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David Cort├ęs Santamarta
Ritmo, February 2016

En la actualidad, ningún otro teatro puede compararse con la Royal Opera House en su continuado, y magníficamente orientado, apoyo a la composición operística contemporánea. Prueba de ello es la recopilación en un estuche, por parte del sello Opus Arte, de tres recientes óperas británicas interpretadas en ese escenario en los últimos años: El Minotauro, estrenada en 2008, de Harrison Birtwistle (1934), Anna Nicole, de 2011, compuesta por Mark-Anthony Turnage y, finalmente, Escrito en la piel, interpretada en 2013, de George Benjamin (1960). Aunque ya comentadas en su día individualmente en las páginas de esta revista, la presente compilación invita a reflexionar sobre ese estatuto logrado por la institución, así como sobre la especial vitalidad del panorama compositivo británico en este inicio del siglo XXI.

En cierto modo, la excentricidad de Gran Bretaña respecto a las imposiciones de la ortodoxia vanguardista dominante en el continente han facilitado la actual situación, ya que autores como Britten o Tippett mantuvieron activa la posibilidad de una ópera contemporánea, no como una anomalía reaccionaria, sino como una tradición que, necesariamente, sólo podía mantenerse viva a partir de unas convenciones que debían ser renovadas, pero no anuladas o concebidas como un problema. La diversidad de aproximaciones que en sus óperas proponen los tres compositores incluidos en el estuche confirman la fecundidad de tal planteamiento. Desde los perfiles hirientes y abrasivos de la música de Birtwistle para convocar una suerte de arcaica violencia ritual en torno al mito del minotauro, a la escritura simultáneamente precisa y sugerente de Benjamin en su recuperación de una leyenda medieval traída al presente, o la provocadora elección por Turnage de una playmate real como protagonista de una ópera que incorpora registros de la música pop, las tres creaciones comparten, sin embargo, una misma voluntad, la de mantener una tensión dramática en su desarrollo que garantice la empatía del espectador, algo que logran, entre otros recursos, por la inteligibilidad del texto y por el evidente deseo de generar personajes que posean una decisiva entidad teatral y que no sólo sean figuras de enunciación vocal. En esas propuestas la correcta elección de un libretista se convierte en determinante, y la labor, respectivamente, de dramaturgos como David Harsent, Martin Crimp y Richard Thomas crea el lenguaje perfecto para impulsar las soluciones musicales de los compositores, desde las metáforas que revelan un inconsciente atávico en El Minotauro, a la procacidad y sexualidad explícitas de Anna Nicole, pasando por la depurada y conceptualmente densa escritura de Crimp en Escrito en la piel.

Resulta asimismo difícil pensar en soluciones escénicas más adecuadas que las que estos DVD registran, hasta el punto de que podrían considerarse, aún con las dificultades que entraña tal afirmación tratándose de primeras producciones, como referenciales. Los personajes de Birtwistle se mueven como figuras torturadas de un rito inscrito en la psique donde surgen arquetipos de la animalidad y de la pérdida, como el minotauro y el laberinto, de inequívocas resonancias picassianas. El kitsch más desmesurado, rosas y dorados combinados con una imaginería en el que el sueño americano se manifiesta en su terrorífica vacuidad, más propio de una pesadilla, domina la bizarra y grotesca atmósfera de Anna Nicole. Una compleja división, a la vez espacial y temporal, compartimenta el escenario de Written on Skin, activando un opresivo ambiente en el que los recursos de distanciación operan paradójicamente para acentuar la intensidad expresiva de una historia de seducción, poder y muerte.

Los intérpretes convocados en las tres óperas confirman la firme creencia de la institución en la entidad de unas propuestas que, al contrario de lo que sucede en otros teatros, han vuelto a reponer pocos años después de su estreno con el propósito de convertirlas en parte del repertorio. Que sea el propio Antonio Pappano, en dos de los casos, quien se encargue de la dirección musical, no sólo asegura una magnífica traducción, sino que confirma con claridad este compromiso. Cantantes como el veterano John Tomlinson, cuya ruda materia vocal es ideal para la monstruosa criatura de Birtwistle, la soprano holandesa Eva-Maria Westbroek en el papel de la patética, en su exceso, sexualidad de una playmate que fue pionera en la exhibición televisada de una trivial privacidad, o el contratenor Bejun Mehta, la soprano Barbara Hannigan y el barítono Christopher Purves conformando un triángulo fatal, son unos protagonistas inmejorables, que aúnan una soberbia capacidad teatral y vocal.

No dudo en calificar como auténticas obras maestras las óperas de Birtwistle y Benjamin. El primero no ha perdido nada de la visceralidad de sus comienzos. Una extrema tensión irriga la música oscura y misteriosa de El Minotauro. En el caso de Benjamin nos encontramos con un autor que parece haber encontrado, tras una trayectoria de breves partituras minuciosamente elaboradas, el camino hacia la gran forma. Sin renunciar a su excepcional lógica constructiva ni a las soberbias combinaciones instrumentales, su escritura se ve impulsada por la situación dramática. Quizá sea Anna Nicole, de Turnage, la que posea una menor entidad musical, al menos en comparación con las otras dos. Si bien sobre la escena funciona espléndidamente, su lenguaje, en contraste con la ruda violencia que el compositor mostró en su juvenil Greek, está ganado por un confesado entusiasmo por la música pop y televisiva, que es asimilada con desiguales resultados, siendo a veces estos demasiado próximos a un musical. Pero en su conjunto, el estuche es absolutamente necesario para cualquier oyente interesado en la creación lírica. © 2016 Ritmo





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