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Sebastian Spreng
El Nuevo Herald, October 2013

Después de la avalancha Wagner-Mahler parecería que poco queda por decir en esas densas latitudes musicales. Las celebraciones que se ocuparon de ambos en los dos últimos años se constató en una cantidad exorbitante de grabaciones y el aficionado no puede más que agradecer ante tanto y tan bueno. Y sin embargo, hay más.

Si las ansias posrománticas no lo han llevado a una justificada indigestión, todavía hay lugar para otro banquete, menos promocionado y que puede servir de postre o incluso como aperitivo para otro festín en ciernes. Sin prisa, a la sombra de Wagner y Mahler, esperan Anton Bruckner y Hugo Wolf, colosos y antípodas en el intimismo y la grandiosidad cuyo punto de encuentro es la austeridad más recoleta y alguna que otra obsesión, cuando no locura.

Y si ya es tiempo de Bruckner y Wolf, también lo es de Christian Thielemann en Dresden, flamante nuevo director de la legendaria Staatskapelle, bastión ineludible no solo de Wagner, Mahler y Strauss sino también de Bruckner. El presente DVD que muestra la asunción oficial del gran director alemán al frente de la venerada orquesta es ideal vehículo para familiarizarse con la obra acaso algo postergada de estos dos compositores.

El concierto en la acústica perfecta de la Semperoper—la soberbia casa de ópera diseñada por el arquitecto homónimo en 1841 que fuera inmaculadamente reconstruida después del bombardeo de 1945—se inicia con cinco canciones de Hugo Wolf en versiones orquestales del compositor, Josef Marx y Günther Raphael en la voz de Renée Fleming. El miniaturista Wolf, especializado en joyas por lo general brevísimas, alcanza aquí otra dimensión y la suntuosidad tonal de la soprano americana le va como un guante. Aun la soprano straussiana por excelencia de esta época, Fleming cumple con su habitual despliegue, un único reparo es la dicción velada y la ausencia de subtítulos es una imperdonable falla de la edición especialmente en la maravillosa Mignon, una de las cumbres de la literatura liederística, una verdadera miniópera que Elisabeth Schwarzkopf supo hacer suya. A la superlativa lectura de Fleming le sucede Befreit (Liberada) de Strauss, exquisito bis de la cantante, eterno favorito donde la voz flota por sobre la orquesta mágica y triunfal.

La séptima sinfonía de Bruckner se estrenó en 1884 en la rival Leipzig por Arthur Nikisch y la orquesta del Gewandhaus, clásica rival de la Staatskapelle. Pronto Dresden fue piedra fundamental de la difusión de la obra bruckneriana, incorporándolo como hijo dilecto junto a Wagner y Strauss. Tradición que fue tarea y legado de paladines como Karl Böhm (para quien la Séptima era la máxima composición de la música toda), Herbert Blomstedt y Eugen Jochum, que imbuido de la más natural afinidad con el compositor grabó en la década de 1970 la integridad de sus nueve sinfonías con esta orquesta. Sin olvidar al lamentado Sinopoli, ni a Chailly, Giulini o Haitink, Thielemann recoge el guante con una elegancia y severidad proverbial. Mas cercano a la sedosa luminosidad de Karajan, lejos de la abstracción del polémico Celibidache (su versión es referente inamovible) y el wagnerismo de Furtwängler que veía en la mística sencillez de Bruckner el germanismo absoluto.

La Séptima en la edición de Robert Haas por un Thielemann magnético y relajado se halla en un afortunado cruce de caminos, es su propio amanecer en Dresden y lo proyecta en la escala cósmica de la obra, atando cabos con mínimos toques, desplegando la paleta que va de Bach a Wagner, solemne y transparente. La orquesta aporta su clásico, distintivo color mate, clarísimo y pulido, todo conduce a la majestuosa sonoridad del órgano. Intenso, riguroso, moderno en el uso de texturas en las que Haydn parece asomar, equilibrado, hacia una emotividad distante, Thielemann reconfirma su estatura.

Desde la capital de Sajonia una velada de felices paralelismos, de otoñal romanticismo capaz de encender el apetito por visitar una y otra vez un legado singular de la mano de una orquesta incomparable y de un director a su medida (OPUS ARTE VD OA 1115D). © 2013 El Nuevo Herald




Gonzalo PĂ©rez Chamorro
Ritmo, September 2013

Justo hace un ano, el 1 de septiembre de 2012, Thielemann dirigia este concierto con Wagner en el punto de mira. Como tal, el concierto era una prolongacion, una segunda parte, del ofrecido tambien con Renee Fleming y la Filarmonica de Viena con obras de Richard Strauss en el Festival de Salzburgo de 2011 (Opus Arte, OA1069D). Para mantener a Fleming en el cartel, que siempre vende, en esta ocasion escogieron seis lieder (orquestados) de Hugo Wolf para “acompanar” a la Séptima de Bruckner, musica que llora la muerte de Wagner y que desarrolla un concepto que parte desde Parsifal, pero en este caso sin muchachas flor y sin erotismos; Bruckner desarrolla una musica bellisima, de armonias parsifalianas, pero recatadamente vestida. Por ese motivo, con Wagner presente y avisando de su arrolladora llegada en 2013, Thielemann, que entiende Parsifal como solo se me ocurre otro director en activo, y que entiende a Bruckner como pocos (“Me decante por Wagner y por Bruckner; y lo volveria a hacer una y otra vez”), parecia el director perfecto para entenderse con la maravillosa Staatskapelle Dresden, orquesta de lujurioso sonido alla donde los haya, de otonales sonoridades y colores, como ya demostro el gran Sinopoli (DG) en su grabacion de esta, quiza la mas bella de las Sinfonias de Anton Bruckner.

La calidad de imagen y sonido es de primera (si se dispone de DTS la Staatskapelle se planta frente al oyente con una nitidez asombrosa), aunque no se disponen de subtitulos para los lieder, de los que si vienen sus textos en el “booklet” interior. No se ha desplegado en exceso Fleming en la obra de Wolf, que le sienta casi tan bien como la de Strauss (Thielemann y la soprano americana se conocen muy bien, especialmente con Strauss de fondo), al que aporta una linea de canto repleta de sensualidad, divino legato y excelsa suntuosidad. Las orquestaciones de Joseph Marx (Verbongenheit hollywoodiense), Gunther Raphael (Elfenlied) y Wolf (resto) son entendidas por Thielemann desde la prudencia, hasta llegar al excelso Mignon (tambien se lo conoce por Kennst du das Land?), con una maravillosa Fleming en cada estrofa (“Kennst du das Land/Haus/Berg”), logrando ambos una interpretacion realmente sublime (una lastima que Meier y Barenboim no lo grabaran en su dia para Erato, ya que la de Banse con Nagano en HM, muy buena, no consigue el extasis de Fleming), llegando a parecer una especie de “quinto” de los Cuatro últimos Lieder de Strauss. Si los tres primeros lieder (Verbongenheit, Er ist’s, Elfenlied) son casi mas textuales (Elfen es casi por completo silabico), el cuarto (Anakreons Grab), prepara el camino a Mignon, desplegando una belleza absoluta en cada una de sus frases. Como regalo, de nuevo el habitual y maravilloso Befreit Op. 39/4, que Fleming dejara grabado junto a Eschenbach (Decca) y en el concierto junto a Thielemann del Festival de Salzburgo.

Bruckner y Thielemann
Como nos cuenta en su reciente e imprescindible “Mi vida con Wagner” (Akal), Bruckner es esencial en la vida de Thielemann, aunque, quiza, no tanto como Wagner… La responsabilidad de Thielemann ante Bruckner es la del que se enfrenta a formas mayores, trazando interpretaciones que han desarrollado una tremenda evolucion hasta esta Séptima de 2012, llegando a estados muy “personales”, como ocurre en esta singular interpretacion. De entrada, la sonoridad de Dresde es ideal para los ensembles sonoros de metales y maderas, como lo eran tambien la Filarmonica de Viena y la de Munich, orquestas con las que Thielemann ha grabado (interpretado en el caso de Viena, que puede verse en Internet) anteriormente la Séptima y que le sirvieron de “preparacion” para este estado de comprension, que ha avanzado hacia la lentitud (una paradoja en si misma), soportando tempi lentos y paladeando la timbrica mas que la melodia, ya que el director aleman dosifica los motivos, en especial el maravilloso segundo motivo del Adagio (“con lentisima solemnidad”, escribio Bruckner).

Si hubiera un adjetivo para definir esta Séptima, seria “lirica”. Un lirismo tras un control absoluto de la situacion. Es, por consiguiente, la interpretacion mas lenta y que consecuentemente mas lirismo transmite. Esta, sea dicho, lejos de la abrumadora soledad de Celibidache (en “todas” sus versiones) y de la catarsis sonora de Barenboim, especialmente en su irrepetible (creo que es otro adjetivo ideal para esta version) interpretacion con la Filarmonica de Berlin (Teldec). © 2013 Ritmo





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