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José Velasco
El arte de la fuga, March 2015

La gran labor de los arreglistas y transcriptores, aquellos compositores que toman una obra ajena y la convierten respetuosamente en algo nuevo y distinto, nunca ha sido vista con buenos ojos. Es más, a menudo son denigrados amargamente. Me gustaría romper una lanza por ellos con dos ejemplos que han llegado mucho más lejos que las obras en las que se basan. La primera sería la orquestación que Ravel realizó sobre los Cuadros de una exposici ón de Mussorgski, y la segunda es el subyugante arreglo que edificó Leonard Rosenman tomando como base una pequeña Sarabande para tecla de Haendel (de la Suite en Re menor, HWV 437), para el Barry Lyndon de Kubrick.

Partiendo de esta reivindicación, Benjamin Schmid y Lisa Smirnova nos presentan un álbum que recoge versiones para violín y piano de tres interesantes obras escritas en el primer cuarto del siglo XX por Shostakovich, Prokofiev y Weill. En las cuarenta y una miniaturas que integran el disco, con una duración de entre 0:26 y 2:38 minutos, el carácter de las piezas cambia, se metamorfosea y deslumbra, mostrando facetas que no percibíamos en el original y haciéndonoslo más accesible. Es un efecto similar al que se percibe al contemplar una misma fotografía en blanco y negro y en color.

Dmitri Tsyganov (1923–1977), fundador y primer violín del Cuarteto Beethoven, arregló diecinueve de los 24 Preludios, Op. 34 de Dmitri Shostakovich (de los cuales aquí solo se interpretan catorce, y desordenados). La respuesta de Shostakovich fué “Mientras escuchaba estas transcripciones, olvidé que yo había escrito para piano esos Preludios, pues encajan a la perfección en el violín”. Estas piezas casi bailables tienen el encanto inmediato de de la música de cabaret o cafetín, y encontramos valses pecaminosos, melodías languidecientes, aires marciales, romanticismo turbulento y ese sarcasmo ácido que es marca del autor. La colección es de una belleza apabullante desde la primera escucha, pero destaca el misterioso y perfecto Preludio nº 10; un pequeño agujero negro que nos absorbe y se hizo popular como sintonía de un programa de Radio Clásica hace algunos años.

Llega el turno de Sergei Prokofiev, que se aparece a través del médium Viktor Derevianko, alumno de Maria Yudina y de Heinrich Neuhaus. Este chelista, miembro del Trío Vidom, tiene en su haber de transcriptor nada menos que la 15ª Sinfonía de Shostakovich en versión para trío, los Kindertotenlieder de Mahler para chelo y piano, y la colección que nos atañe: las Visiones fugitivas, Op. 22. Estas veinte piezas para piano de Prokofiev comparten con las Variaciones Enigma de Elgar la circunstancia de que, en su mayoría, hacen referencia oculta a conocidos o personas de su entorno. Todas son breves ideas musicales, angulosas, y podrían ser comentarios musicales mientras se pasea por una exposición de Kandinsky. En comparación con Shostakovich, las melodias de Prokofiev son más abstractas y plagadas de elegantes disonancias. Cabría destacar la debussiana pieza nº 5, el misterio nocturno de la 12ª y la precisión del orfebre de notas en la 5ª.

El disco culmina por todo lo alto con un arreglo de siete momentos de La ópera de tres peniques de Kurt Weill que realizó el violinista Stefan Frenkel (1902–1979). Discípulo de Adolf Busch y Carl Flesch, estrenó obras de Suk y de Hindemith, y fué concertino de la Filarmónica de Dresde, de la Suisse Romande y de la Metropolitan Opera House de Nueva York, Frenkel era amigo, colaborador y promotor de Kurt Weill, y fué el principal difusor de su Concierto para violín y orquesta de viento Op. 12. Dada esta cercanía real entre ambos músicos, los arreglos conservan todo el encanto, la picardía y la fuerza del original de Weill. Tras su publicación, el editor forzó una simplificación de estos arreglos, pues al parecer su dificultad para los intérpretes no favorecía las ventas de la partitura. No queda claro cual de las dos versiones encaran Schmid y Smirnova, pero el resultado es muy seductor, por ejemplo en el Tango y en la canción del barco de cincuenta cañones.

Todas estas obras están interpretadas de manera irreprochable por el excepcional violinista austriaco Benjamin Schmid, que se muestra muy expresivo y empático a lo largo del disco, y la pianista austro-rusa Lisa Smirnova subraya sus intenciones con la soltura de un engranaje que ya lleva años en funcionamiento: Recordemos que esta pareja discográfica ya nos regaló a los melómanos otros dos raros tesoros como son las versiones que realizó Robert Schumann de las Sonatas para violín solo de Bach y de los Caprichos de Paganini. © 2015 El arte de la fuga





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