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Joaquín Martín de Sagarmínaga
El arte de la fuga, June 2016

Siempre es oportuno anticiparse al futuro, como lo hace este disco. Aunque el número de piezas para violín que se ejecutan en público ha aumentado de modo considerable, la parcela con acompañamiento orquestal sigue siendo un poco “sota, caballo y rey”, por lo que estoy seguro de que la Fantasía para violín y orquesta, Op. 24 de Josef Suk y, sobre todo, el Concierto para violín de Antonin Dvorák, obras contenidas en este CD, revalidarán el éxito en su día obtenido, llegando a formar parte ambas del gran repertorio.

Suk fue discípulo y continuador de la estética nacionalista de Dvorák, con cuya hija Otilie contraería matrimonio. Pero fue también un compositor de menos entidad, pese a obras tan bellas como su Primera sinfonía, y por eso será aquí su telonero. Para el violín había cincelado ya alguna joya en un campo tan afín a él como el miniaturismo, tal es la Burlesca, Op. 17. Su Fantasía con orquesta es más ambiciosa pero no más perfecta, si bien en su acompañamiento aparecen perfiladas algunas figuras en forma de pintureros arabescos. Sin ser una obra maestra, sus buenos momentos tampoco son tan pocos. El director finés John Storgards pertenece a esa generación tan bien horneada, aunque sea en el hielo, de músicos escandinavos que, con los Jukka Pekka-Saraste o Thomas Daausgard ha hecho patria no sólo al gélido calor de Sibelius, sino también de autores más modernos como Panufnik o Pettersson o Saariaho. Su solista es un aún joven Christian Tetzlaff, ducho en Mozart, y lo suyo es sobre todo el lirismo, pues se trata de un liriquito de sonido fino y acentos más bien delicados. No tiene el nivel de Mutter, Hahn, Jansen o Shaham, virtuoso(a)s de manual, y acaso se le podría pedir un mayor arrebato pasional. La obra, aunque no muy representada en disco, tuvo un defensor excelso en el gran pedagogo violinístico Carl Flesch, y es una lástima que el CD que lo testimonia suene tan perruno.

La implicación del solista es más patente en el Concierto para violín de Dvorák, una obra menos afortunada que el suyo de cello pero destinada sin duda a sobrevivir, pues ha tenido valedores del calibre de Stern, Milstein, Ricci y hoy Mutter. Debería haberla estrenado Joseph Joachim, el amigo de Brahms que acaso tenía la intuición de una mosca (y conste que las moscas me son simpáticas), pues se dio contra el cristal de su propia cerrazón al negarse a ejecutarlo, como hiciera Auer con el de Chaikovski; ni uno ni otro los estrenaron, y eso que habían sido concebidos para ellos. El editor Simrock había encargado a Dvorák una pieza de aroma popular, sembrada de hermosas cantilenas, y al parecer tampoco se mostró del todo satisfecho, debido a ciertas libertades formales que se tomó el checo. Pero ahí está la composición con su memorable tiempo lento que desarrolla una cantilena plácida, que si no es tal que venga Dios y lo diga.

John Storgards es un excelente director de orquesta que a su experiencia con distintas agrupaciones, incluidas algunas de cámara, une un sentido teatral que late, por ejemplo, en su visión de la Segunda sinfonía de Sibelius grabada al frente de la Orquesta Filarmónica de la BBC, que no dudo en recomendar. Ello favorece a la música de Dvorák, quien tuvo clavada durante toda su vida la espina operística hasta que, en sus últimos años, se dedicó a componer para el teatro con asiduidad: de ese tiempo datan Rusalka y Armida. Storgards es un apasionado, dueño de una peculiar vehemencia, que no descuida el trazo colorista que baña tantas páginas del autor, a lo que hay que añadir que la toma sonora de Ondine, como ocurre con PentaTone y otros sellos punteros, es tan cuidada que hace pensar en ediciones que son al sonido algo así como el Blu-ray a la imagen. Este CD se completa, a modo de propina, con una plañidera Romanza para violín orquesta, Op. 11, obra juvenil del propio Dvorák, que pone la última guinda a un disco delicioso.

¡Qué agradable es esta música clásica! Placentera de modo natural, al recogerse los oyentes para oírla en una confortable sala de conciertos, o en la intimidad del hogar, resulta opuesta al mercadotécnico rock o al heavy metal, cuyos respondones líderes de grupo son todos millonarios, aunque se les presiona para que mantengan las ventas masivas de discos, por lo que los pobres angelitos, sobreexigidos de continuo, se drogan con todo lo que encuentran. Para disfrutar de la música, sus millares de seguidores necesitan llegar a un estadio colmado de gente ya un poco colocados, dentro de unos pantalones rotos más caros que los nuevos (¡y creen que transgreden las normas!), adornados con tatuajes, piercings y pines, abalorios colgados de la nariz, la oreja o el pecho, con el ombligo luminoso y el pelo teñido de verde, ignorando que ya lo llevaba Baudelaire de ese color en el siglo XIX cuando fue al Café-Riche de París, y después estar casi todo el rato fumando un canuto, llevar al lado una chica complaciente—que luego devendrá groupie del vocalista del grupo-, tener los oídos cortocircuitados por el ruido, entregarse a la amplificación inmisericorde de la megafonía, y todo ello sin contar los gritos que profieren, la violencia exasperada que descargan, la propia vulgaridad que ignoran. Afirmar, como se hace hoy nivelando toda forma de cultura, que una y otra música—con la popular necesitada de tanto aditamento—valen lo mismo es como pretender que son iguales un poema de Rimbaud y un puñetazo fílmico de Rambo. © 2016 El arte de la fuga





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