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Javier Extremera
Ritmo, March 2015

Ya pintan canas, y se notan también musicalmente hablando, en la cabeza de ese inglés de nombre nada británico que es Antonio Pappano. A sus 55 años sigue enfrascado en un estado de madurez creativa desbordante, siendo hoy uno de nuestros más ilustres directores de foso. En los trece años que lleva al frente de la Royal Opera House, su evolución ha sido constante y bien visible. Para los grandes logros a los que estaba predestinado, sabía que (Verdi aparte) Wagner debía de ser uno de sus puntales, en un intento por convertir el coso del londinense Mercado de Covent Garden en lugar de peregrinación al más puro estilo de la Verde Colina de Bayreuth (The green market versus The green hill). En el año del Bicentenario y tras las pasadas y provechosas experiencias wagnerianas junto al Támesis de sus Anillos, Tristanes, Holandeses y Maestros Cantores, era el momento de zambullirse sin miedos en las pantanosas y místicas aguas del Bühnenweihfestspiel.

El kapellmeister
Músico entusiasta y apasionado donde los haya, instintivo y visceral, Pappano regala un febril y fastuoso Parsifal de admirable envoltorio y arrollador en las proclamas narrativas. Él es lo mejor de la propuesta, pues no concibe el Drama Musical bajo preceptos contemplativos y espirituales más propios de iluminados, pues sus cartilaginosas manos la amoldan sobre una arcilla terrenal y crasa, donde prima la acción sobre la reflexión, lo físico de lo metafísico, mirando siempre más al suelo que al cielo. Su alocución es potente y fornida, de sonido fluido e intenso, de esos que te atrapan en una pegajosa tela de araña, sabiendo perfectamente en que pasajes pisar el acelerador y cuando echar el freno. Calidez, brío, vigor y descargas de electro shock que extraen perfumados colores sobre una olímpica orquesta, magníficamente entrenada para la ocasión (sobre todo las bien planchadas faldas y pajaritas de la cuerda). Amplio y denso vibrato, latente expresividad y claridad, embriagador canto y fraseo, transmisibilidad sensitiva sumamente dramática, una sensualidad que eriza (quizá deudora de su seductora genética latina) y una rebosada energía emocional, que hace imposible el seguirle plácidamente desde el sillón (no se corta a la hora de medir el fortissimo).

Pappano (más civil que religioso) no busca zarandear almas, ni resolver jeroglíficos trascendentales. Simplemente quiere herir nuestras vulnerables carnes y hacernos un nudo en el estómago ante tal derroche de nervio e impulso sensorial, como si la batuta se alargara hasta convertirse en la mismísima lanza de Longinos. Nunca da rodeos, ni plantea cábalas. Gusta de enfatizar y subrayar, no dudando en tirarse sin flotador al núcleo del meollo, como si se auto impusiera un: “¡a ver hasta donde llegamos hoy!”. Duerme con un ojo abierto, pues siempre permanece activo e imaginativo, nunca divaga ni sugiere, ya que lo suyo es mostrar la realidad tal y como es, extrayendo para ello fuego de esa partitura que parece arder bajo el foso. No le basta con mirar las florecitas del Tercer acto, él necesita también comérselas. Tremendo el sobrecogimiento que alcanza en la escena de la muerte del cisne o de pura brujería la atmósfera debussiana obtenida en un II Acto de antología. Verle mímicamente dirigir el Vorspiel con la boca, ya nos confirma que estamos ante un chamán, un nigromante con sombrero de copa, un wagneriano de concepción y alocución propia y arrebatadora.

Sangrienta liturgia
La propuesta escénica de Stephen Langridge (hijo de Philip) y la escenógrafa Alison Chitty (grisácea, sombría y estática de movimientos) se planifica bajo líneas geométricas y abstractas, cercanas a los universos pictóricos de Francis Bacon o Mark Rothko. No huye de la simbología cristiana, dominando siempre el espacio un enorme cubo tridimensional que parece erigido cual monolito kubrickiano. Este receptáculo a veces se muda en relicario donde cobijar el grial (aquí simbolizado por un Jesucristo en taparrabos y adolescente al que se le chupa vampíricamente la sangre), actuando otras como pantalla de cine, sobre todo para incluir unos flashbacks donde se recrean acciones del pasado. Este cubo es el agujero negro que rasga tiempo y espacio, capaz de comunicar cielo y tierra. El eslabón perdido entre lo divino y lo humano. Un centinela que vigila la otra dimensión.

La exaltación hemoglobínica reina en toda la representación, así como el perpetuo sufrimiento de los personajes (incluso vemos un ensangrentado Klingsor segundos después de la castración). Pero es un sufrimiento que no purifica ni ennoblece, sino todo lo contrario, envilece y acaba degradándonos. Poderosas algunas imágenes que perduran en la retira, como la de Kundry frente a Gurnemanz, con un pecho fuera o la terrorífica aparición del grial transfigurado en unas manos que surgen sobre la nebulosa puerta del cubículo. Junto a los aciertos (como la temporal ceguera de Parsifal), conviven otros chirriantes elementos, como por ejemplo ese par de caballeros del grial con pasamontañas, pistola y maletín con bomba dispuestos a atentar en el Castillo de Klingsor (¿aún a vueltas con el IRA?) o ese cunnilingus (con gargajo final incluido) entre el necio puro y una humedecida Kundry.

Del bien ensamblado reparto destaca el mayestático Gurnemanz de René Pape, atiborrado de nobleza y estirpe. Puro deleite teatral y canoro. Sus narraciones se cantan (no se declaman) con una expresividad que hacen tarea imposible tragar saliva. Un personaje que ha domado silábicamente hasta fundirlo en un solo ente. En nuestra ancianidad algunos diremos que tuvimos la fortuna de verle cantar este (ya legendario) rol. Angela Denoke (la ambigüedad en persona) recrea una Kundry que parece venida del espacio exterior (a veces actúa como si fuera un robot). Sus limitaciones en el canto (le falta más naturalidad en el agudo a ese timbre excesivamente nasal) las suple con una arrolladora presencia escénica.

Simon O’Neill posee un instrumento bello y cálido, pero algo plano y poco musculoso a veces (muy bien en “Amfortas… Die Wunde”), resultando demasiado primario e infantil en la gesticulación (huele a vetusta escuela). Gerry Finley (así lo llama familiarmente Pappano en los breves extras, que pueden ampliarse con diversos vídeos en el canal de Youtube de la propia Royal Opera House) recrea un Amfortas de porte elegante y dicción cristalina. Su escasa negrura en el grave lo solventa con elevadas dosis de expresividad y sensibilidad. Un muerto viviente que solo desea dormir para siempre. Pese a que su herramienta está ya muy dañada, Willard White confiere un dignísimo Klingsor de gran magnetismo en escena, viniéndole al pelo al renegado el color de su piel. Titurel es el veterano Robert Lloyd, en lo que parece ser un rendido homenaje de la que fuera su casa durante años. El coro bien empastado y brillante, capaz de crear momentos de sobrecogedora intimidad, aunque sin llegar nunca a las excelencias del de Bayreuth. Y es que, la única medicina para sanar nuestra herida es volver a sumergirse una y mil veces en esta obra fascinante e inclasificable, que debe encabezar la lista de los grandes enigmas de la humanidad. © 2015 Ritmo





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