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Gonzalo PĂ©rez Chamorro
Ritmo, July 2014

La televisión, como un su día la radio, fueron los principales difusores públicos de música en Estados Unidos. Placer que podían compartir los ricos y los menos ricos, las emisiones en directo de los conciertos de las principales orquestas americanas se convirtieron en líderes de audiencias. Mientras se servía la cena, el fatigado vendedor de seguros que regresaba a casa encendía su aparato para escuchar una Sinfonía de Mendelssohn relajado, saboreando un merecido combinado. Una de esas emisiones podría ser de la Boston Symphony (BSO) dirigida por Charles Munch.

Le beau Charles, como fue conocido Charles Munch (1891- 1968) en Boston, especialmente por su distinguida vestimenta, elegante porte y dorado cabello, dirigió a la orquesta de Massachusett entre 1949-1962, sucediendo a Serge Koussevitzky y siendo sucedido, a su vez, por Erich Leinsdorf. Durante esos años Munch realizó sensacionales grabaciones discográfi cas para RCA, algunas de ellas con los repertorios que más amaba y en los que se sentía como en casa (especialmente la música francesa, pero no toda). Recordamos sus Ravel, Debussy, Roussel, Saint-Saëns o Franck, aunque también su Berlioz, del que RCA editó hace bastantes años una caja en la que le dejaba en evidencia su fama en el compositor de la Fantástica. En otras palabras, tal vez su nacionalidad francesa le aseguraba el beneplácito de la crítica y el público con la música de sus compatriotas, pero no siempre fue así (ese Berlioz lo atestigua).

Las emisiones televisivas (imaginamos que se emitirían igualmente por la radio), que supusieron un boom al sumar las imágenes al audio, comenzaron en Boston en la televisión pública (WGBH) en 1955 y se prolongaron a 1979, teniendo, además de Munch, a directores como Leinsdorf, William Steinberg y Seiji Ozawa. Estas emisiones se han conservado en parte, siendo algunas de ellas publicadas por primera vez en esta caja, con un más que bueno trato en el sonido y en la imagen.

Blanco y negro

Como es lógico, todas las grabaciones son en blanco y negro y el audio es mono, pero está muy bien tratado. Es recomendable para los equipos de más de dos canales de audio reproducir en un 2.0, para evitar distorsiones. Curiosamente no hay música francesa (no sabemos si intencionadamente, para evitar los clichés que se han asociado a directores como Munch o Monteux) y en su lugar hay verdaderas rarezas como una Séptima de Bruckner, muy ausente en los programas del francés (jamás llegó a realizar grabación alguna del austriaco). Conviene destacar un aspecto fundamental de estos registros. Son grabaciones “mutiladas” en las franjas sonoras, no tienen el relieve y la profundidad espacial de una grabación en estéreo o digital de las grabaciones recientes. Esto provoca que haya pocos armónicos y se cree una sensación de pobreza sonora que solo se produce en la reproducción, ya que en su momento sonaba y sonó como cualquiera de las mejores interpretaciones de hoy.

Así, este Bruckner es equivocado en los tempi (muy ágiles), con cierta propensión a la brutalidad (coda del Allegro inicial), convirtiendo el Adagio en un combate, en lugar del éxtasis espiritual que desprende. Haydn (Sinfonía n. 98, que nunca grabó en audio), en cambio, es una gozada, otorgando un cierto aire marcial al discurso, destacando los movimientos centrales.

El arreglo de Sir Hamilton Harty a la Música Acuática de Haendel fue muy popular en su momento, hoy casi sería un sacrilegio llevarlo a una orquesta sinfónica. Pero Munch, con unos solistas maravillosos (vaya trompas), se recrea en las melodías y, aunque hayan pasado los años en su contra, se disfruta mucho. Los Mozart (Sinfonías ns. 36 y 38) no son trascendentales, densos y ensoñadores, más bien es un Mozart fl uido, pero sin caer en la banalidad. Da la sensación que el mismo Munch, preocupado en que su fl equillo no le tape la cara, dejaba maniobrar a sus solistas con mucha soltura, en especial a la excepcional fl autista Doriot Anthony Dwyer.

De lo mejor de la caja es la selección de Las criaturas de Prometeo de Beethoven, una interpretación admirable, de una ligereza y transparencia muy elegantes. El Adagio es una joya, mostrando la brutal calidad de la BSO. Munch nunca llegó a completar una grabación del ciclo de Sinfonías de Beethoven, le faltó la Segunda. Con la BSO grabó las ns. 1, 3, 5, 6, 7 y 9. Esta Cuarta es la primera que se escucha con Boston y Munch, y es una joya, en su estricta concepción clásica. Destacan los dos primeros movimientos, controlados absolutamente desde el podio. La Quinta, muy canónica, tiene en el segundo movimiento el punto central interpretativo.

Mendelssohn siempre fi guró como pilar del repertorio de Munch. Esta Escocesa tiene su mejor momento en la espectacular transición entre el Allegro vivacissimo y el Allegro maestoso fi nal, de una densa creación. La Cuarta, la que tal vez tenga la peor calidad audiovisual, se disfruta, pero el fi nale Saltarello es un mero ejercicio rítmico de primer orden. El bonus, una Música fúnebre masónica de Mozart sobre un manto excesivamente romántico.

Schumann fue probablemente quien mejor se ajustó al carácter de Munch. La Obertura Genoveva es una referencia absoluta, recuerda a la Fausto de Liszt. Tanto la Segunda Sinfonía, de una aridez muy válida (el Adagio es un punto fuerte, no especialmente concentrado), como la Obertura son interpretaciones de primera. Otra cosa es Schubert (Sinfonía n. 5), que parece dirigido mientras se pasea por un campo de fl orecillas dando pequeños saltitos (no ha sido el primero y no será el último director en “hacer” así esta música).

Estos protocolarios conciertos bostonianos eran lo que querían ser, el mayor refl ejo posible de la mejor tradición europea. Hoy las cosas son bien distintas. © 2014 Ritmo





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