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Sebastian Spreng
El Nuevo Herald, May 2014

Más que caballo de Troya, el verdadero elefante blanco de la ópera Les Troyens de Berlioz presenta un desafío épico. Y ese desafío se concreta en triunfo en esta histórica versión de David McVicar y Antonio Pappano, que reverdece los bien ganados laureles londinenses de la obra gracias a la edición crítica estrenada por Sir Colin Davis en 1969. El actual director musical de la Royal Opera House (ROH) se equipara al recordado Davis con una orquesta tan opulenta como el coro que deslumbra en cada intervención.

La historia de representación de Les Troyens es complicada como la obra, que subía a escena 20 años después de la muerte de Berlioz y tuvo diversas encarnaciones hasta llegar a la de 1969. A principios de la década de 1960 fue el show de Régine Crespin cantando los dos protagónicos femeninos en París, el Colón de Buenos Aires y San Francisco así como Shirley Verrett (y Jessye Norman en una sola función) lo hicieron en el Met.

Además del empinado renglón musical, servido con nivel ejemplar por las fuerzas de Covent Garden que confirman la cita de Hugh MacDonald como “la única grand-opera que evita la pomposa superficialidad de Meyerbeer y Halevy, siendo digna heredera de Gluck y Mozart”, son sus escollos escénicos los que la relegaron a la categoría de óperas de escenificar. De allí que el trabajo de McVicar adquiera ribetes históricos. En los cincos actos—y cinco horas de música—el director escocés huye de la incoherencia predominante y la rancia tradición para ubicarse en el medio. Es en la astuta reunión de elementos eclécticos donde reside su mayor virtud. McVicar desorienta, fascina, atrapa en esta puesta tan espectacular como la pidió Berlioz. La escenografia de Es Devlin remite a Brueghel, Leonardo y otros maestros, McVicar recurre a la pintura como ya lo hizo en otras puestas de tintes goyescos. Troya es metal, una oscura concavidad gris acerado; Cartago es lo contrario, un poblado anfiteatro terracota, rojo africano. Puede haber discrepancias o reparos con ciertos enfoques pero en su totalidad es un capolavoro. El vestuario de Moritz Junge remite a la época de Berlioz, al Segundo Imperio Francés y al colonialismo.

Experimentadísima, la Casandra de Anna Caterina Antonacci es otro puntal de la versión. Su consustanciación con la profetisa es admirable y no hay un momento sin trabajar, y a la actriz consumada solo se le extraña un ápice más de voz. Eva-Maria Westbroek—la Siglinda del día—compone una Dido a grandes pinceladas, generosa vocalmente, rubenesca en su físico, perfecta con la estética de la puesta, es una reina más luminosa que otras grandes en el personaje. Aún ninguna logró igualar el fraseo y grandeur clásico encarnado por Crespin—y cabe la pregunta de cómo lo hubiese hecho Callas, una de las grandes oportunidades perdidas de esa época—pero tanto Antonacci como Westbroek cumplen con creces sus asignaciones ubicándose a la par de Horne, Ludwig, Hunt-Lieberson y Graham. Temido por tenores, Eneas es un Everest en la categoría de Otello o Tristán y el único personaje que canta los cinco actos. La deserción de Jonas Kaufmann catapultó al estrellato al americano Bryan Hymel. Su trabajo es sensacional, Hymel triunfa con la tesitura imposible del héroe y convence plenamente (la audiencia de Miami tome nota, cantará con Seraphic Fire La canción de la tierra en abril del 2015). Excelentes en los papeles secundarios Fabio Capitanucci (Coroebus), Hanna Hipp (Anna), Iopas (Ji-Min Park), el veteranísimo Robert Lloyd (Príamo) y Brindley Sherrat (Narbal), con mención especial para Ed Lyon, que hace una intervención memorable en la canción del marinero Hylas.

La puesta londinense se suma a otras notables en DVD como las de Melano (1983) y Zambello (2010) del Met, la Fura del Baus, la parisina de Kokkos y la de Salzburg. Obra ardua, exagerada, extensa, completa (solo el ballet parece sobrar), es fácil sucumbir a sus excesos y por momentos McVicar se acerca al show pero afortunadamente nunca se pasa de la raya. Magníficamente grabada y presentada, es una puerta ideal para disfrutar del desmesurado mundo de Berlioz y su visión de la antigüedad. Un hito en todo sentido. © 2014 El Nuevo Herald





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