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Álvaro del Amo
Ritmo, May 2014

BRITTEN, B.: Rape of Lucretia (ENO, Aldeburgh Festival 2001) (NTSC) OA1123D
BRITTEN, B.: Gloriana (Royal Opera House, 2013) (NTSC) OA1124D
BRITTEN, B.: Peter Grimes (Aldeburgh Festival, 2013) (NTSC) 102179

Tal vez por la fama e importancia de los otros dos gigantes, que celebraban el doble centenario, no se ha aprovechado la efemérides, el mismo año un siglo después, para recordar a Benjamin Britten fuera de su país. Si 1813 recibía a Verdi y a Wagner, en 1913 venía al mundo el compositor inglés, tres de cuyas óperas llegan en versiones recientes y atractivas, que bien pueden recibirse como oportuno homenaje tardío.

Su obra operística responde a una rigurosa coherencia, cuya evolución, sin embargo, puede desconcertar en una visión superficial. Paul Bunyan, una opereta (o, si se prefiere, una “comedia musical”), fechada en 1941 y escrita por un músico aún treintañero, iniciaba una carrera, cuya segunda etapa sorprendió como el paso de un gigante. Peter Grimes, estrenada en 1945, merece en estricta justicia el calificativo de obra maestra, donde la contundencia de su madurez se completaba con la exposición de una temática que se prolongaría como un “acorde de fondo” hasta su despedida en Muerte en Venecia de 1974.

El mal como un componente esencial de la naturaleza. De la naturaleza apellidada humana y se diría de la Naturaleza con mayúscula, la Madre Naturaleza donde los homínidos han aterrizado, quién sabe si expulsados del Paraíso Terrenal por el mordisco a una manzana podrida por parte de unos delicados dientes femeninos o gracias a una evolución misteriosa de la especie de los primates. Porque el mal se agazapa en la mente, el pecho y las manos del marinero Peter, varón hosco y aturdido, que maltrata a muchachitos a los que necesita como grumetes de su modesta barca pesquera. Pero también el mal alienta en la hipocresía del burgo, con el amplio y variado abanico de sus gentes, desde la dama drogadicta hasta las estúpidas aprendices de prostitutas. Y también el mal se manifiesta en la dureza de una costa hostil, con un mar traidor y una playa inhóspita. Para enfrentarse a una fuerza tan poderosa y multiforme, las armas son débiles. La buena intención de una maestra, la rutina de la aldea que adormece los deseos, y un sol que, cuando asoma entre dos tormentas, parece indicar que algo parecido al Bien, o su simulacro, existe o puede existir.

En la patria chica del compositor, que nació en la localidad de Lowestoft en la región de Suffolk, se celebra un festival dedicado a él, con el nombre de la localidad costera, donde murió a los 63 años, Aldeburgh. En su playa se instaló un decorado con alusiones marineras, para representar su segunda ópera, y cuyo documento nos llega titulado Peter Grimes on Aldeburgh beach. Britten cuenta con especialistas en su música y en su plasmación teatral, que despliegan su seguridad y su pericia en la originalidad de un experimento, que la filmación recoge con fidelidad. El excelente reparto está capitaneado por Alan Oke, que comunica al protagonista tanto la violencia soterrada como la conmovedora fragilidad del marinero, y Giselle Allen, una humanísima maestra. Steuart Bedford dirige la Britten- Pears Orchestra subrayando la tensión amenazadora del drama, que cuenta, gracias al aire libre, con otro sonido añadido al de los instrumentos, el que llega del mar, con sus susurros y jadeos, y el que ofrece el viento, soplando o ululando. Una música añadida, que también afecta a los cantantes, obligados a “luchar con los elementos”. La puesta en escena de Tim Albery, otro experto, convence en la primera parte, por su incorporación de un entorno natural a la peripecia dramática, pero cuando oscurece la muy pobre iluminación de la escena sólo resultará eficaz para el público del teatro.

Tras el éxito y el esplendor de una obra de gran formato, la siguiente ópera de Britten toma el tamaño reducido de una pieza de cámara. La violación de Lucrecia nos presenta de nuevo la irrupción del Mal, que se manifiesta como la exacerbación del deseo sexual complicado con la pasión por el poder. El hombre conquista y somete, en una campaña bélica que coincide con la lubricidad masculina que se excita ante el ejemplo de la castidad. La esposa honesta representa al Bien, concretado en la virtud de la fidelidad conyugal, que expresa tanto la permanencia de un afecto como la decisión de una entrega íntima única y exclusiva. El libreto de Ronald Duncan sobre el drama de André Obey, amplía la zona de influencia de la bondad con la participación de un doble corifeo, masculino y femenino, que explica y comenta el caso desde una perspectiva cristiana; así, la excelsitud de la noble dama romana no sólo se ilumina con la templanza heroica de un estoicismo clásico, sino con el cálido y emocionado resplandor que brota de las figuras de Cristo, e incluso de la Virgen María.

La producción de David Mc-Vicar, de una intensa sobriedad, sitúa a ambos corifeos en primer término, para combinar en la acción la metáfora del agua, símbolo de la pureza agredida, y el vacío de una tierra de nadie, el lugar de la guerra y la violencia. Paul Daniel dirige la Orquesta de la English National Opera, en una versión dolorosa, sin la contención más o menos apolínea con que se aborda la obra en otras ocasiones. La interpretación, con una desgarrada Sarah Connolly en la protagonista, subraya el fracaso de la virtud frente al pecado, entendido como congoja trágica. La habilidad de la realización cinematográfica de Sue Judd consigue que el tenebrismo de la iluminación escénica actúe como un adecuado efecto de estilo que no entorpece, como en el caso anterior, la visión del espectador televisivo.

De “bestias en la jungla” calificaba Britten a quienes recibieron con reticencia su Gloriana, una cruda expresión que también podría aplicarse a los representantes del Mal que siempre le obsesionaron.

La incomprensión ante la obra, encargada para celebrar la coronación de Elizabeth II en 1953, desconcertó. Se debía esperar “otra cosa”, aunque nadie, probablemente, habría sido capaz de formular qué era lo que se esperaba. Se habló de la inoportunidad de revivir la historia amarga de los amores de la primera Elizabeth en su declive con el noble Essex, pero cualquiera que se acerque a la ópera sin prejuicios comprobará que el propósito del compositor fue recorrer varios siglos de música inglesa, concibiendo la evocación y el homenaje no como un pastiche, sino como recorrido tamizado por la imaginación vigorosa de un compositor del siglo XX.

Se diría que tal ha sido también el criterio de la producción del Covent Garden, que Richard Jones ha imaginado como una función de teatro dentro del teatro para explicar una época a un público de todas las edades. Paul Daniel es el director de orquesta, la muy sabia del coliseo londinense. Al frente del amplio y equilibrado reparto, Susan Bullock, mujer obligada a ser reina.

Triple y oportuna ocasión para visitar a Benjamin Britten, (lástima que sólo Peter Grimes on Aldeburgh incluya subtítulos en español). © 2014 Ritmo



Sebastián Spreng
El Nuevo Herald, February 2014

“Eres el tigre en el bosque de mis sueños” sentencia Lucrecia a punto de ser violada por el etrusco Tarquinio. Todo en la heroína sugiere ambigüedades y ese tigre es en realidad David McVicar. El director es una fiera que ataca sigilosa, sin aviso, como la partitura de Britten al fin de cuentas, ese bosque oscuro donde busca su presa.

Después del éxito de Peter Grimes, Benjamin Britten se concentró en economizar sus medios al máximo para La violación de Lucrecia, logrando una ópera de cámara parca, hermética, inquietante, sórdida; una sencilla obra maestra reflejo de la austeridad de posguerra y, como no podía ser de otro modo, de sus obsesiones. Opera perturbadora, visceral, tensa como su tejido vocal, dueña de un aire enrarecido que incomoda de principio al fin. Intima y terrible como el tema que trata.

Y aquí la combinación Britten-McVicar resulta tan afortunada como letal. Dejando a la vista esa suerte de tinglado sobre la que descansa la partitura y su puesta; el coro griego reducido a una voz femenina y una masculina inmersos en la acción además de comentar, el vestuario una exacta combinación de antigüedad con atemporalidad y la escenografía de un minimalismo zen que no obstaculiza la tragedia escénica, sino que la refuerza en luces y sombras.

Gracias a McVicar, en este canto alegórico compuesto en 1946, la estilización musical de Britten alcanza su apogeo, uno asfixiante que sucede en un escenario casi vacío. La noble romana violada por el hijo del rey tirano y su consecuente suicidio que precipitará el establecimiento de la República, es también la violación de Europa y la redención en la nueva era después de la demencia nazi. Ese perfume de fin de mundo y su después invade la partitura, permea toda la puesta.

Clara, solvente, detalladísima es la dirección de Paul Daniel con la orquesta del English National Opera. Se suma un ensemble que no puede resultar más adecuado, comenzando por el coro a cargo de un impecable John Mark Ainsley (el papel fue compuesto para Peter Pears) y Orla Boylan, y siguiendo con Clive Bayley y Leigh Melrose como Collatinus y Junios, sin olvidar a las exquisitas Catherine Wyn-Rogers y Mary Nelson como Bianca y Lucia.

Por su parte, Christopher Maltman encarna a Tarquinio, ese tigre seductor, malvado, peligroso, amenazante, iracundo, impredecible, arrogante, la suya es una interpretación tan memorable como la de la protagonista.

Creada para Kathleen Ferrier y revivida por Janet Baker, Lorraine Hunt Lieberson y Jean Rigby entre otras recordadas mezzosopranos, el aporte de Sarah Connolly es sencillamente paradigmático. Además, el DVD sirve como un fascinante souvenir de la cantante hace una década y hoy la máxima exponente británica en su cuerda. Distante, desolada, contenida, vulnerable, la doliente Connolly compone una heroína en la gran tradición clásica, digna hermana de Dido, Safo, Fedra y Cleopatra. Actriz espléndida, vocalmente soberbia, hasta su estampa y porte soberano contribuyen a dejar una impresión inolvidable. Connolly es Lucrecia, no hay mejor halago.

Originada en el Snape Maltings Concert Hall del Festival de Aldeburgh en el 2001, esta edición es un regalo, una auténtica propina de lujo al año del centenario de Britten puesto que permaneció más de una década languideciendo en los archivos de la BBC por lo que debe agradecerse la gestión de sus protagonistas al haberla rescatado para la posteridad. Un magnífico homenaje a un maestro de ambivalencias, a ese tigre en su bosque de pesadillas. © 2014 El Nuevo Herald





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