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Gonzalo Pérez Chamorro
Ritmo, January 2016

Las operas de Glass nacen con segundo apellido, vinculado siempre al director de escena. Wilson, Sellars o, en este caso, McDermott, que creó un buen espectáculo para su estreno en el Teatro Real. Todo gira en torno a Walt Disney (“Soy yo, o soy una empresa”). Como en Ciudadano Kane, el maduro Walt persigue la inmortalidad (conviene aclarar que nunca llegó a ser congelado o criogenizado) y añora sus días felices en Marceline, un idílico e improbable escenario ideado en la mente de un extraordinario empresario que nunca dejó de ser niño, aunque fuera una perla de cuidado en otros asuntos (republicano extremo, cooperador macartista, racista). Este retrato de Disney (no hay rastro del pato Donald o Mickey) se enfrenta, como un personaje dickensniano, al fantasma de Abraham Lincoln, quizá la mejor escena de la ópera, y tuvo intérpretes inmejorables: Russell Davies y el Walt de Christopher Purves. © 2016 Ritmo




Gonzalo Pérez Chamorro
Ritmo, November 2013

La ópera contemporánea tiene una curiosa particularidad, nace con un apellido más que el resto de creaciones. Creaciones que persiguen la inmortalidad, mantenerse durante décadas y décadas tan vivas como en el día de su estreno. Mientras el Wozzeck, el de Alban Berg, nació siendo en parte hijo de Büchner, y por tanto llevando legítimamente este apellido, Einstein on the Beach (1976), por poner un ejemplo muy apropiado, que es hasta ahora la más aclamada ópera de Philip Glass (Maryland, 1937), nació con el apellido “cristalino” de su creador, como por tanto del autor del texto (tres, en este caso), como ocurrió con Wozzeck. Pero hay que añadir un apellido más, y en muchos de estos casos tan lícito como los dos primeros. Se trata del autor de la puesta en escena, que para el citado Einstein on the Beach fue nada menos que Robert Wilson. Desde el mismo día de su nacimiento, estas obras tienen en el registro civil operístico los tres apellidos de música-texto-escena como uno solo, será difícil encontrar un Einstein on the Beach que no sea tan de Wilson como tan de Glass, que es lo que creemos le ocurrirá a este The Perfect American, la última ópera compuesta por Philip Glass, que ocupa el lugar vigésimo primero de su producción operística, con libreto de Rudy Wurlitzer, basado en la novela Der König von Amerika de Pavel Stephan Jungk y puesta en escena de Phelim McDermott. Estos son sus padres.

Este proyecto, absolutamente coordinado bajo el poderoso manejo de Gerard Mortier, que consiguió estrenar mundialmente en Madrid la ópera, previamente ideada para Nueva York, y presentar el libro de Jungk (Instituto Goethe), además de crear actividades paralelas con los creadores de la obra, no podía sino que terminar en un estuchito de DVD, ya que lo que tampoco se sabe es cuándo y dónde será el próximo The Perfect American en subir a escena. La grabación es tecnológicamente ideal, tanto desde el sonido, un suculento DTS que muestra la curiosa orquestación y la inacabable línea rítmica de su autor, como una muy buena imagen filmada en HD, pero que como todo espectáculo visual (podríamos poner el ejemplo la reciente y caótica La conquista de México de Rihm), la reducción al formato de la pantalla doméstica ha eliminado puntos de vista que en el teatro aportan lo que la música no es capaz de dar por sí misma.

Tanto Orquesta, Coro y el The Improbable Skills Ensemble se mueven bien en este terreno; la batuta de Dennis Russell Davies conoce esta escritura, aunque tal vez se le podría pedir que nunca decayera la tensión de la inacabable célula rítmica, especialmente en el tramo final de la ópera (uno acaba de intervalo de tercera un poco cansado), mientras que los cantantes, algunos más y algunos menos, están muy bien en los papeles poco complejos de cantar y, en todo caso, más profundos de interpretar (me quedo con la gran Marie McLaughlin, de muy buen ver, como Lilian, convenida, correcta y sumisa esposa del magnate). Ya que si algo tiene esta música, es que es el Glass menos Glass, el americano ha hecho una ópera desde el punto de vista más tradicional, nada que ver con aquel Corvo branco que pudo verse en el Real en 1998; o el Einstein, un pasatiempo audiovisual en toda regla, más que una ópera.

Marceline Ya se sabe que la trama gira en torno a Walt Disney (“Soy yo, o soy una empresa”), pero desde otro punto de vista, aunque mucho más suave y soñador que la demoledora novela de Stephan Jungk. Como en Ciudadano Kane, el ya maduro Walt, que lucha contra la muerte y que persigue la inmortalidad (este es el tema principal de la obra, aunque conviene aclarar que nunca llegó a ser congelado o criogenizado), añora su infancia, sus días felices en Marceline, un idílico e improbable escenario ideado en la mente de un extraordinario empresario que nunca dejó de ser niño, aunque fuera una perla de cuidado en otros asuntos (republicano extremo, cooperador macartista, racista). Este Disney, que se enfrenta, como un personaje dickensniano, al fantasma de Abraham Lincoln (en realidad una especie de robot autómata que él mismo quiso construir para sus parques temáticos), en la que es probablemente la mejor escena de la ópera, rememora sus actos y su imperio, pero no cesa de anhelar Marceline, casi siempre junto a Roy, un David Pittsinger que recuerda la elegancia y el conservadurismo de un Christopher Plummer. La escena de McDermott es muy jugosa y nada costosa (se ve mejor en teatro, eso está claro), con la curiosidad de que no hay ningún producto Disney en escena (ni rastro del pato Donald y Mickey).

Si Disney encontró en la cultura popular una nueva forma artística, Philip Glass, de una forma artística, ha hecho su propia cultura popular. © 2013 Ritmo





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