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Santiago Martín Bermúdez
El arte de la fuga, June 2015

Nacida en 1952 y en Finlandia, la compositora Kaija Saariaho crece libre de ataduras vanguardistas en un mundo de sonoridades múltiples, sin ideologías monoteístas, integristas, integralistas… Si hay cierta confusión, al menos se permite por fin cierta libertad. Ni las condenas soviéticas ni las vanguardistas: otras voces, otros sonidos. La Resistencia ha ganado la guerra incruenta pero que tantas bajas ha dejado por el camino: no sabremos los nombres de las víctimas, en eso consiste su caída. La Resistencia de Dutilleux, de Henze, de muchos otros, el concurso de Shostakóvich o Prokófiev o Shchedrin, soviéticos que no impusieron el total cromático ni hubieran podido permitírselo. Saariaho crece en un mundo sonoro en que la tonalidad no se avergüenza de no ser la reina que en tiempos fue; no está en decadencia, está de regreso del exilio al que consiguieron enviarla los arrogantes y soberbios. Entonces, ¿se trata de postmodernidad? No habría que oponerse a esa palabra, o concepto, si no fuera porque muchos intentan reducirte con ella, jibarizarte, se dice ahora. Pero es que la modernidad de Saariaho es continuidad de la modernidad que tiene su origen en Debussy, y en este CD eso se nota sobre todo en la secuencia orquestal para cuerdas Terra memoria, de 2009. La invención de Debussy o la agitación del joven Stravinski (dos simultaneidades, por decirlo así, y al tiempo dos propuestas ajenas: Jeux y Sacre, estrenadas casi a la vez, por poner dos ejemplos máximos) queda interrumpida, puesta entre paréntesis, por la invasión de la vanguardia de posguerra y la dictadura que imponen a continuación, sufragados por orquestas, ciclos y radios públicas. Saariaho crece en tiempos en que la buena nueva de la verdad revelada a gente como Stockhausen en la zarza ardiente de una radio alemana ha mostrado su fecha de caducidad. Otra cosa es que influyan todavía positivamente, esto es, en lo que realmente crearon, no en el malísimo ejemplo que dieron.

¿Born free? ¿Cómo la leona de Franck Sinatra?

Grown up free, mejor.

En Quatre instants la línea no se siente obligada por ninguna ortodoxia, aunque tampoco por lo contrario. Lo del acompañamiento es otra cosa, porque en lo horizontal insinúa y en lo armónico acepta, aunque no sin condiciones. En lo vertical, en el color del conjunto que acompaña, hay un objetivo de contraponer belleza o sugerencia, quién sabe si interrogante (¿interroga la música, o como mucho sugiere, si es que no apunta enigmas?) a una línea que es tan expresiva como seca, se diría que estatuaria, y hasta hierática, insobornable en cuanto a forma. El texto es de Amin Maalouf, libanés de expresión francesa y narrador muy bien acogido por los lectores (León el Africano, Samarcanda, El viaje de Baldassare). Maalouf ha trabajo con la compositora en textos lírico-dramáticos, como L’amour de loin (2000) o Émilie (2010). La soprano Karen Vourc’h canta y susurra, sugiere misterio y camina por un campo desamparado en que parece verse obligada a sostener notas amplias que se pierden en la lejanía; pero todo parece lejano en su voz, y hasta en la tímbrica que la apoya, y que nunca la envuelve.

Dice Kimmo Korhonen en las notas de este CD que Terra Memoria “comienza en los límites del silencio”. Es obra para cuerdas que consiguen dar ilusión de variedad tímbrica. Y, en efecto, la secuencia proviene del pianissimo apenas audible, pero inmediatamente pasa al simple piano, y se mantiene en las gamas inferiores lo suficiente como para motivar un paulatino crescendo a partir de episodios como ostinatos, quién sabe si de ostinatos como secuencias. El crecimiento no es lineal, ni uniforme. Tampoco alcanza nunca cúspides dinámicas; y además se gradúa, sabe retroceder, seducir y engañar, pero no es engaño, sino itinerario por las esquinas del sonido, y a cada vuelta hay una pequeña sorpresa, o desengaño, y en arte lo que defrauda es a menudo el motor de lo que avanza: ¿acaso no nos gustan los engaños de las narrativas o los filmes cuando no son burdos? Terra Memoria es un avance imparable en que la repetición o el ostinato son aparente seguridad, y en las que los resquicios o esquinas o rincones guardan el secreto de un itinerario del que tan sólo al final nos hacemos una idea. Atención: una idea, simplemente; el secreto se oculta, para eso es secreto, y se refugia en una sonoridad muy cercana al silencio, y acaso el secreto y el silencio guarden el sentido de Terra Memoria. ¿Qué sentido es…? No sé, esto es un paisaje, y transitamos por él gracias al oído, esto es audio, no video; pero ese oído nos impone una visión, eso que llamábamos itinerario. Caminamos por un paisaje árido, y el crecimiento consiste en eso: va desde el último atardecer hasta la noche cerrada. Es como si el desierto tuviera, como Terra Memoria, nuevo sonido.

Émilie Suite proviene de la ópera de la compositora con Maalouf. Según se nos informa, Émilie du Châtelet, que vivió en la primera mitad del siglo XVIII, fue una destacada científica en tiempos en que para eso había que ser hombre. La ópera es un monólogo, una carta, la de una científica de cuarenta y dos años que teme que morirá al dar a luz, lo que en efecto sucedió. El especial conjunto, breve, con vientos y algún refuerzo, como el clave, que Mme. Du Châtelet tocaba, y que le da a todo esto un cierto toque dieciochesco, pero no demasiado, porque el entrevero del acompañamiento, con electrónica añadida, en notas amplias, gamas inferiores, misterios sugeridos (todo, tan propio de Saariaho), nos envuelve en una sonoridad y un clima plenamente modernos, que beben de la tradición más que centenaria de la música incidental para teatro y para cine, como si la ópera fuera hija de estas artes y no madre o hermana mayor, como la historia nos enseña. Esta suite tiene algo más de treinta minutos, esto es, más de un tercio del total de la ópera misma, que no llega a hora y media. Entre paréntesis: ¿dónde hay una grabación, en audio solo o en audiovisual, de Émilie? De nuevo es Karen Vourc’h (Mélisande, Blanche de La Force, Micaela, Marzellina, La voz humana) protagonista de este soliloquio, de este desnudarse el alma, de esta confesión y este anhelo. Y en su discurso se responde a mí misma al tiempo que escribe, perora, discurre para el otro. El otro: el padre de la criatura que la llevará a la tumba, o la posteridad que ha de enterarse de lo que es portar excelencia y que se te niegue por tu condición femenina. Ay, nueva Sor Juana Inés, Émilie nos conmueve con su dramática y su lírica, que Karen Vourc’h traduce con su arte del susurro cantado y el canto pleno.

Marko Tetonja y la Orquesta de Estrasburgo envuelven esta secuencia en la que la compositora finesa parece temer al vacío, y por eso llena de enigmas sonoros estas tres aportaciones de su magisterio. © 2015 El arte de la fuga





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