sabe, en forma de ese impecable acto III sin baratijas, una de las más altas cumbres donizettianas en la que cada número pareciera querer sobrepujar al anterior. Antes de nada, prisionero y cariacontecido, el tenor canta un aria de acentos preverdianos, recreando de modo plausible recitativo y cavatina, y resolviendo la faena con valentía en la más tradicional cabaletta, con la guindilla picante de un agudo bravío aunque algo carente de punta. Pop recogerá luego el justo aplauso parroquiano con visibles y al parecer sinceras muestras de emoción.

Pero aún queda la Devia. La mayor Devia de la mano del Donizetti más sublime, pues tengo para mí que el Vivi, ingrato… acaso sea el mejor momento de toda la lírica donizettiana, el más elevado, el de inspiración más feliz y ocio más provechoso. Cabalga el previo recitativo sobre alientos devianos perfectos y el texto se escancia y articula con tal nitidez de dicción que hasta una secretaria elegida por su físico podría tomar dictado. Y hay quien dice todavía que esta señora no emociona, que es fría. ¡Por favor! Frío es el relente que acompaña al en ocasiones insípido canto actual. Diga usted si quiere que no es simpática, y tal vez en eso acertará. Pero afirmar que es fría… A mí me pone a menudo un nudo en la garganta, que es corbata que ya no se lleva, pese a situar la emoción en su más justo punto. Durante el aria, no obstante, había que hacer grandes esfuerzos para no morir ahogado en una de esas brazadas repentinas a que obliga la emoción, sobre todo cuando ataca la frase In eterno suspirar y, en medio de un silencio sepulcral, remata un par de sílabas con un pirulo canoro o, por decirlo en lenguaje más técnico, una cresta o una corona. Es entonces cuando descubrimos que era la propia perfección, y no otra cosa, lo que nos arrastraba hasta el epicentro mismo de la emotividad.

Tras una cabaletta temible—y bellísima-, a punto de cumplir los 68 años la soprano emite un Mi bemol sobreagudo, nota esta que engancha no impoluta pero sí con gran mérito, aun siendo tal sonido ya casi lo de menos, y el teatro genovés se viene abajo hasta quedar reducido a escombros metafóricos, pues esta señora es de los pocos artistas que convierte hoy a su paso los teatros en solares. Un día lejano la aplaudí en este mismo Carlo Felice, como esclava Liù, y ahora, junto a toda esa gente de la filmación, con una sonrisa de magnífica bobería en el rostro, me descubro a mí mismo aplaudiendo a un DVD, cosa que nunca antes me había sucedido. Después, fundo en negro y me voy a dormir, que es el mayor fundido que hay en vida, y además estoy fundido. © 2017 El arte de la fuga





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