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Álvaro del Amo
Ritmo, September 2015

La insistencia en programar el trío superviviente de comedias de Donizetti quizá se explica por la persistencia de una añoranza, justificada tras una larga época de escasez. Se presentaron con distintos apellidos, pero todas compartían una básica unidad de estilo y permanecen como modelos, “canónicos” cabría decir, de la capacidad de la forma ópera para reflejar una rica materia humana, siempre sometida a la presión e influencia del ambiente social o histórico. Después de Mozart y de Rossini, La fille du régiment, L’elisir d’amore y Don Pasquale, la opéra-comique, el melodramma giocoso y el dramma buffo alcanzaron una cumbre que anunciaba una decadencia, como preludio de extinción. El último tercio del siglo XIX se despedía con las operetas francesas de Offenbach y las vienesas de Johann Strauss, Verdi teñía de melancolía su commedia lirica Falstaff, y ya en 1918 Puccini remataba lo cómico, buffo y giocoso con Gianni Schicchi, donde en la risa asoma la crueldad. Curiosa, encomiable y merecedora de un análisis especializado, la persistencia de Richard Strauss por aferrarse a la comedia, que catapultó hasta la excelencia en El caballero de la rosa, en 1911, y que no abandonó hasta Capriccio, tres décadas después, a lo largo de una despliegue de títulos, donde aparece incluso una rareza como La mujer silenciosa, con un argumento muy similar al de Don Pasquale, que su biógrafo y estudioso Norman del Mar llama “un alegre pastiche”.

La comedia, en cualquiera de sus apellidos, desaparece prácticamente en la ópera del siglo XX, una carencia que Donizetti aun es capaz de cubrir, cuando se representa extrayendo de piezas tan transitadas todo el jugo teatral, musical y temático que llevan dentro. Los dos montajes del Festival de Glyndebourne, planteados con seriedad profesional, demuestran las difi cultades que esconden unas obras tan ligeras y festivas. Del reparto de Lelisir damore destaca la soprano rusa Ekaterina Siurina, que encarna a Adina con una inteligente utilización de su voz generosa, que suena fresca a lo largo de una interpretación actoral matizada. Y la audiencia comprende el entusiasmo que despierta en sus pretendientes. Peter Auty es un Nemorino apenas correcto, siguiendo la versión clásica del pueblerino bondadoso y torpón; imperdonable que su “furtiva lágrima” suene desanimada, casi aburrida. Vivaz Eliana Pretorian en el breve papel de Gianetta, y muy romos y convencionales Alfredo Daza en Belcore y Luciano di Pasquale en Dulcamara. La estupenda London Philharmonic se pliega a la inteligente batuta de Maurizio Benini, en un gozoso paladeo melódico, que prefiere la transparencia y el ritmo justo a los brochazos del chafarrinón.

Annabel Arden ha entendido muy bien que está contando una historia de amor, en cuyo desarrollo dramático/musical reside la originalidad del melodrama giocoso. El sentimiento amoroso en las óperas surge de repente y condicionará a sus elegidos hasta el desenlace, pero rara vez asistimos al desarrollo minucioso y detallado de una pasión erótica. Solo el cine ha sido capaz de tal proeza, y en raras ocasiones. Asistiendo a las emociones que Adina y Nemorino mutuamente se contagian, vuelve a la mente del melómano cinéfilo una película como La colina del adiós, donde el espectador asiste también al proceso de enamoramiento entre la doctora china (Jennifer Jones) y el reportero norteamericano (William Holden). Vemos cómo se enamoran, gracias a la pericia de los intérpretes y al talento de Henry King, el director, del mismo modo que, a través de la serie de dúos que unen y separan a Nemorino y Adina, se despliega ante nosotros la evolución de su efervescencia sentimental como si asistiéramos al proceso de creación de una obra de arte.

El rigor con que se ha abordado Don Pasquale no ha desembocado en un buen resultado. El director Mazzola explica en entrevista complementaria que ha estudiado la partitura original, incorporando algún fragmento que la costumbre ha descuidado, pero sorprende la lentitud y monotonía que imprime a la misma orquesta. La directora Marianne Clément se ha esforzado en dotar a la acción de un dinamismo original encomendado al giro de un escenario circular que proporciona variedad y sorpresa; no ha acertado en el criterio de interpretación, que huye de lo bufo sin alcanzar un tono de equilibrio entre broma y elegancia que los actores/cantantes no parecen entender, del mismo modo que los cantantes/actores tampoco aciertan en la búsqueda de un estilo musical huidizo. De nuevo aquí destaca la soprano, Danielle de Niese, una Norina contundente y despachada, entre el despiste de los demás, pululando alrededor del Don Pasquale de Alessandro Corbelli, un papel, como ya se vio en Teatro Real con Muti, que al parecer no hace falta cantar, basta con pasearse en bata y zapatillas y hablar con mayor o menor nerviosismo. © 2015 Ritmo





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