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Javier Extremera
Ritmo, May 2017

WAGNER, R.: Liebesverbot (Das) [Opera] (Teatro Real, 2016) (NTSC) OA1191D
WAGNER, R.: Symphony in C Major / Symphony in E Major (fragments) (Leipzig MDR Symphony, Märkl) 8.573413

Salvo el divino Mozart, todos los grandes compositores han sufrido en carne propia una dubitativa etapa de aprendizaje y dominio de ese oficio que a la postre le otorgaría fama inmortal. Pecados de juventud y travesías en galeras, antes de que finalmente brotaran sus obras maestras. Wagner no iba a ser una excepción. Algunas de esas músicas en pañales de un inquieto veinteañero, que ya busca su lugar en el mundo, están representadas tanto por estas partituras sinfónicas que edita Naxos, como por la segunda y malograda de sus óperas, Das Liebesverbot. Obras inmaduras, carentes de sello propio y nimia calidad sonora, que se hubieran diluido en el tiempo si el que las firma no fuera el autor de Parsifal (su espacio temporal transita entre 1832 y 1834). Productos por tanto, recomendados exclusivamente a curiosos empedernidos, obsesivos coleccionistas o chiflados wagnerianos como el que esto suscribe.

Tras su exitoso paso por el Real la temporada pasada (la obra se sobrelleva mejor en el patio de butacas que sentado al sillón de casa), La Prohibición de Amar (o La Novicia de Palermo, título impuesto para la única representación completa que soportó en su época) es un descarado y desenfadado pastiche (imperdonable que pese a su procedencia, no se incluya subtitulado patrio). Aquí Wagner es anti-Wagner (siempre abominó de esta ópera y no sin razón). Compuesta para el Teatro de Magdeburgo, la partitura huele hasta el hedor a los gustos y regustos musicales de la época, personificados en el belcanto de Rossini, Donizetti y Bellini. Su embarullado libreto se inspira libremente en Medida por Medida de Shakespeare, aunque posea más puntos de apoyo con el universo da Ponte que con el del autor de Hamlet.

¿Dónde radica entonces el interés para querer perder dos horas y media de tu vida? Pese a sus embriagadoras fragancias italianizadas, en la música está claro que no. Apelamos excusas históricas, ya que es la primera vez que se filma la ópera, tan imposible de ver sobre un escenario. Se puede esgrimir la vena cómica que explora, tan difícil de encontrar en el posterior currículo del creador. Regodearnos con la crítica ácida y el sarcástico retrato que hace de la puritana e hipócrita sociedad germana de su tiempo. Pero sobre todo, merece la pena tragársela sin rechistar, gracias a una puesta en escena amena y divertida, muy superior a la obra en sí. Pero, ¿somos capaces de encontrar algo de ese Wagner que muchos veneramos? Lo cierto es que sí, pues si uno escarba termina encontrando vestigios.

Aparte de lo anecdótico del uso del Amén de Dresde, su personalidad futura entra de puntillas en el psicoanalítico monólogo de Friedrich (aquí con el casco alado de Lohengrin), que merece ser nuestro oasis en el desierto. La carga psicológica, el relato interiorizado, el cantar lo que el personaje siente muy dentro, las dudas íntimas y humanas, el recrearse en la reflexión y no en la mera acción, son sin duda marca de fábrica wagneriana. De la música difícil redimir algo.

Kasper Holten atina en su propuesta escénica. Su desgarbada mano incluso llega a recordarnos al maestro Walter Felsentein y su añorada Ópera Cómica berlinesa. Una escena trepidante, colorida, fresca, imaginativa, dinámica, naïf, hilarante, moderna y original que consigue hacernos tragar lo intragable. Estupendos decorados (¡qué juego dan las escaleras!) y un esmeradísimo vestuario. El danés acierta plenamente al disfrazar a los cantantes durante la escena del Carnaval de héroes y heroínas wagnerianas. El desternillante epílogo final, con la ansiada llegada del rey, es puro delirio. La mismísima Angela Merkel aparece tirando al aire billetes, para jolgorio de esos habitantes del Sur de Europa (la acción transcurre en Palermo), que piensan gastárselo solo en “mujeres y licor”, como diría hace poco el presidente del Eurogrupo, Dijsselbloem. Tan vigente como la vida misma.

El almohadillado Ivor Bolton dirige en su habitual línea de superficialidad y discreción. Tampoco aquí hay mucho que explorar. Las tareas son más bien las de concertar y coordinar, pues la partitura se apaña bien con una mera batuta con sentido del ritmo. Eficaz el Coro de la casa. Del homogéneo reparto sobresalen los dos protagonistas. La estupenda actrizcantante Manuela Uhl hace una soberbia Isabella. Sus dotes para la comedia son providenciales. Sus cuantiosas tablas en la profesión le ayudan a la hora de enfrentarse a los pasajes más escarpados de coloratura. Potente instrumento y un timbre rotundo capaz de apianar bellamente. Está deliciosa en la angelical escena de la súplica. El gran barítono inglés Christopher Maltan no tiene la elegancia del Hermann Prey de 1983 (Sawallisch-Ponnelle), pero posee un grave dinámico y embaucador, concediendo una arrebatada y burlesca recreación.

Wagner sinfonista

El fervor y ardor juvenil de Wagner por Beethoven rebulle en el disco dedicado a su escueta obra sinfónica. Corpus que si lo confrontamos con sus Dramas sería como comparar un colibrí con un águila imperial. La Sinfonía en do Mayor (la única que completó) nos presenta un Wagner de 19 años. Una pieza agradable al oído gracias a sus pegadizos e italianizados temas, pero que termina por cansar debido a la infinidad de repeticiones y redundancias (como ver una peonza en un eterno girar). La partitura huele a y 8ª Sinfonías de Beethoven por los cuatros costados. El Andante (la menor) tiene momentos muy bellos y profundos en su discurrir fúnebre y expresivo. El escaso brillo de los atriles de la orquesta de la ciudad que lo vio nacer, no ayuda a hacer más apetitoso este extraño plato. La rigidez y aspereza de la cuerda y unas deslucidas maderas producen un sonido rudo, grisáceo y escasamente sinfónico, a veces incluso raquítico, donde la amplitud y frescura de su contrapunto solo genera pobreza de colores. Los fragmentos orquestados por Felix Mottl (el mismo de los Wesendonck Lieder) de la inacabada Sinfonía en mi mayor, pese al optimismo, euforia, chispa y humor, está colmado también de cursilería y pomposidad. © 2017 Ritmo





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