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Gonzalo Pérez Chamorro
Ritmo, July 2014

RIMSKY-KORSAKOV, N.A.: Legend of the Invisible City of Kitezh (The) (DNO, 2012) (NTSC) OA1089D

MUSSORGSKY: Boris Godunov. Tsymbalyuk, Siegel, Eiche, Kotscherga, etc.
Bayerischer Staatsoper / Kent Nagano
Escena: Calixto Bieito
BelAir BAC102

Tanto Boris como Kitege son dos obras capitales de la ópera rusa, pero la primera lo es de la ópera universal, más que la segunda, todavía “recluida” en el entorno eslavo, aunque se le reconozca su grandeza y comience a moverse en teatros europeos con mayor frecuencia (recientemente en el Liceu). Pero es Boris el titán de los títulos operísticos, subida a escena por Calixto Bieito en un buen montaje al estilo Kupfer, donde los líderes europeos se ven retratados como responsables de la decadencia de occidente, que repercute en el triste destino de Rusia, que, simplifi cando mucho, es el asunto esencial de Boris.

Esperaba más de Nagano, mucho más, su dirección musical alcanza muy buenas dosis de lirismo, pero la intensidad emocional de la salvaje escritura de Mussorgsky apenas levanta el vuelo, se queda en una buena paleta orquestal repleta de colores que no transmite el violento mensaje sonoro. Incluso desconcierta que, con la idea de Bieito, Nagano no fusione el mismo mensaje de furia que se ve en el escenario, con las prácticas habituales (esta vez con sentido) del catalán: alcohol, violencia y mierda (literalmente, al Idiota le vierten un cubo por la cabeza). Reparto bueno, con un Alexander Tsymbalyuk que da una talla sobresaliente, muy buen cantante, llegará a ser un gran Boris. Ahora lo es, pero el papel tiene tantos matices introspectivos, que su misma carrera le llevará a ellos. Resto, muy certeros, a destacar el conspirador de Siegel. Por tanto, un Boris más de Bieito que de Nagano.

A Kitege la llaman el Parsifal ruso, comparación que podría venir por la duración, ya que nada, ni el mismo Wagner, podría compararse con su drama sacro. La escritura de Rimsky evolucionó hacia un estado muy espiritual, alcanzando una línea melódica-rítmica continua, que necesita de un director que no dormite entre tanta espiritualidad. Albrecht lo es, entiende con cuerpo las texturas, diseña muy bien las transiciones (mejor que aquel bárbaro Gergiev) y la orquesta le responde más que bien (se adivinan muchos ensayos). La protagonista es una deliciosa Svetlana Ignatovich, que encarna la dulzura de su personaje con una dignidad sobresaliente y canta del mismo modo. Una cantante a seguir. El resto son los habituales cantantes rusos muy especializados, que garantizan el estilo y el dominio del idioma. Muy bien el Coro, cuya pronunciación rusa han estudiado profundamente. Y Tcherniakov, pues bien, pero domesticar a la fi era le quita su verdadera naturaleza, además de encontrarnos con caprichos propios de su estilo. Es curioso, pero se ha alabado esta escena por dejar de ser Tcherniakov. Qué cosas… © 2014 Ritmo



Segun Sebastian Spreng
Miami Clásica, March 2014

Después de lo que pasó en la Tierra, nada volverá a ser igual…ahora se vive sólo a la espera del inevitable final. Con esta sentencia Dmitri Tcherniakov resume su visión de La leyenda de la ciudad invisible de Kitezh, obra maestra de Rimsky-Korsakov lamentablemente poco conocida en Occidente—tuvo gran éxito en la década del veinte en el Liceo barcelonés y en el Teatro Colón de Buenos Aires—y que llega en DVD en la producción conjunta de las óperas de la Scala, el Liceo y Amsterdam donde se origina la grabación.

A menudo llamada el Parsifal ruso, amén de un lirismo desbordante la ópera posee todos los elementos para un cóctel folklórico, metafísico y exótico indigestante, difícil de asimilar. En su favor, el impredecible Tcherniakov—cuyos Onegin, Macbeth, Wozzeck y Traviata en la Scala han causado justificada polémica cuando no rechazo—presenta una perspectiva decantada que permite una fácil comprensión. En lugar de la combinación de dos cuentos medievales rusos y el misticismo rampante, el enfant-terrible moscovita se concentra en mostrar en cada acto una historia colectiva completamente diferente, la supervivencia de un grupo humano, de un sector de la sociedad, estratos antagónicos, mundos mas que individuos “viviendo la vida justo antes de la muerte” y la consecuente angustia generada por la falta de tiempo restante y por aquello que perdurará. Una lectura tan radical no es la mejor manera de conocer esta ópera—y todas las óperas—pero no puede negársele el certero impacto que provoca.

Así, la leyenda de la ciudad que gracias al deseo de Fevronia—la inocente campesina protagónica—se hizo invisible para librarse de la invasión de los tártaros, evidencia su aspiración de alegoría universal alejándose del espíritu nacionalista del grupo de los cinco. Una partitura colorida como corresponde al compositor, wagneriana en su amplitud y ambición, plena de elementos orientales y rica en todo sentido. En su escenario moderno y a la vez atemporal, Tcherniakov firma también la escenografía y vestuario, otra vez su cara y contracara de interiores versus exteriores atrevidos escénicamente e innegablemente bellos al igual que en su reciente Príncipe Igor en el Metropolitan neoyorquino. Por otra parte, los cambios o alteraciones que realiza son brutales pero efectivos aunque, como le suele suceder, es en los detalles gratuitos donde borra con el codo lo escrito con la mano; por momentos su estética no deja de evocar al temprano Peter Sellars.

Svetlana Ignatovich compone y canta una memorable Fevronia. Maxim Aksenov y Alexey Markov como los príncipes Vsevolod y Fyodor son otros dos puntales de la versión asi como la presencia de Vladimir Vaneev y los veteranos Gennady Bezzubenkov y Vladimir Ognovenko sin poder dejar de mencionar la alucinada Mayram Sokolova. Capítulo aparte para el coro de la ópera de Amsterdam que no sólo canta sino que actúa con una precisión y desenvoltura ejemplares, otro punto a favor de Tcherniakov y su director Martin Wright.

En el podio, Marc Albrecht aviva a la Netherlands Philharmonic Orchestra con las bellísimas melodías de Rimsky revelando una obra exquisita, épica, con todos los elementos para reincorporarla al repertorio internacional. Es una obra que cambia los preconceptos del Rimsky mas trillado, superior al de El gallo de oro y Sadko, que lo rescata para esta época y que gracias al intrépido director se hace visible ante nuestros ojos. © 2014 Miami Clásica





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